Monica Seles y el cuchillo de Hamburgo

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Monica Seles estaba sentada. Secándose el sudor. Un cambio de lado cualquiera, en Hamburgo, en 1993. Y por detrás de la barrera apareció un hombre con un cuchillo de veintitrés centímetros. Ella tenía diecinueve años.

Ojo: no era una tenista cualquiera. Ocho Grand Slams. Tres Australia, tres Roland Garros, dos US Open. Número uno del mundo. Había desplazado a Steffi Graf y parecía que iba a quedarse ahí un rato largo.

El hombre se llamaba Günter Parche. Treinta y ocho años. Admirador obsesivo de Graf. Quería que Steffi volviera al número uno. Así que se fue a Hamburgo, se inclinó sobre la barrera y le clavó el cuchillo cerca del omóplato izquierdo. Ella gritó, se levantó, caminó hacia la red, se tocó la herida, cayó. Lo redujeron cuando intentaba otra vez.

Volvió y ganó

La herida entró dos centímetros. Por poco no le toca la columna. Físicamente, unas semanas. Psicológicamente, otra cosa: ansiedad, insomnio, miedo a las pistas. Dos días después la visitó Graf en el hospital. El torneo siguió, como si nada. Y en Roma, las jugadoras votaron si le conservaban el número uno. Dieciséis de diecisiete dijeron no. Sabatini se abstuvo. Graf no votó.

Parche declaró que no quería matarla, solo apartarla del tenis. Dos años de prisión con la pena suspendida. No pisó la cárcel. Seles dijo que no se sentía segura volviendo a Alemania. Y no volvió.

Veintiocho meses fuera. Regresó en agosto del 95, con veintiuno. La WTA la reconoció como número uno compartido con Graf. Y en el primer torneo, Canadá, ganó sin perder un set. Semanas después, final del US Open contra Graf. Perdió en tres.

En enero del 96 ganó Australia. Anke Huber en la final. Su noveno Grand Slam. Siguió jugando años. Terminó con cincuenta y tres títulos. Pero el dominio de antes, el de los diecinueve, ese no volvió. Ocho Grand Slams antes del cuchillo. Uno después. Y ya está.

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