
Los médicos mambises y el pueblo sin medicinas
Por Anette Espinosa
La Habana.- Raúl Castro reaparece con otra carta. A sus 95 años, vuelve a utilizar el papel para hablar de hazañas, sacrificios y “médicos mambises”, esta vez para reconocer la labor de la Universidad de Ciencias Médicas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en su aniversario 45. Todo muy bonito sobre el papel.
El problema aparece cuando uno levanta la mirada de la carta y mira la Cuba real. Esa Cuba donde conseguir un medicamento puede convertirse en una odisea, donde los hospitales cargan con carencias de todo tipo y donde una población cada vez más empobrecida tiene que resolver por su cuenta lo que el Estado dejó de garantizar hace rato. Los discursos siguen hablando de gloria. El ciudadano lleva años hablando de escasez.
Hay algo casi obsceno en esa costumbre del poder de homenajear instituciones mientras el país se desmorona alrededor. Raúl Castro reconoce a médicos militares y habla de principios, compromiso y sacrificio. Perfecto. Nadie discute el esfuerzo de un profesional de la salud que trabaja bajo condiciones difíciles. Lo que resulta difícil de entender es que quienes gobiernan se atribuyan el mérito de un sistema que hoy obliga a muchas familias a buscar medicinas fuera de los hospitales, acudir a redes informales o pedir ayuda a familiares en el extranjero.
¿De qué sirve una carta llena de solemnidad si en una farmacia no aparece el medicamento que necesita un enfermo? ¿Qué clase de potencia médica necesita importar hasta lo básico para aliviar el dolor de sus ciudadanos?
La propaganda oficial lleva décadas fabricando héroes mientras evita hablar de las consecuencias de sus propias decisiones. Mambises por aquí, internacionalistas por allá, combatientes, héroes, mártires y medallas para todos. La épica nunca falta. Lo que falta es lo elemental. Faltan medicinas, faltan recursos, faltan condiciones y, sobre todo, falta una explicación convincente de cómo un país que presume de tener uno de los mejores sistemas sanitarios de América terminó con tanta gente preocupada por conseguir un antibiótico, un analgésico o cualquier tratamiento que debería estar disponible en un sistema de salud funcional.
La revolución siempre encuentra una ceremonia para celebrar. Lo que nunca encuentra es el momento para asumir responsabilidades.
Raúl Castro puede escribir todas las cartas que quiera y puede continuar repartiendo reconocimientos desde la comodidad de la historia oficial. El pueblo, sin embargo, no vive de cartas ni de diplomas. Vive de lo que encuentra en una farmacia, en un hospital y en su propia casa cuando alguien enferma. Esa es la verdadera medida de cualquier sistema sanitario: no cuántas veces sus dirigentes pronuncian la palabra “héroe”, sino cuántas vidas pueden atender y salvar con dignidad.
Y ahí está la contradicción que ningún discurso consigue borrar: mientras el general habla de médicos mambises y homenajea instituciones militares, demasiados cubanos siguen buscando médicos, medicinas y soluciones por fuera de un sistema que alguna vez prometió garantizarles precisamente eso.
La historia podrá conservar las cartas de Raúl Castro. Los cubanos, en cambio, recuerdan las noches en que tuvieron que enfrentar una enfermedad sin tener siquiera con qué combatirla.



















