
Los ojos de Cimarrón
Por Renay Chinea ()
Barcelona.- Mi padre tenía dos bueyes: Cimarrón y Bandolero. Cimarrón era casi como un Angus. Manso, muy manso: negro a zabache y de cuernos cortos.
Para septiembre, cuando los campos de arroz ya estaban dorados, había poco que labrar. Y a la vuelta de la escuela, me lo encontraba rumiando, echado como un Buda feliz, junto al camino. Le acercaba mi cara a sus ojos redondos y la veía deformada en sus dos redondeles.
Bandolero tenía el lomo algo marrón y era menos manso; hasta tiraba su cornada a veces, incluso a Cimarrón, que era tan noble que se podía montar.
Cuando me picaban las hormigas bravas —tendría unos cinco años y andaba detrás del surco—, mi padre me sacudía las patas, me encaramaba al lomo de Cimarrón y seguía arando.
Yo veía el surco perderse entre sus astas, y su montaña de músculos armoniosos arrastrando el arado me servía de cojín.
Cuando acababa la faena, mi padre les quitaba el yugo a los dos, lo ponía a la sombra y me los entregaba por el narigón corto para que los llevara al río a beber agua.
Ellos lo sabían, y venían detrás de mí pegaditos, y sentía sus cuernos a un palmo de mis espaldas. Sentía su olor, sus lengüetadas, sus remilgos.
Mi madre tuvo un hermanito que, de niño, murió de una cornada de un buey. Y ella, en días de lluvia, cuando nos acurrucábamos a contar historias, me lo recordaba.
Pero ahora iba yo, camino al río, con Cimarrón y Bandolero a mis espaldas, descalzo, sin camisa, y le pedía a Cimarrón que me defendiera si Bandolero me hacía algo, y le prometía que cuando yo creciera y fuera grande, no iba a tener que arar nunca más.
Con el tiempo, mi padre se fue de casa por otra mujer. Mi hermano se quedó con la finca y los animales. Yo me fui a estudiar a la ciudad.
Un buen día fui al campo a visitar a mi hermano. Esa noche, unos ladrones se robaron a Cimarrón. A la mañanita salimos a buscarlo mi hermano y yo.
Lo encontramos, o sea, encontramos sus restos, bajo un lindero. Me acerqué a su hermosa testuz desgajada como la rama de un pino y vi sus ojos entreabiertos y muertos, ya opacos. Pero aun en ellos se reflejaba el sol amarillo de la mañana. Puse la mano entre tre sus cuernos diminutos y me fui. Mi padre nos tenía prohibido llorar.
Ayer, Camilo me preguntó si yo sabía cómo se arreaban los bueyes.
—Claro que sí —le dije.
Ahora, tengo en casa una Honda F-250, que nadie se puede robar.



















