El primate que la ciencia perdió y los vecinos encontraron

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Durante casi un siglo, los científicos no tuvieron nuevos registros formales de un pequeño primate de ojos enormes y mordedura venenosa. Sus últimos datos conocidos procedían de la década de 1930, y la falta de documentación llevó a incluirlo en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza como especie en peligro crítico y posiblemente extinta. Se trata del loris lento de Bangka, un animal nocturno descrito científicamente en 1906. Mientras tanto, en una isla de Indonesia, sus habitantes seguían encontrándolo en jardines, carreteras y hasta entre cables eléctricos.

Porque los vecinos de Bangka conocían una realidad diferente a la de los papers. Desde 2015, el centro de rescate de fauna Alobi recibía llamadas, mensajes de WhatsApp y avisos de gente que encontraba estos animales cerca de sus viviendas. Algunos habían quedado atrapados en lugares peligrosos; otros presentaban quemaduras compatibles con descargas eléctricas o habían sido mantenidos en cautiverio. Los rescatistas los recogían, atendían sus lesiones y, cuando estaban recuperados, intentaban devolverlos a zonas forestales protegidas. Durante años, aquella labor continuó sin que sus registros llegaran a las publicaciones científicas internacionales.

Del anonimato al paper

La situación cambió cuando el investigador Timon Glaw, vinculado a una institución zoológica de Viena, conoció el trabajo de Alobi. Junto con especialistas y los propios rescatistas, comenzó a reunir la documentación que podía resolver una incertidumbre de décadas. En octubre de 2026, un estudio publicado en la revista científica Spixiana confirmó el resultado: entre 2015 y 2025, Alobi había rescatado más de 90 loris lentos de Bangka. De ellos, 86 fueron liberados en siete zonas de la isla. El hallazgo recuperó para la ciencia a uno de los primates más singulares de Asia.

Y singular es quedarse corto. Los loris lentos son los únicos primates conocidos capaces de producir veneno. Obtienen su efecto al combinar la saliva con una secreción de una glándula situada en la parte interior del brazo, y su mordedura puede provocar reacciones graves. Ese detalle, que durante años alimentó leyendas locales, es también una de las razones por las que la especie despierta interés científico. Pero el veneno no lo protege de su verdadero depredador: la pérdida de hábitat.

La supervivencia del loris de Bangka sigue amenazada. La minería de estaño, las plantaciones de palma aceitera y la expansión de los asentamientos humanos han reducido y fragmentado los bosques donde vive. Los registros de rescate permitieron confirmar que la especie continúa existiendo, pero todavía no permiten calcular cuántos ejemplares permanecen en libertad. Tampoco existe un seguimiento suficiente para conocer la supervivencia de los animales liberados. Es decir, la buena noticia tiene un perímetro limitado: sabemos que están, no cuántos quedan ni si los que volvieron al bosque siguen allí.

Después de casi noventa años de incertidumbre científica, la respuesta estaba en los archivos de quienes llevaban una década rescatándolos. No en una expedición financiada, ni en un satélite, ni en un congreso internacional, sino en las notas de un centro de rescate y en los mensajes de vecinos que avisaban de un animal extraño entre los cables. La ciencia llegó tarde, pero llegó. Y llegó gracias a quienes nunca dejaron de mirar el suelo de Bangka.

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