
Las artes y la IA
Por Ulises Toirac ()
La Habana.- Se ha desatado una reacción impresionante en el mundo de la crítica y la creación artísticas acerca del uso de las inteligencias artificiales con el objetivo de crear productos (música, literatura, artes visuales…).
Y no es para menos. La IA es un elemento disruptivo que pone de cabeza toda la creación humana, y no solo la artística. La concepción de una pintura, una canción o una novela eran (y enfatizo el uso temporal: «eran») inherentemente humanas. Y aunque utilizo «eran» en cuanto a esa condición inherente, sigo pensando que, aunque su proceso creativo ya no será exclusivamente producto de las emociones y los sentimientos, de los ideales y los principios, su resultado seguirá estando dirigido a ellos.
La IA no es un fenómeno que se pueda apartar del desarrollo en lo adelante. Las posibilidades que brinda aceleran exponencialmente la capacidad de plantearse soluciones cada vez más complejas mediante un análisis más abarcador. Su capacidad de aprendizaje y escalabilidad la hacen extraordinariamente útil, porque ese aprendizaje —bien encauzado— permite que el viejo método de prueba y error —que utilizan todas las investigaciones— corra sobre rieles más ligeros. Investigaciones sobre enfermedades, cálculos avanzados de clima, análisis de problemas matemáticos y físicos, pronóstico de comportamiento económico… Todo es susceptible de ser abordado por esta tecnología con mayor rapidez, acceso a información más global y menor dependencia del cansancio humano.
Hay elementos cuya reproducción o sustitución mediante IA resulta, cuando menos, discutible: los procesos de asociación creativa (eso de enlazar conocimientos que aparentemente no tienen nada que ver entre sí), los sentimientos como experiencia subjetiva —alegría, frustración, tristeza— y la memoria emotiva. Son cualidades que, hasta donde sabemos, están profundamente vinculadas a la experiencia humana y cuya reproducción auténtica en una máquina sigue siendo una incógnita.
Una máquina puede representar convincentemente una emoción e incluso provocar una respuesta emocional en quien recibe su obra, pero eso no significa necesariamente que experimente aquello que expresa. Y ahí reside, al menos por ahora, una de sus principales limitaciones. Una limitación que también plantea interrogantes sobre su capacidad para deslindar entre el bien y el mal, pues, aunque pueda reconocer y aplicar criterios éticos, estos dependerán en buena medida de los principios y criterios que orienten su diseño y funcionamiento. La responsabilidad por las consecuencias de sus aplicaciones seguirá siendo, en última instancia, humana.
Como se dice en Cuba: llegó para quedarse. No hay más remedio que aceptarlo y llevarlo por buen camino.



















