La conquista de occidente

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Por Luis Alberto Ramírez ()

Miami.- «El extremismo islamista ya no necesita aviones para derribar rascacielos en Estados Unidos; su estrategia también puede consistir en ganar espacios e influencia dentro de las instituciones más poderosas del país».

Suena fuerte, increíble, pero la realidad, en ocasiones, supera la ficción.

—¡Ingenuo! —me dicen mis amigos—. En Occidente jamás imperarán las fuerzas del mal.

¿Ingenuo yo? No. Ingenuo es todo aquel que ignora la historia y comete el error de repetirla.

La historia nos ha enseñado que no existe fuerza más avasalladora y destructiva que aquella que se subestima. Alemania fue derrotada en la Primera Guerra Mundial, pero el mundo no consiguió evitar que, apenas dos décadas después, volviera a convertirse en el epicentro de otra conflagración mundial. Hizo falta una segunda guerra para comprender el precio de no haber sabido enfrentar a tiempo las amenazas que se estaban gestando.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a analizar acontecimientos, reconocer patrones y estudiar comportamientos históricos, pero hay una realidad que no necesita algoritmos para comprenderse: cuando un movimiento totalitario tiene como propósito destruir un modelo de sociedad para imponer otro, sus métodos pueden ser tan diversos como sus estrategias. Para quienes persiguen ese objetivo, el fin justifica los medios.

Fidel Castro llegó al poder engañando al pueblo cubano con promesas de libertad y democracia. Una vez alcanzado el poder, eliminó los obstáculos, liquidó las libertades y estableció una dictadura. Así ocurrió también con Chávez en Venezuela y Ortega en Nicaragua.

Y para quienes tienen poca memoria o desconocen la historia, recordemos lo sucedido en Irán. Los islamistas utilizaron las alianzas con sectores de izquierda, comunistas y otros movimientos opositores para derrotar al Sha. Muchos creyeron que estaban participando en una revolución que abriría las puertas a una sociedad diferente. Sin embargo, una vez consolidado el poder de los ayatolás, sus antiguos aliados fueron perseguidos, encarcelados y eliminados de la vida política. El Partido Tudeh, de orientación comunista, terminó siendo ilegalizado.

¿Acaso no es esa una lección que deberíamos recordar?

Hay algo que Occidente debería comprender de una vez: las democracias no siempre mueren bajo el ruido de los tanques ni necesitan que un ejército extranjero cruce sus fronteras para desaparecer. A veces comienzan a morir cuando sus propias instituciones se convierten en instrumentos de quienes no creen en ellas.

Venezuela es un ejemplo de ello. Hugo Chávez llegó al poder mediante elecciones democráticas. Sin embargo, con el paso del tiempo, las instituciones fueron perdiendo independencia, la oposición fue perdiendo espacios y las libertades terminaron gravemente comprometidas.

Por eso, el peligro no está solamente en quién llega al poder, sino también en lo que pretende hacer una vez que lo consigue.

¿De verdad creen que, si movimientos islamistas radicales consiguieran controlar las instituciones estadounidenses, no intentarían hacer lo mismo con aquellos que hoy los apoyan para alcanzar sus objetivos políticos?

No se trata de perseguir una religión ni de cuestionar el derecho de nadie a profesar sus creencias. Se trata de reconocer que ninguna ideología, religiosa o política, debe tener derecho a destruir las libertades de los demás. El islam como religión no es sinónimo de extremismo, de la misma manera que una ideología política no representa necesariamente a todos sus seguidores.

Pero existe una diferencia enorme entre respetar las libertades individuales y entregar ingenuamente esas mismas libertades a quienes pretenden eliminarlas.

Una democracia debe ser suficientemente tolerante para permitir todas las ideas, pero suficientemente inteligente para reconocer aquellas que pretenden acabar con la tolerancia.

Iluso no soy yo. Alarmista tampoco. Simplemente soy esa voz que, desde los rincones más olvidados de las redes sociales, les advierte:

Tengan mucho cuidado con lo que cultivan, porque doloroso será el fruto que cosechen.

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