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Por Irán Capote

Pinar del Río.- Ayer me hicieron un cuento. No chino, un cuento cubano. No puedo precisar si es cierto, pero al tratarse de esa Cuba amarga y pintoresca, de esta Cuba absurda, real, maravillosa, de esta Cuba que es caldo de cultivo, creo que perfectamente pudiera ser real. Y es tan bueno que quiero compartirlo con ustedes.

Resulta que a una oficina de trámites de un municipio, de cuyo nombres me acuerdo, pero no quiero mencionar aquí ( ni de la oficina de trámites ni del municipio) llegó un ciudadano para resolver un temita burocrático que le estaba jodiendo demasiado la vida.

Madrugó, viajó hasta ese municipio, esperó a que amaneciera sentado en la puerta de la oficina. Sobre las 9:00 am llegaron las tramitadoras con cara de muy pocos amigos, como toda tramitadora u oficinista que se respete. Ya había algunos más en la cola. Y como a las 9:30 pidieron que pasara el primero.

Nuestro “Juan”, pongámosle un nombre, entró, solicitó, mostró otros documentos que servirían para tramitar el documento por el que había viajado desde otro municipio.

La entusiasta tramitadora miró los documentos, miró a Juan, se puso los espejuelos en la punta de la nariz. Volvió a mirar los documentos, volvió a mirar a Juan. En silencio todo. Incómodo todo.

Juan, de alguna forma acosado, miraba a la tramitadora que lo miraba con los espejuelos en la punta de la nariz. Se fijaba con indiscreción en el tizne que ella, quizás por llegar a tiempo a la oficina, tenía pegado en el cuello, como si fuera un chupón.

Juan pensó en decirle, pero se contuvo.

Y ella, quitándose los espejuelos, le dijo: “Juan, Juan… papi, Machi, para hacer eso que tú quieres que yo haga, para hacer eso que tú necesitas, para hacer eso por lo que has viajado desde tan lejos, hace falta corriente, Juan, papi, Machi… ¡qué pena me da contigo! Tienes que venir otro día. O esperar ahí hasta que venga la corriente.”

Cuando dijo esta última frase, apretó la boca y el entrecejo como quien dice: “esa no viene nunca en horario laboral y si viene yo tengo que irme echando, volando, con las patas en el cuello para mi casa para poder lavar, cocinar, poner la centrífuga…”

Juan, que es pinareño pero no bobo, le dijo con toda seguridad. Con la seguridad de un hombre que está preparado para esta crisis electroenergética: “Mamita, yo vine con mi ecoflow”.

Y dicen los que estaban, dice quien me contó el cuento, que cuando se escuchó en aquella oficina de trámites que había un ecoflow en el lugar, aparecieron de cada oficina del establecimiento todo tipo de extensiones, cargadores de teléfono, y hasta una olla arrocera que la entusiasta tramitadora tuvo a bien mandar a buscar a su casa para adelantar el almuerzo. Dice quien me contó este cuento, que aunque el papel de Juan se imprimió en menos de un minuto, hubo de esperar a que estuviera el arroz y a que los teléfonos móviles tuvieran el 100 por ciento de carga.

Dicen que la tramitadora entusiasta le dijo mientras daba en el borde de la olla con la paletica plástica de revólver el arroz: “ Fíjate, Juan, cada vez que tú necesites un papel de aquí, no busques a más nadie que a mi, Papito, Machi. Yo te lo resuelvo. Toma mi contacto y dame el tuyo…”

Y ahí, en la oficina de trámites de cuyo nombre me acuerdo, pero no quiero mencionar aquí, ella guardó el contacto como “Juan Termoeléctrica”.

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