
Alcanzar la libertad es una cosa, saber ejercerla es otra: la intolerancia en el nuevo exilio
Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- El debate político dentro de nuestra comunidad atraviesa un momento revelador. En las últimas semanas, determinadas decisiones y posiciones de Donald Trump respecto a Venezuela, Cuba, Irán y Ucrania, particularmente en sus relaciones con Vladímir Putin, han provocado críticas y desacuerdos. Y esas críticas no provienen exclusivamente de los demócratas, como algunos pretenden hacer creer. También surgen dentro del propio Partido Republicano, entre legisladores, figuras como María Elvira Salazar, comunicadores como Eliecer Ávila y Alex Otaola, y numerosos ciudadanos que, con independencia de su filiación política, ejercemos nuestro derecho a cuestionar decisiones que consideramos equivocadas.
Sin embargo, frente a ese legítimo ejercicio de libertad de expresión, se ha desatado una campaña de descrédito, insultos y linchamiento moral contra quienes se atreven a discrepar del presidente. Conviene aclarar que esta intolerancia no representa al exilio cubano en su conjunto, y mucho menos al exilio histórico. Pero resulta preocupante observarla en determinados sectores del nuevo exilio, particularmente entre quienes, tras abandonar Cuba, todavía arrastran los vicios políticos y las conductas aprendidas bajo el totalitarismo.
Porque una cosa es alcanzar la libertad al cruzar una frontera y otra muy distinta es aprender a ejercerla.
Lo verdaderamente alarmante es comprobar cómo algunas personas que escaparon de un régimen donde disentir se castiga como traición reproducen, ya en una sociedad democrática, los mismos mecanismos de intolerancia que padecieron. Cambiaron de país, pero no de mentalidad. Sustituyeron al líder de ayer por el de hoy, conservando intacta la idea de que cuestionar al dirigente equivale a traicionarlo.
Las secuelas del adoctrinamiento
Y aquí aparece una contradicción todavía más grave: atacar y desacreditar a legisladores, activistas y comunicadores que durante años han sido una espina clavada para la dictadura cubana, simplemente porque discrepan de determinadas decisiones de Trump, termina favoreciendo precisamente a quienes dicen combatir. Dividir al exilio, debilitar sus voces independientes y convertir las diferencias políticas en enemistades personales son resultados que el régimen de La Habana puede aprovechar sin necesidad de provocarlos.
El adoctrinamiento de décadas no desaparece automáticamente al pisar suelo estadounidense. Quien ha vivido bajo un sistema de partido único, donde se exige obediencia y se castiga la discrepancia, puede terminar reproduciendo ese mismo pensamiento absolutista si no desarrolla una verdadera conciencia democrática. Y cuando el insulto sustituye al argumento, la difamación reemplaza al debate y la fidelidad a un político se convierte en requisito para ser considerado patriota, lo que estamos haciendo es importar a una sociedad libre los peores hábitos de la dictadura que dejamos atrás.
Ser republicano, conservador o simpatizante de Trump no significa renunciar al pensamiento crítico. La democracia no exige unanimidad ni obediencia incondicional. Por el contrario, permite cuestionar a nuestros propios dirigentes, señalar sus errores y exigirles responsabilidad. Esa es precisamente una de las diferencias fundamentales entre una democracia y una dictadura: en la primera, los gobernantes están sujetos al escrutinio ciudadano, a nosotros el pueblo; en la segunda, los ciudadanos están sometidos al poder de los gobernantes, ¿acaso 67 anos no bastaron para aprender?
No confundir lealtad con sumisión
Confundir lealtad política con sumisión es una deformación del pensamiento cívico que debemos superar. No se puede reclamar libertad para Cuba mientras se pretende imponer silencio a quienes piensan diferente en Estados Unidos.
La verdadera liberación no termina cuando abandonamos la isla. También exige desprendernos de las cadenas mentales del autoritarismo. Porque la libertad no consiste únicamente en cambiar de geografía, disfrutar de prosperidad material o poder votar cada cuatro años. Consiste, sobre todo, en comprender que nadie tiene el monopolio de la verdad y que las diferencias se enfrentan con argumentos, no con ataques personales.
Salir de una dictadura no nos convierte automáticamente en demócratas. Podemos abandonar físicamente el totalitarismo y continuar llevándolo dentro de la cabeza. Y mientras no aprendamos a respetar el derecho ajeno a disentir, habremos conquistado la libertad de movimiento, pero seguiremos siendo prisioneros de nuestra propia intolerancia.
¡Tú, cubano, abre tu equipaje y deshazte de la dictadura que llevas dentro!



















