
Aguas negras, cabeza erguida
Por Jorge de Mello ()
La Habana.- Mi barrio, al final de El Vedado, también se ha ido convirtiendo en uno de esos lugares por donde deambulan cada vez con más frecuencia personas sin hogar y sin amparo, pobre gente que ha sido desahuciada por la sociedad.
Ahí están como una marea creciente, ya no hay que salir de casa para que su humanidad desorientada nos golpee en el rostro. A veces, como en esta ocasión, basta con asomarse a la ventana. No logro incorporarlos con naturalidad a mi cotidianidad ni desviar la mirada con indiferencia, tampoco puedo hacer algo efectivo por ellos más allá de dejar constancia de la injusticia de estos tiempos brutales que ningún país debería soportar.
Este hombre mayor y extremadamente delgado llegó arrastrando los pies y un pesado bulto de tela, se detuvo frente al charco de aguas albañales que se escurre desde hace meses por el parterre y derrama su insalubridad hacia la calle sin que a nadie le importe mucho.
Soltó el fardo y se quedó un largo rato de pie mirando las aguas negras, sin moverse ni un milímetro, como en estado de meditación. Parecía una de esas esculturas vivas que nos encontramos en ocasiones por las zonas turísticas de la ciudad. Pero este no se había disfrazado de indigente para recibir unas monedas de algún caminante despreocupado, su performance era diferente.
De pronto hizo varios movimientos lentos, se miró de arriba a abajo y comenzó a meter su camiseta mugrienta por dentro de la bermuda raída, como quien se prepara para entrar a un lugar elegante. Se agachó y escarbó en el paquete, sacó un sucio ripio de tela azul oscuro y comenzó a manipularlo hasta que logró confeccionar una especie de corbata o pañoleta, se la ató al cuello por encima de la chaqueta.
Después estiró los brazos y balanceó acompasadamente su cuerpo de atrás hacia adelante hasta que pareció haber recobrado un poco de su autoestima perdida. Entonces, volvió a mirar inmóvil durante unos segundos al charco pestilente, recogió con parsimonia sus pocas pertenencias regadas sobre la acera, levantó los hombros y con la cabeza erguida se echó a andar con dificultad hasta perderse de mi vista.



















