LA VIOLENCIA SOCIAL EN CUBA ES CONSECUENCIA DE LA REPRESIÓN

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Por Joel Fonte ()

La Habana.- La violencia social -como la violencia política- es solo una consecuencia más de la represión que sufrimos los cubanos.

Que decenas de adolescentes se agredan con palos y machetes haciendo de las calles un escenario de violencia multitudinaria; que los hechos de asesinato, homicidio, lesiones, robo con violencia, desórdenes públicos, riñas tumultuarias, tráfico de drogas y otras muchas conductas delictivas graves hayan proliferado hasta ser alarmantes, haciendo que las calles de Cuba sean cada vez un lugar más inseguro para nuestra existencia, tiene una causa esencial en la agudización de la gravísima crisis económica -la más severa dentro de un contexto de permanente crisis- que ha asfixiado al país por más de 65 años de dictadura castrista; pero sobre todo tiene su origen en una causa mayor y fundamental: el encarcelamiento de las libertades políticas, económicas, sociales, culturales, de los derechos más esenciales para la vida en libertad de la sociedad cubana.

La familia promedio en Cuba vive y sufre, hoy, presa de una miseria extrema: son millones los cubanos que sufren hambre, desnutrición, desamparo, abandono, que están privados de condiciones de vida elementales.

Pero esas mismas familias, esos millones de seres humanos, están privados además de la posibilidad de influir en los destinos de sus vidas cambiando los destinos del país; ni siquiera pueden protestar, denunciar, reclamar por una vida mejor a quienes se la prohíben.

En un régimen de gobierno que impone un diseño comunista, con la concentración de las funciones económicas, de producción y servicios esenciales en manos de un Estado ineficiente y corrompido, con la consecuente prohibición del ejercicio amplio y real de la propiedad, de la iniciativa, del emprendimiento privado, ese Estado no garantiza sin embargo esas necesidades que prohíbe al cubano autogestionarse.

Los cubanos sufrimos hambre extrema, y la vida nos naufraga cada día tras la elemental necesidad de procurarnos un plato de comida, pues los salarios son una descarada forma de esclavitud moderna que se le impone a millones de trabajadores -un salario que ni siquiera podemos cobrar, porque los bancos están quebrados, no tienen dinero. Ese alimento se ha reducido tanto en variedad y calidad que las consecuencias dramáticas a corto plazo para nuestra salud son evidentes hoy, y lo serán aún más en lo adelante.

El mismo régimen que ha impuesto un sistema de salud pública, y prohibido la gestión privada de la medicina, no solo ha propiciado el colapso de sus servicios de salud, con hospitales y policlínicos que no reciben inversiones desde hace años, sin recursos esenciales, privados de personal calificado -que ha emigrado del país o abandonado el ejercicio profesional-, sino que no garantiza tampoco desde hace muchos años un suministro básico de medicamentos imprescindibles para el tratamiento de enfermedades graves, crónicas.

En Cuba, las farmacias se emplean para vender detergentes y frazadas de piso, y el personal farmacéutico es igualmente víctima de ese inmovilismo absurdo.

El mismo Estado totalitario, que todo quiere controlar sin capacidad de gestión, no garantiza hoy el sistema de transporte publico, ni siquiera en las principales ciudades del país; no garantiza la eficacia y ampliación de los servicios de acueducto y alcantarillado, el estado óptimo y la construcción de nuevos viales.

El régimen castrista no es capaz de generar electricidad de forma estable, y para suplir su ineptitud, su incompetencia y el robo descarado de millonarias sumas que debió invertir en el sector energético, apela al recurrente método de la manipulación y la mentira, creando un espacio para «pronosticar los apagones».

Las familias cubanas, privadas hace más de seis décadas de escoger la forma de enseñanza que quieren para sus hijos, a los que llevaban a recibir instrucción a las instituciones docentes de varios niveles, exponiéndolos a la vez a una fiera ideologización, a un adoctrinamiento que reverencia el servilismo al Poder, ahora ven como pasan semanas sin recibir docencia porque, entre otras causas, los maestros y profesores son parte inevitable del éxodo que desangra a la sociedad cubana.

Y, en medio de muchos traumas más que afectan la estabilidad de nuestras vidas, se nos prohíbe la libertad de pensar, de protestar, de demandar derechos, se nos encarcela arbitrariamente, se nos hunde en una celda miserable o se lleva a ella a nuestros hijos.
Son cientos las familias cubanas que tienen hoy un sillón vacío en sus casas porque uno de sus hijos está preso por exigir libertad.

Entonces, ¿cómo esperar que todo ese drama, esa tragedia colosal que sufre la mayoría de pueblo no se traduzca en formas de violencia social, económica, que la ciudadanía no desencadene su ira en un contexto inesperado, cuando se advierte que la respuesta desde el Poder no es la búsqueda de soluciones, de diálogo franco, de consensos, sino la represión, la violencia política, el propio ocultamiento del caos…?

Y es que no se puede esperar diálogo con un asesino que nos acecha cuchillo en mano, para masacrarnos.

Y ese fenómeno no hará más que agravarse, hasta el estallido definitivo, que cada vez está más próximo.

Porque los millones de pobres, de acosados y abandonados, no recibirán una salida real a su miseria -ellos no cuentan para un régimen corrupto que solo los ve como una cifra, como una masa molesta que debe ser controlada.

Y porque el Poder, repetidamente ejercido de modo contrario al bien común, es un cáncer haciendo metástasis, que termina devorando al propio cuerpo.

Basta de tolerar injusticias. No más temor. No más dictadura en Cuba.