INDAGACIÓN FERRER

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Por Carlos Cabrera Pérez

Entre Rusia y Cuba
Contra la memoria y el olvido (Jorge Ferrer Ladera norte, 2024)

Madrid.- Jorge Ferrer es quizá el más ruso de los cubanos contemporáneos y viceversa y, esa bipolaridad, ha parido un libro esencial para lectores honrados del mundo y oportuno porque ha sido publicado en medio de la guerra contra Ucrania, las serpentinas tácticas que se lanzan Moscú y La Habana y la elección en México de una descendiente de comunistas lituanos y judíos.

La historia de Ferrer evita la pose leninista -ay, la vanguardia iluminada del proletariado- de contar las peripecias de manera distante, sino que se implica, se desgarra, abre en canal la línea paterna y allá va eso; sin pedantería ni aburrir al lector, pretendiendo descubrir por donde le entra el agua al coco; como ha hecho parcialmente con Irán y Corea del Norte.

Ya sabemos lo malo que resultó el comunismo mezclado con la pasión jesuita, pero nos faltan miradas como la de Jorge que hurguen en la herida que muchos cubanos llevamos dentro y que convierten el aeropuerto José Martí en la máquina de nuestro tiempo, donde se juntan oquedades y sollozos.

Si el castrismo encandiló a millones de cubanos ingenuamente suicidas, el tardocastrismo oscureció a otros tantos; incluidos quienes se han inventado una biografía remota porque no tuvieron la suerte de tener a un abuelo como Federico, precozmente alérgico a la Marcha del pueblo combatiente, con más arrepentidos que milicianos.

Pero Jorgito no se para ahí, sino que busca razones remotas, enriquece el análisis con los asombrosos parecidos entre las prácticas bolcheviques y los palmacristazos de esa banda de muchachones inmaduros que tardaron en localizar a quien avisar en caso de muerte, pero que aprendieron a matar, física y civilmente a los byvshi, como llamó el terror soviético a los poco hombres, que en Cuba es insulto abarcador porque lo mismo se usa para el coronel Tortoló que para un tarrú consentidor.

Jorge Ferrer: 'Entre Rusia y Cuba. Contra la memoria y el olvido'A diferencia de otras miradas, la indagación de Ferrer es una autopsia sin anestesia a tres bandas, con las historias del abuelo Federico, papá Jorge y el autor que lee la vida con lentes más parecidos a los del yayo que los de su progenitor. Y como hombre culto y plural ejerce una mirada transversal, que es la más adecuada para saber dónde el jején puso el huevo.

Quizá este sea el relato más conmovedor y de entrada en la madurez literaria de Jorge, hijo de tocayo y nieto de Federico, porque en sus páginas, por debajo de la tragedia (pre)visible, asistimos a una historia de amor al estilo de Marnie, la ladrona, aquel guion conmovedor filmado por Hitchcock o del soneto La cleptómana, de Agustín Acosta, otro transterrado.

Clisé. Muchos cubanos nacidos entre 1960 y 1975 nos criamos casi sin padres, que entonces estaban casados con la revolución, papá bajaba la cabeza para que lo besáramos, pero no nos besaba porque era de blandengue, mamá se ponía un sombrero, encendía un tabaco y dejaba una luz prendida para proyectar una imagen masculina al cuidado de casa. Los domingos, los abuelos intentaban remediar la locura con arroz con pollo a la chorrera y hablando en voz baja de penurias y represalias.

Jorge consigue volar sobre todo aquello, sin alejarse, sin lastimar ni lastimarse, solo contando el horror que, a fuerza de cotidiano, pareció normal; incluida la extirpación de los Reyes Magos y el comercio y anteponiendo el amor a cada embestida, incluidas las más recientes.

Federico, nacido seis años antes que el acorazado Aurora lanzara su demoledor cañonazo, es un jodedor cubano, batistiano, exiliado, a quien su primera mujer y parte de la familia endulza con una mezcla de Bartleby el escribiente, que recolecta sellos a granel y La noche de Ramón Yendía; solo que el personaje no huye, sino que espía a bordo de guaguas de la confronta habanera.

Jorge Mata | "Fragmentos de un capítulo de Apenas tengo dientes en la boca, de Nicolás Lara, publicado por la editorial Casa Vacía “El periódi... | InstagramPapá Jorge fue un hombre de su época -como millones de cubanos- abrazado y abrasado por el castrismo, sin chance para la redención porque cuando quiso rectificar, le falló el corazón en viaje entre La Habana y Miami, que son alas desiguales de un pájaro mutilado, que anida entre el Malecón y el Parque del dominó.

Jorgito fue un diploniño al que sus padres -involuntariamente- descubrieron la condición de gusañero (mitad gusano, mitad compañero) pero que heredó la pasión lectora del abuelo buscavidas y superviviente, del que apenas se hablaba en casa, como en millones de hogares cubanos, partidos en dos por la avasalladora revolución, que permutó el Sagrado corazón y la Última cena por retratos de Fidel entrando en La Habana; sin Huber Matos y de Che Guevara traumatizado por la explosión de La Coubre; que ha sido uno de los mejores negocios del mundo de rosca izquierda.

Tres seres extravagantes en una Cuba presidida por un monólogo totalitario que dura ya la friolera de 65 años, demasiado incluso para tres corazones, para tres hombres derrotados por el porvenir, pintado por Melquíades en cada conversión de una derrota en victoria, de la que nunca supimos, pero de la que solo consigue salvarse el nieto y unos pocos elegidos.

En el debe para futura reedición y formato digital, eliminar el uso del término siquitrillados, invención del periodista Segundo Cazalis, hijo y nieto de españoles, en referencia únicamente a los expropiados forzosamente sin indemnización por quienes se adueñaron de la finca de corcho, flota y no se hunde, por más empeño que ponen el General deterioro y su pelotón.

Y si no fuera mucho pedir, incluir un guiño a Ramón Vasconcelos, periodista cubano, que en 1937 publicó URSS. El ensayo ruso, donde dejó joyas como estas: El campesino, a pesar de los pesares, es individualista y contrarrevolucionario. No entiende a Marx ni le importa Lenin. No quiere saber más que de sus trigos y sus vacas y, si acepta el comunismo, es, primero porque le va mejor que con la aristocracia zarista y, luego, porque las brigadas de choque pasan incesantemente por la puerta de la isba con el fusil al hombro. Es, pues, comunista por conveniencia y miedo.

Todo ello, décadas antes que los aclamados Boris Pasternak (Doctor Zhivago, 1957), Aleksandr Solzhenitsyn (Archipiélago Gulag, 1973) o Vasili Grossman (Vida y destino, 1980).

Entre Rusia y Cuba está editado cuidadosamente por la madrileña Ladera norte, diseño atractivo y ausencia de erratas; en una apuesta editorial valiente porque lo alumbra cuando los autores cubanos siguen privados de su público natural, pero ansiosos ante la novedad porque nadie ha contado así la vida de nosotros.