EL MILAGRO DE LA ESPUMA Y LA SAL

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Por Ernesto Sierra ()
Sevilla.- Dicen que Obama pilló a Bin Laden porque este ponía en el FB lo que solía hacer y dónde solía estar. Desde entonces me cuido mucho de dar información que no me solicitan y que pueda ayudar a quitarme la tranquilidad, pero esta es demasiado buena como para no compartirla. De hecho, como en la canción de Serrat, la guardo en el cajón de “aquellas pequeñas cosas”, las que me tocan la fibra y necesito para vivir.
Muchas veces a los culturetas nos acusan de fantasiosos, de inventores de motivos, sin embargo, no necesito fabulación alguna para decir, sin temor a equivocarme, que Lorca escribió para mí -como para muchos otros, seguramente- aquello de que “si me pierdo que me busquen en Andalucía o en Cuba”. Yo ya me he perdido en Cuba de mil maneras que van desde los palacios hasta las mazmorras, así que ahora discurro en Andalucía, me dejo andar y me pierdo como el abejorro en el polen de las flores azules o mis dedos en la rugosidad tierna y punzante de un pezón desnudo en la bahía de Cádiz, casi al crepúsculo.
Mis huesos tienen memoria de isla y recalan hace años en San Fernando.
Allí, entre marismas y salinas, “magreando una muchacha”, en la eternidad del instante encontré este mi otro lugar en el mundo. Y encontré mi abadía, mi venta de camino, en el «Sugar café».
Puede ser una imagen de 4 personas, acordeón, iluminación y piano
Siempre vuelvo al «Sugar café». En las mañanas el desayuno, en sus alrededores, tiene tono de fiesta; a veces es continuidad de las risas de la noche recién terminada, otras es un degustar silencioso, meditativo, viendo pasar la gente que baja animada hacia el mercado o la plaza del ayuntamiento y la calle Real. Al medio día y la tarde los parroquianos se cobijan del Sol en la intimidad de su penumbra, del buen gusto del decorado y la amabilidad de su gente, atenta sin agobio.
Desde una esquina te miran el piano encebrado de Alex O´dogherty, el mobiliario en un calculado desorden que recuerda un café de París, Viena, Buenos Aires o La Habana, en su aire nostálgico y las delicias de la gastronomía y los licores y, el escenario, la boca del dragón que escupirá rayos y centellas en forma de melodías hasta bien entrada la noche, espacio mágico donde al espectáculo de turno puede sumarse el músico, el chistoso declamador improvisado, todo aquel que se sienta inspirado y quiera compartir su arte con los tertulianos.
El ambiente se calienta, sube, crepita, llega ese momento en que siento que salgo de mi cuerpo y como un dron sensitivo reparo en perfiles fenicios, cartagineses, romanos, visigodos, moriscos, un mosaico de rasgos, texturas y colores que me inundan hasta el vértigo, como si la marea se retirara y dejara estos restos que no saben a naufragio, sino a fundación. Tropiezo con unos ojos que parecen estallar de picardía y risa. Es la hora de irse y la risa se queda en el aire como la promesa del regreso, la vuelta a comenzar.
—¿Quedamos mañana para un cafelito?
—¡Claro, niño!
Paso frente a la Venta de Vargas y saludo a Camarón de la Isla: —«Rosa María, si tú me quisieras que feliz sería».
El viento de la madrugada me da en la cara con todo su olor a mar. Después de todo no es asombroso que me sienta tan bien aquí; estoy en la otra orilla del mismo océano que también es el mío. ¿Quién sabe en qué mástil llegó a «La Carraca» el roble que creció en el patio de mis abuelos?
Mañana, es decir en unas horas, regresaré al «Sugar» en busca de la abeja y la miel sobre los labios. Regresaremos todos (también tú) con la esperanza de que se repita el milagro de la espuma y la sal sobre tu cuello desnudo.