NADIE TIENE DERECHO A MATAR LA DIGNIDAD DE UN PUEBLO

SUGERENCIAS DEL REDACTOR JEFENADIE TIENE DERECHO A MATAR LA DIGNIDAD DE UN PUEBLO
Por Sor Nadieska Almeida
La Habana.- “Llega con tu vida poco a poco a revivir lo que parece que está muerto; que la cura que viene desde dentro sea semilla de un corazón abierto… para amar con todas las entrañas y poder ser vida en medio de lo muerto“. (Cecilia Rivero. RSCJ)
Esta es una de las canciones que más me gustan de la Hermana Cecilia. No sé cuál fue el contexto en el que se inspiró, pero a mi me ayuda a invocar a Dios desde lo más profundo de mis entrañas y a ubicar con claridad lo que voy viviendo, y vamos viviendo, en este hoy tan arduo y lacerante que no parece tener fin, sino al contrario, se va recrudeciendo hasta el punto de llegar a sentir que somos seres andantes, pero sin vida.
Ser “vida” en medio de lo muerto es, sin dudas, mantener la esperanza en medio de tantos signos de muerte, intentar acompañar a un pueblo al que vemos morir poco a poco. Lo que más me asusta es sentir que nos estamos acostumbrando a la muerte; ya casi dolorosamente le damos la bienvenida a ese trance al que el ser humano siempre le ha temido.
Puede resultar duro lo que hoy escribo. Desde mi apreciación, estamos siendo también gestores de nuestra propia muerte, de la muerte de nuestra gente, y es que el miedo también nos mata, como mismo mata la represión, la intimidación y la amenaza en todas sus expresiones.
Seguir callándonos por miedo es continuar colaborando con la muerte de todo el pueblo. Seguir hablando bajito nos hace cómplices, nos engañamos ocultando nuestra mayor verdad, la que todos sabemos y no nos atrevemos a decir, pero que basta una expresión para que asintamos con la cabeza o la mirada.
Reconozco en mí misma ese miedo, pero lo supera, y con fuerzas, el amor por la verdad, por la justicia. Lo supera la llamada que siento de parte de Dios, que me sigue invitando a la esperanza, a la libertad, a la alegría, a la VIDA, esa que nadie nos puede quitar.
Cuando retomo el canto, mi corazón recobra esa fuerza de querer revivir lo que parece que está muerto, y miro a mi pueblo, a mi gente, sufriendo tanto, y no puedo sino decir que nadie, absolutamente nadie, tiene el derecho de matar la dignidad de un pueblo, porque la dignidad es dada por Dios. Tenemos un valor por ser personas, por ser hijos e hijas de Dios. Tenemos derecho a vivir, a vivir dignamente. No tenemos por qué seguir sintiendo que estamos dejando ir nuestra vida, que nos quitan el sueño y perdemos la capacidad de soñar. Es lícito, legítimo, reclamar, expresar nuestros desacuerdos, nuestro malestar, lo que atenta contra la vida. La Constitución confirma ese derecho, y paralelo a ella, se promulgan leyes que lo impiden y lo castigan.
Puede ser una imagen de plántulas y textoRevivir lo que parece que está muerto es que tú y yo creamos que algo mejor puede lograrse en nuestro país si somos protagonistas del bien, de la verdad, de la bondad que aún sigue en el corazón de tantos. Si tú y yo apostamos por dejar de simular que creemos lo que es evidentemente incierto, si en lugar de reírnos de nuestras desgracias las llamamos por su nombre y rompemos el conformismo. Revivir es decirle a nuestros hijos, a nuestros jóvenes, que el sentido de amar a la patria es tener el valor de pensar diferente, y que eso no significa ser traidor. Pensar diferente, y acoger la diferencia, es señal de una nación saludable. Nadie piensa por ti, sino junto a ti, sin que te dañe, enriqueciéndote, porque disentir ayuda en el crecimiento de cualquier nación.
Hoy, cuando seguimos sufriendo y constatando tanto daño existencial, lo asumamos o no, y que afecta nuestra capacidad de crecer como personas, nuestra capacidad de decidir, de hacer opciones, de situarnos con verdad ante nosotros mismos y en la vida, debemos mirar hacia adentro de cada uno, tomar conciencia, y decidir si ese daño antropológico va a seguir apoderándose de nosotros, porque en ello nos va el futuro. Decidamos si seguimos esperando los apagones o brillamos con nuestras propias luces. Decidamos si apostamos por la esperanza o la seguimos posponiendo para otras generaciones. Es cuestión de optar, por difícil que parezca. Pequeños gestos en nuestra vida cotidiana, acciones en nuestro entorno, que nos lleven a iluminar con nuestra luz y aportar vida en la realidad de muerte en la que nos encontramos.
Y decidir con “ternura y coraje” revivir lo que queremos, lo que anhelamos, lo que esperamos, lo que somos cada uno, “para pintar un lienzo en tonos de futuro”.
Es mi deseo, mi súplica, mi confianza.

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