MARICONEO DE DIOS

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Por Carlos Cabrera Pérez

Madrid.- Una de las maniobras permanentes de la secta woke consiste en propalar que el papa Francisco I es un señor de izquierda, progresista y amable, pero ha sido el propio Pontífice quien han echado abajo uno de los mitos recurrentes al ordenar que no ingresen jóvenes homosexuales en los seminarios católicos, donde habría “mucho mariconeo”.

Con su arrebato, el papa Francisco no solo agredió a homosexuales de todo el mundo, sino a los muchos que pueblan su iglesia, que suele ver con mejores ojos las relaciones de obispos y sacerdotes con hombres, que con mujeres, que siguen limitadas en sus derechos y reconocimientos en la grey católica

Obviamente, las injustas palabras del papa han tenido escasa repercusión mediática porque rompe una de las tácticas recurrentes de los mandamases woke, que usan oportunistamente la homosexualidad y la ecología, desde que se derrumbó el comunismo y se descubrió lo mal que viven obreros y campesinos en las dictaduras del proletariado.

Una vez filtradas sus palabras, que son un guiño al sector inmovilista de su iglesia, Francisco I, sin pedir perdón, ha aclarado que hay sitios para todos; probablemente, pero para unos más que otros, como es normal en esa congregación bimilenaria que conjuga la fe con el poder y los dineros.

Como jefe de la Iglesia Católica, el Papa tiene derecho a marcar la política de cuadros y personal de la institución, pero no a discriminar a nadie por su orientación sexual; si sus palabras las hubieran pronunciado Santiago Abascal, Javier Milei o Donald Trump, a estas horas las calles estarían llenas de comisarios y activistas gais, que no representan a la mayoría de los homosexuales, pero viven del estruendo permanente.

Son los mismos que evitan criticar a países como China, Afganistán o Irán donde los homosexuales son invisibilizados y hasta asesinados y evitan abordar con valentía y transparencia las atrocidades contra homosexuales y lesbianas de la totalitaria Cuba, donde el movimiento gay más visibilizado es el que dirige una hija de Raúl Castro Ruz; en una mezcla de resistencia creativa y carnaval militante.

El papa parece cansado y varias fuentes aseguran que padece varias enfermedades, que incluso le han obligado a desplazarse en silla de ruedas, pero su irrespetuosa salida de tono ha afeado la fiesta de los wokes, que consiguieron fuera elegido para que intentara devolver al rebaño a ovejas descarriadas en América Latina, donde su papado ha sido nefasto porque sacerdotes y obispos conocen su impecable pasado conservador y no comulgan con el personaje inventado; siempre obsequioso con los ricos y guardando distancias con los pobres y curas que los representan.

En unos días, el mundo pasará página del lapsus del papa Francisco, que deberá protagonizar una escena parecida a la protagonizada en unos de sus viajes, cuando cuestionó quién era él para juzgar a los gais y la poderosa maquinaria de propaganda woke-Vaticano restará importancia al asunto, alegando que fue una conversación privada en un ambiente relajado, que suele ser la excusa más habitual de los poderosos para disculparse cuando expresan verdaderos pensamientos e intenciones.

Internamente, el desliz papal será usado para precipitar su salida de la silla de Pedro, como parte de la guerra entre alemanes y estadounidenses para nombrar al nuevo Papa, que encontrará retos nuevos y deberá recomponer la Iglesia Católica tras el paso de Francisco I, un jesuita con apariencia bonachona, abierto a la cooperación con el islam y los ortodoxos, pero carente del carisma de Juan Pablo II y la solidez doctrinal de Benedicto XVI, a quien la secta woke, apoyada por caballos de Troya con sotanas, pintó como un conservador troglodita.

Solo con estos enjuagues puede entenderse la soledad de sacerdotes como el cubano Alberto Reyes, a quien su cardenal ha censurado que repique las campanas de su iglesia, en señal de duelo por los insoportables apagones o la duda razonable sobre qué habría pasado con el cura estadounidense Mychal Judge, gay confeso, que no dudó en armarse con un casco y sumarse a los bomberos para rescatar a víctimas de la maldad salafista el 11 de septiembre de 2001, en Nueva York.

Si Judge hubiera nacido argentino, quizá un Bergoglio bien llevado con la dictadura militar, le habría dado con la puerta del seminario en las narices por el terrible crimen de ser gay, como silencia el Vaticano la medida protesta del padre Reyes ante tanta oscuridad y sufrimiento en Cuba.