EL TÉ NO TRAE LAS MUSAS

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Por Héctor Miranda ()

Moscú.- En La Habana de 1992 era complicado ya encontrar algo para refrescar el tórrido calor de mayo. Pero en 23 e I, en la Casa de la UPEC, vendían un té con hielo que caía al cuerpo como un bálsamo milagroso.

Dos amigos y yo bajábamos una de esas tardes desde el estadio universitario Juan Abrantes, el llamado CEDER -que ya comenzaba a caerse a pedazos-, después de un partido de béisbol contra cualquiera de los habituales rivales del equipo de Periodismo, del cual éramos las estrellas.

Tal vez ni habíamos almorzado, y aquellos nueve innings al sol, sin agua, nos habían dejado con las energías necesarias para emprender el regreso a F y 3ra, la beca estudiantil, casi pegada al Malecón. Antes, sin embargo, haríamos una escala en la Casa de la UPEC, donde, por 40 centavos -o 25, no recuerdo bien-, te podías tomar un té frío.

La entrada allí era solo para miembros de la UPEC, y para los estudiantes de Periodismo. En aquella sala, relativamente pequeña, se reunían cada tarde un grupo de actores más o menos famosos, como Julito Martínez, guionistas de televisión y personal de la cultura y el periodismo, que formaban animadas tertulias y hablaban de cualquier cosa, incluso hasta mal del gobierno.

Entre los periodistas que pasaban por allí casi todos los días estaba un veterano que había sido redactor de la sección En Cuba, de la revista Bohemia, cuando Bohemia hacía periodismo de verdad, antes de 1959, por supuesto, de nombre Ricardo Sáez.
El hombre nos había dado un par de clases en el primer año de la carrera y nos recordaba. Y cuando entramos al lugar, lo vimos sentado en la mesa de la esquina con un vaso de «chácata» frente a él. El chácata era té con hielo, y una línea de ron.

Nosotros pedimos dos vasos del otro, del que no tenía ron, para cada uno. Con aquello nos íbamos a hidratar, y ya habíamos bajado el primero e íbamos camino del segundo, cuando Sáez se paró de donde estaba, se acercó al mostrador, especie de barra, donde se servía la bebida y nos dijo:

-¿Ustedes saben que el té no trae a las musas, verdad?

Alguno de nosotros, o los tres a la vez, intentó una mueca, como para tomarnos a broma lo que el veterano periodista decía, tal vez porque sabíamos que aquello con ron era mucho mejor, pero nuestras finanzas apenas daban para el té con hielo.

-¡Ponle una línea de ron a cada uno de esos vasos, y ponme otro a mí! -le dijo a la mulata gruesa que hacía las veces de barman.

Unos minutos después hablábamos los cuatro de cualquier cosa en la mesa de a esquina. Y ahora no recuerdo si nos tomamos un chácata o tres, ni tampoco si bajaron las musas o no. Lo recuerdo ahora, porque es un domingo aburrido en Moscú, y por más que me he tomado dos té, no se me ocurre nada que escribir. No me va a quedar más remedio que intentarlo con té y ron. O tal vez con vodka.