EL EXTRAÑO CASO DEL HIJO DE MANUEL MARRERO

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Por Anette Espinosa

La Habana.- Desde hace un par de días las redes arden por la negativa del gobierno de Estados Unidos a dejar entrar a su país, vía parole, al hijo de Manuel Marrero, el primer ministro del gobierno de Cuba y uno de los personajes más corruptos y detestables de la tiranía.

Juro que he seguido el caso en la distancia. No me he preocupado por leer nada sobre el tema, y mucho menos ver vídeos de youtubers e influencers. No es necesario. No hace falta informarse más, porque está claro que de este país se quiere ir todo el mundo, unos porque no aguantan más, y otros, como el caso del hijo del primer ministro, porque de bobos no tienen un pelo y saben que cuando se tengan que ir del poder, no les irá bien.

¿Alguno de nosotros piensa que el vástago del ahijado de los generales es tonto? Nada de eso. El muchacho exprimió todo lo que pudo la teta que le puso el padre delante. Se pasó vacaciones completas en hoteles, viajó en yates por todo el Caribe, en aviones privados a muchos lugares, a discotecas en México, en España, en Caracas… y ahora, luego de conocer una parte del mundo y de darse cuenta que hay otro mundo, mucho mejor, quiere emprender su propia travesía.

Además, para Marrero sería como tener a alguien afuera, por si algún día -porque nadie sabe- le dan una patada en el trasero y lo mandan a casa. Entonces, con el dinero que se iba a llevar su hijo para poner algún negocio, podría enviarle remesas al padre.

Así funciona. O es que alguien cree que el hijo de Manuel Marrero es el primer vástago que toma el camino del norte y deja atrás el comunismo cansino de sus padres y abuelos. La lista es interminable. En Estados Unidos hay hijos de Fidel Castro, de Juan Almeida y de Ramiro Valdés, para poner solo tres ejemplos de los más llamativos.

Del menor de los Castro no hay nadie, ni falta que le hace, porque los ha tenido todo el tiempo cual si vivieran en la Romaña o en el Piamonte, esas regiones italianas a donde ellos saben que irá algún día, solo que tienen que esperar antes a que el padre, o el abuelo, estire la pata, lo cremen y lo metan en aquella otra piedra fea en el Segundo Frente.

Ese día, que puede ser el de la desbandada -si es que no ocurre antes- los herederos de Raúl Castro tomarán sus maletas cargadas de joyas y dinero e irán a parar, en un vuelo privado a Italia, con Paolo Totolo -el esposo de Mariela, la defensora de los gays- al frente.

¿Entonces, qué hay de malo en que se vaya el hijo de Marrero, si en Estados Unidos viven secretarios del partido comunista en provincia, presidentes del poder popular, coroneles retirados -o no- del ministerio del interior, y, sobre todo y más lamentable, chivatos de poca monta, que hicieron el último servicio antes de poner el pie en el avión y largarse?

El de Marrero sería apenas uno más. Un jovencito que alardeó siempre por ser el hijo de su padre, sin saber que un progenitor como el suyo no puede ser motivo de orgullo para nadie. Porque no puede enorgullecer a una persona alguien que haga todo lo posible por mantener sometido al resto, con hambre, necesidades, mientras él, detrás de un buró, solo dedica tiempo a apretar cada vez más, a tomar wisky, a las mujeres, y a que le crezca la barriga.

Eso sí, si el gobierno de Estados Unidos le vetó la entrada, hizo bien. Pero debió hacer lo mismo con todos los otros que le hicieron el juego a la dictadura desde el mismo triunfo de la revolución castrista y que después hicieron vida en aquel país. ¿No les parece?