LOS TRENES DEL HAMBRE, EL OLOR DE MI PADRE…

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Por Adalixis Almaguer ()
Miami.- Yo tengo recuerdos muy lindos en Cuba que no puedo arrancar, que no puedo transplantar por miedo a que se desvirtuen. Recuerdos que nacieron ahí, como yo, y les toca por derecho la patria de fondo. Únicos e irrepetibles como el olor de mi padre, el abrazo de Charlie, el patio lleno de matas de Angelina, a donde me llevaban de pequeña a curar el mal de ojo.
Yo tengo otros recuerdos terribles que quisiera arrancar, tirar, olvidar. Pero no existe una cosa que se llame amnesia selectiva. Y si reprimo estos estaría negando los otros.
Hoy fui al museo de trenes de Florida y solo podía pensar que Holguín está a 87 millas por carretera de Santiago de Cuba y me tomaba cuatro horas y media llegar en tren, si no pasaba nada.
Entré a este vagón que fue construido en 1925 pero realmente estaba entrando al tren de mis años universitarios, sin los asientos rotos, con las ventanas intactas. Como si un vórtex en el espacio y en el tiempo me hubiese puesto allá, con el hambre de la mano, esperando llegar a Cacocún a ver si algún alma buena estaba vendiendo frituras de maíz con aceite de coco para aguantar hasta el final del viaje, quizás sin corriente y sin comida pero fuera del tren, igualmente atrapada.
Del hambre he hablado en otras ocasiones. Quien no haya pasado hambre no entendería el desamparo, el dolor en el estómago, la angustia, la reducción a ese estado primal que tira con fuerza para safarse de tu humanidad y destrozarlo todo. Destrozar el tren, las frituras de maíz con aceite de coco, la lentitud de la marcha, el olor a hierro que se te mete en la piel, la inutilidad de todo. Del hambre he hablado en otras ocasiones. El hambre de verdad, esa que agota. Agota tanto, abruma tanto que no queda más en ti para otra cosa. El hambre que te hace querer desbaratarlo todo, a todos, pero te roba las fuerzas para hacerlo. Y aunque tenga al hambre mezclada con esos trenes de espanto como si fuesen una sola cosa sólo quiero hoy hablar de los trenes.
Sin contratiempos el viaje debía durar un poco más de cuatro horas. Pero era como si el tren atrajera los percances. Y cuando no había falla en la máquina, los guajiros tiraban una vaca en la línea para que el tren la matara y poder comer decentemente par de días. O se paraba aquella mole de hierro y nadie te informaba. Creo que nadie sabía qué pasaba. Y tú en medio de la nada, calcinándote, no tenías más remedio que esperar. Tú y tu sed, y tu hambre, y tu desolación esperando.
Yo he cogido trenes acá, en el mundo real, no en el prototipo macabro que es Cuba, para registrar nuevas memorias esperando que diluyan un poco, que suavicen un poco mis traumas. Muchas cosas nuevas he vivido dadas las circunstancias o terapeúticamente intencional y sin embargo siguen ahí, legibles, definiendo los bordes del vórtex que en cualquier momento te traga y te devuelve aunque sea por unos minutos a la zozobra. No para. Nunca para.
Estas memorias yo quisiera poder borrar sin dañar las otras pero es imposible y de algún modo me hacen -para mejor- el ser humano retado emocionalmente que soy, con todas las letras de mi abecedario.
Cuando se escriba la historia de Cuba sin que el PCC ponga el guión, ahí van a estar nuestras memorias. Y cuando se haga justicia quizás podamos aceptarlas, aunque no las olvidemos, aunque se queden guardadas para siempre como las buenas, como el olor de mi padre, el abrazo de Charlie y el patio de Angelina.