EL TREN DE CRUCES, EL METRO DE MADRID

0
23
Por Renay Chinea
Madrid.- A finales del 2003, éramos dos: mis angustias y yo, rodando por Madrid como un caracol bifronte, que arrastra un pasado infernal y se encara a un futuro más que incierto.
Acababa de llegar a la ciudad el 4 de diciembre, y comencé a trabajar el 5, en el mejor trabajo del mundo: ese en donde no puedes rechistar, protestar, tomar café ni descansar, durante 12 horas consecutivas. !Ah, y sonreír siempre!
Era esa pinchita a la cual te aferras con el rigor mortis de la mano que sacas de la ultratumba, y pide auxilio. Alguien te hala, te pone de pie, y te consigue ese “trabajito”, que es tu clavo caliente.
Por esos días, la ciudad que conocí era literalmente bajo tierra. Y cuando salía de la boca del metro, era ya oscuro —entraba a las 7am y salía a las 7pm— o el día era jodidamente gris. “Que ganas de llorar en esta tarde gris… “ —cantaba— porque aquello era un tango.
Al siguiente turno trabajaba toda la noche, pero me pasaba el día durmiendo y volvía a empezar a las 7.
Si Sabina dice que al lugar donde fuiste feliz no debieras tratar de volver, ¿qué debe hacer uno con donde fue infeliz?.
Por entonces, solo veía pasar, una tras otras, las Estaciones del Metro con sus luces de laboratorio fluorescentes. Madrid y los trenes bajo tierra llegaron a aturdirme. Me llevaban a aquella película de Jim Jairmush “Mistery Train”, donde ocurren episodios sórdidos mientras pasan los trenes, juntos a un Hotel de Memphis y el fantasma de Elvis.
Tiempo atrás, cuando éramos tan jóvenes —y estábamos tan buenos— me movía como pez entre las aguas turbias de La Habana. Tenía un perro, un cielo azul, cierto pecunio y una novia flaca con cabellos de oro. Con hoyuelos en los carrillos y ojos de gata, que después fueron mutando a ofídicos, segun la evolución natural del amor, de Darwin.
Allá por el inicio del XX, ya había cumplido peligrosamente 30. Y si los presos peores que descuartizan gente, salen de la cárcel a los 30, yo me había propuesto salir de allí al menos con 29.
Ella. Ella mi delirio, ella mi artista, mi oro en el cristal… me enamoraba con canciones de Cat Stevens y yo le devolvía a John Lee Hooker:
“You got dimples in your jaw” bajo la luz de luna de los años mozos.
—Pero me largo de aquí —le había jurado.
—¿Por qué no nos quedamos, y escapamos de la ciudad y nos vamos a sembrar rosas en los prados que tiene tu familia en el campo? —me dijo un día.
—¿Con nuestro perro, nuestro cielo azul y el arroyo que murmura?. Creo que has leído mucho al Cucalambé, y últimamente a Kundera… —le dije.
El otro día, Camilo Venegas Yero quien nunca se ha curado de los trenes, me pidió que escribiera algo poético de la estación de Cruces.
Yo nunca conocí a un tipo con más talento que Ihosvany de Oca. No era como yo. Yo iba a ser un gran poeta, pero las cosas fueron bien y me malograron. Para ser un guerrero del dolor hay que ostentar más cicatrices. Siempre se escribe desde el dolor después del dolor. Desde una agonía superada que es dolor mismo.
A mí me salieron al paso, la miel de la existencia, la aviesa felicidad que traen el desapego y el desenvolvimiento. El buen viento, el buen pairo y el color pajizo del vino.
Pero Ihosvany se dedicó a estudiar esa trigonometría de gente que fundó un pueblo. Y buscó los triángulos perfectos, para que los techos agraciaran la amenidad ante la espera de un destino que traía un camino de hierros y dedicó 10 años y trescientas páginas a ello. A aquel pueblo oscuro a las orillas de un tren.
El Fogonero: Los ferroviarios de Cruces—Tienes que escribirme algo sobre la estación de trenes… — dijo Camilo, con ese imperativo que solo otorga la confianza. Y le presenté el extraordinario ensayo de Ihosvany de Oca, pero nos quedamos en Buesa.
En la línea Circular 6 del metro de Madrid, por aquellos días, alguien empapeló las paredes con poesías de poetas latinoamericanos. Me causó cierto estupor que citaran mal a Martí, pero seguí mi viaje, pues leía, bajo la luz invasiva fluorescente, unos versos de Buesa, el poeta más grande del mundo, y de mi pueblo, que tambien habian escrito en un costado.
Hablaba de aquella estación que ahora son ruinas, en Cruces.
“Recuerdo un pueblo triste y una noche de frío
y las iluminadas ventanillas de un tren.
Y aquel tren que partía se llevaba algo mío,
ya no recuerdo cuándo, ya no recuerdo quién.
“Como esos pueblos tristes, donde llueve de noche,
como esos pueblos tristes, donde no para el tren.”
Buesa —el único poeta que vivía de vender sus versos— Camilo y yo, nacimos en los alrededores del mismo pueblo: Cruces. Ellos dos, se fueron a vivir a República Dominicana 50 años mediante. Yo, vagaba ahora, ahíto de soledad entre los versos tristes de Buesa por Madrid, y la melancolía.
Luego del texto de Ihosvany, que desenreda el ovillo mágico de cómo nació el urbanismo agroazucarero de casi media Cuba, le pedí a Julio Migueles, un amigo de la infancia, que aún custodia el pueblo, que me enviara una foto.
—No queda nada ya, mi amigo. Se ha venido abajo la vieja Estación, no pasan los trenes. ¡Ya no hay ni cómo largarse! No cruza nada por Cruces— agregó.
Cuba, un país donde casi nació el ferrocarril no tiene mística de trenes. Ha muerto todo allí. No hay novias en el andén. No chirrían en el letargo de las tardes, los rieles de plata ni brilla el ojo Polifemo de una luz en la noche que alumbre el sembradío y lo amedrente.
Finalmente, le mandé a Camilo, estos versos del metro de Madrid, donde a deshoras, con pavor, al pie de la derrota, leía a Buesa. Nosotros tres, huimos de ese pueblo triste donde llueve de noche. De ese pueblo triste donde no para el tren.
Siento, tres estaciones, por el metro.
I
Antón Martín y Tirso de Molina.
Serrano. Velázquez. Alonso Cano.
Príncipe de Vergara. San Cipriano.
Guzmán el Bueno. Goya. La Latina.
Manuel Becerra. Marqués de Vadillo.
Gregorio Marañón, Príncipe Pío
Conde de Casals y Rubén Darío
Embajadores, Lavapiés, Pradillo…
Esperanza: Francisco de Quevedo
Plaza de España: Puerta de Toledo…
Noviciado: Pío XII… Callao.
Eugenia de Montijo. Canillejas…
Valdeacederas… García Noblejas.
Estrecho… –el Metro de Madrid- Ascao.