LA RAZÓN

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Por Ulises Toirac ()
La Habana.- Tiñosa Coja tenía poderes sobrenaturales. Su tribu lo sabía. Una y otra vez había salvado a un herido, recuperado a un animal del rebaño o provocado una cosecha que nadie pudo pensar que se daría. Nadie duda su pedrigrí en la magia blanca de los indios Cachumbabé de Placetas. Le adoran.
Pero ya la desesperación está tomando ribetes insospechados y peligra la sobrevivencia de la tribu. Se acaba Mayo y no ha caído una sola gota de lluvia. Y si no llueve en estos días, las cosechas tempranas y medias no alcanzarán a alimentar a los cachumbabé.
El cacique Bosta de Jutía ya ha tenido varios encuentros privados con Tiñosa Coja. Últimamente más acalorados, a pesar del carácter dócil de los cachumbambé. Palabras dispersas e incomprensibles han atravesado las paredes del bajareque de la pitonisa para dejar aun más confusos a los chismosos de la tribu.
Hoy se han reunido todos frente a la puerta de Tiñosa Coja. Es un imperativo. Se acaba el mes y la sequía hace palidecer el marabú de los montes. Las voces suben de nivel cada vez más airadas. Bosta de Jutía ha tratado de calmarlos pero ha sido en vano. Lidereados por Bache Profundo, los indios exigen una respuesta.
Finalmente sale Tiñosa Coja de su casa. Levanta un brazo en alto para acallar a la gente. Se nota la falta de cuchilla.
– ¡Qué coño quieren, ingratos! -repentinamente regresa a las células más ancestrales de los cachumbambé, el temor inculcado durante centurias- ¡Díganme qué coño quieren!
Su poderosa vista recorre a la tribu.
– ¡Sin internet y con estos apagones, cómo coj*** quieren que me comunique con los dioses!