DE LA VALIENTE COBARDÍA

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Por Gerardo Navarro ()
Miami.- «Ustedes me hacen bien con sus cartas, me hacen bien con sus postales y sus palabras; me dan una idea de las dimensiones del mundo y una imagen de posibilidades no del todo agotadas, que estarían abiertas (imagino) para mí. Pero también me hacen daño; también me despedazan y me trituran cuando estoy en una guagua llena, en los portales a oscuras, mirando la basura regada en las aceras y los charcos de orine.»
El que habla es un joven de 26 años que se siente atrapado en el opresivo laberinto de la tiranía castrista —el más pavoroso régimen del hemisferio occidental— y que da testimonio de la degradante atmósfera que lo circunda, sobre todo en la ciudad de La Habana. Atmósfera que a los cubanos de hoy les es muy familiar. Lo notable es que el testigo comparte con el lector estas impresiones más de medio siglo después de que las escribiera y cuando esta a punto de cumplir los 80.
Una amiga en París es una antología de las cartas que Reinaldo García Ramos le escribió a su amiga Ana María Simo, de 1968 a 1972, cuando esta ya se encontraba viviendo en Francia. Que solo aparezcan las cartas que él envió y no las respuestas de ella (que acaso hayan sido menos frecuentes) hacen de este libro, con una sola voz, un alegato contra un orden opresivo y alienante que el autor padece y que registra con sorprendente lucidez y desgarradora intemporalidad.
Reinaldo ha tenido que quedarse en Cuba cuando su amiga, y futura corresponsal, parte para la capital de Francia, un sitio, si alguno hay, que es meta de todos los sueños, sobre todo de alguien como él, que ha estudiado Lengua y Literatura Francesas y a quien la cultura de ese país le es familiar y cordial; pero como aquel que contempla el paraíso desde las inextinguibles llamas del infierno, París es una suerte de espejismo, un miraje evasivo que se proyecta desde el horizonte sobre su existencia miserable en un país que se destruye ante sus ojos y cuya población se hunde en un proceso de envilecimiento que aún perdura.
Las cartas son el resultado de una selección, una especie de antología con que el autor quiere decantar y afilar su mensaje. Si acaso en la totalidad de los originales pudo haber alguna página superflua, no así en lo que aquí ha quedado cribado: el que lee se da cuenta de que ni siquiera la anécdota aparentemente más superficial es gratuita. Todo el texto está investido de seriedad, así como sobrado de frustración y de amargura.
Pero el autor de estas cartas no solo se queja de su situación personal, del acoso que vive de parte de un Estado opresor, de la obligada simulación a que él y todo el mundo se ve sometido para sobrevivir, para evadir el ostracismo, el reclutamiento forzoso como mano de obra prácticamente esclava, para ocultar su identidad sexual tenida por antisocial y considerada poco menos que un delito. Si a esto se limitara esta correspondencia ya tendría mérito; pero va más allá: en las cartas a su amiga, el joven García Ramos se convierte en un cronista de la realidad circundante, tanto en el ámbito de la política que padecen todos, como en el más particular de la cultura que a él le toca como escritor y hombre pensante.
De ahí que cuente los efectos de la llamada Ofensiva Revolucionaria, la campaña que emprendió el régimen a partir de marzo de 1968 para erradicar todo vestigio de propiedad privada; el conflicto que se produjo en la Unión de Escritores en torno a la debatida premiación de las obras Fuera del juego y Los siete contra Tebas de Heberto Padilla y Antón Arrufat respectivamente y que fueron la semilla de un gran escándalo; el delirio de la llamada Zafra de los Diez Millones; las grandes depuraciones y persecuciones que se derivan del Primer Congreso de Educación y Cultura en 1971… Sin querer minimizar los sufrimientos y la represión padecida por los cubanos en general —y los disidentes en particular— en los últimos decenios, el revivir en la lectura de estas cartas el minucioso horror de aquellos años cuando la tiranía aún era joven y pujante, es preciso reconocer lo mucho que hay de farsa, de parodia brutal, en el actuar más reciente de un régimen que se hunde en la decrepitud.
A este relato en que se entretejen la peripecia personal, el acontecer político y cultural y los comentarios puntuales sobre individuos, amigos y conocidos tanto de quien escribe como de aquella a quien van dirigidas las cartas, entre ellos algunos personeros de la cultura; hay que agregar, como un valor adicional, la reflexión llamémosle «filosófica» en que el autor continuamente incurre al tratar de explicarse el ambiente irreal y emponzoñado que lo atrapa y con él a toda la sociedad que cede con escepticismo y oportunismo a un sistema esencialmente envilecedor. «He comprobado que la gente se ha vuelto impermeable y, por ende, incapaces de reaccionar a nada», dice García Ramos en la carta fechada el 3 de mayo de 1968. Y al final de esa misma carta afirma: «Ya no se puede saber dónde termina el oportunismo y donde comienza, burdamente, patéticamente, la necesidad de sobrevivir. No se sabe dónde comienza la inteligencia estratégica (el plegarnos ahora, para poder mantener posiciones y, cuando las aguas vuelvan a su nivel, expresarnos) y dónde esta se confunde […] con la cobardía intelectual, el oportunismo y la deshonestidad artística».
No falta, sin embargo, en estas páginas que destilan frustración y amargura, el humor —cáustico ciertamente— de quien ve, con razón, en lo absurdo y grotesco que se ha adueñado de la realidad de Cuba un motivo para el sarcasmo, una manera, además, de preservar la cordura, el buen pensar, en medio de un naufragio social de proporciones colosales. De ahí esa suerte de entremés, entre las páginas 89 y 97, en que una brevísima obra teatral denuncia —por la vía de la fábula— el más ridículo y atroz de los interrogatorios.
A mí lo que más me sorprende —y me conmueve— de este texto de García Ramos que se publica ahora, más de medio siglo después de haberse escrito, es la paradoja del joven que continuamente resalta su cobardía o pusilanimidad frente a un régimen implacable y que, sin embargo, se atreve, con notable valentía, a denunciar los horrores de que es testigo y víctima en las cartas que le envía, por correo ordinario las más de las veces, a su corresponsal en París, a sabiendas de que cualquiera de esas cartas que hubiera llegado a manos de la temible Seguridad del Estado le habría valido una larga estadía en prisión.
Finalmente, medita él, sin muchas ilusiones, sobre el destino que pueda esperarle en el exilio que anhela como escapatoria inevitable, luego de su exprimida juventud, y no se hace demasiadas ilusiones. Valga aclarar que la mayoría de estos temores quedaron desmentidos cuando logró al fin salir de Cuba casi una década después y tuvo la oportunidad de reorientar su vida con bastante buen éxito. Es válida, no obstante, su mirada pesimista hacia el porvenir, hacia los que vendrán después —incluso los que todavía no habían nacido entonces— y que, necesariamente querrán escapar de un sistema político inmutable en su maldad y en su ineptitud para lanzarse a ciegas a lo desconocido.
«Me estremezco al solo imaginar mi llegada anónima y solitaria a un aeropuerto extranjero, por ejemplo, sin un céntimo en el bolsillo y con las energías de mi juventud esquilmadas por este proceso demoníaco y feroz que ha trucidado a toda nuestra generación y que amenaza con trucidar más impunemente aún a las generaciones venideras.»