HISTORIA DE CUBA EN 15 MINUTOS

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Por Esteban Fernández Roig Jr.
Miami.- 1959: La gente, en términos generales, lucía contenta. Batista se escapó con su familia, sus millones y sus principales seguidores.
Y al mismo tiempo salíamos del terror impuesto por los revolucionarios, que lo mismo ponían bombas en lugares públicos, que decretaban huelgas constante en los centros estudiantiles y nos exigieron -el pasado diciembre- tristeza y no celebrar las Navidades.
Escuché palabras racistas: “Al fin salimos del negro”. Palabras guataconas: “Llegó el comandante y mandó a parar”, y mi padre me repitió cien veces: “¡Estebita, se jodió Cuba!”

Supuse, como la mayoría silente, que Fidel Castro disfrutaría de la adulación por unos meses, se afeitaría la barba, regresaría a Birán y ganaría en elecciones libres la alcaldía de Santiago de Cuba.

Nunca me gustó Fidel Castro, pero tenía la esperanza de que mi padre estuviera equivocado, que quizás resolviera algunos de los fallos nacionales, Cuba seguiría avanzando vertiginosamente en la prosperidad y se terminaría la fratricida guerra civil promovida y ejecutada por dos hombres.
Fue -más o menos- a los cuatro meses que por primera vez dije: “¡Coño, este tipo es peor mil veces que Batista!” Y comencé a repetir estas palabras cientos de veces, en el Instituto, en el parque, en la guagua.
Los soldados del raquítico Ejército Rebelde que inicialmente nos parecieron bonachones, religiosos llenos de rosarios y escapularios, y hasta algunos los consideraban “libertadores”, comenzaron a sacar las uñas y llevar compatriotas al paredón de fusilamientos.
Primero a los connotados batistianos y después a todo el que se les opusiera beligerantemente.
La tranquilidad y paz que todos deseábamos no duró lo que un merengue en la puerta de un colegio.
El “libertador antidictatorial” en un abrir y cerrar de ojos se convirtió en un sanguinario tirano.

A paso de conga y aplausos de esbirros iba cambiándolo todo, destruyéndolo todo, empobreciéndolo todo, y sumergiendo a la nación y a sus habitantes en un mar de lágrimas y de sufrimientos.

Se incrustó en el poder eterno, se adueñó de la nación, y convirtió la isla en un gigantesco e infernal latifundio lleno de lagunas de sangre.
Separó a las familias. A sus seguidores los convirtió en chivatientes, fusiladores, opresores, y a los demás les brindó tres alternativas: cárcel, muerte o destierro…
Pero, poco a poco lo vimos deteriorarse física y mentalmente. De ser “el caballo” a convertirse en un penco que ni para tasajo servía.
De dar zancadas a través de sus dominios, a necesitar ayuda para subir tres peldaños de una tribuna, de “La Historia me absolverá” a convertirse en el CULPABLE MAYOR de la destrucción del archipiélago que desgraciadamente lo vio nacer.
Y Cuba se convirtió en el mejor país para no vivir en el.