¿BAJAR COCOS O SACAR DIENTES?

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Por Ulises Toirac
La Habana.- «Alguien me ha recordado algo» reza el principio de muchos escritos de este tipo. Pero es que resulta que esta vez es más que cierto. Y habla un poco de qué vino a hacer la gente al mundo.
Baracoa es un paraíso. Y no pienso discutirlo. Es un paraíso el pueblo, y es un paraíso toda la carretera/terraplén que une a Moa con Baracoa. Tierra de nativos y nativas casi virgen ella. Por allí desemboca el Toa en algún punto y aun podía verse a las mujeres chismeando en grupos y lavando ropa a planazo contra las piedras.
Yo no sabía además que los grandes yacimientos de níquel traen aparejadas largas barreras coralinas. La de esos parajes cercanos a los yacimientos de Moa, forma una especie de remanso entre la costa y la barrera lleno de vida porque el agua fluye sin cesar naturalmente pero sin los embates del viento que más allá de la barrera, a unos metros de la costa, riza al mar. En la costa, la vegetación explosiva y frondosa, la arena infinita y blanca. Para morirse sin querer uno irse, aquello está pintado.
Alejandro Hartman, el historiador de la villa primigenia cubana me invitó en varias ocasiones y de ellas se desprenden un carajal de anécdotas que guardo no sin reír un tanto o sin suspirar.
El hecho es que mi anfitrión me dio varias excursiones absolutamente gratis naturalmente. En una de ellas me llevó a una especie de fábrica de bolas de cacao. Me disculpan si peco de estrafalario o inexacto pero hace otra bola. De años. Una instalación rústica y de un aroma penetrante y ácido. Me regalaron una de aquellas bolas que de solo rasparlas un poco, podías achocolatar una losa de piso.
Pero la excursión no paró allí. Hartman me dijo: «te voy a llevar a conocer a un hombre fuera de serie». Y el «yipi», dando sus bandazos, llegó a las cercanías de un bohío » anda por aquí».
Y de pronto veo algo surrealista: bajar de un cocotero a brazo y pierna pelaos a un viejo de como 70 años.
Toda la vida me voy a dar con el pie en un «sentido» por no acordarme del nombre de aquel hombre añoso, delgado, con arrugas de sol y años y ojos vivos y relampagueantes. Subía y bajaba los cocoteros como si caminara por un trillo, y despeluzaba un coco con un machete como si pelara una naranja con una Swiss del nailon.
El tipo me miraba con ojos redondos de asombro. Tenía televisor creo que en una casa cercana y me conoció de verme, así que éramos cuatro ojos redondos en la misma cuerda. Me dejó muy impresionado, claro, incluso averigüé por la técnica bajacoquera que ni fumado podría replicar porque hay que entrenar el calcañal y las manos desde la cuna.
Y aquel guajiro fuera de serie me dijo luego de varios cocos empinados contra el guagüero:
– Flaco… ¿es difícil hacer reír a tanta gente?
Me partí de la risa.
– ¡Ah, no jodas! ¡Difícil es bajar un coco en 12 segundos y sin soga!