EL ENCANTO DEL DIENTEPERRO

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Por Carlos L. Coto Wong ()

Miami.- Nunca un pedazo de costa de naturaleza salvaje, paisaje inhóspito y unos dienteperros agresivos, tuvo tanto encanto en la vida habanera.
Ni su ambiente desértico ni su desnudez de roca viva fueron barreras para que el lugar deviniera sitio imprescindible para una muchachada que lejos de las aulas mostraba un rostro sediento de diversión.
Ubicada a unos 800 metros del río Almendares, al oeste de La Habana, La Playita de 16, en Miramar, fue un ícono costero en Cuba allá por la década de los años 1970 y 1980.
Para mi generación resultó lugar de cita obligada los fines de semana, y constituía algo así como un blasón de distinción que nos diferenciaba por encima de los normales bañistas de las playas del Este de La Habana: Santa María, El Mégano, Boca Ciega, Las Brisas, Guanabo.
Porque en la Playita de 16, el dienteperro estaba sato y había que ser hasta malabarista para poder caminar por encima de aquellos salientes asesinos buscando un lugar donde posar las nalgas preparadas ya para una larga estancia soleada.
En contraste con esos nadadores del litoral este, portadores de toda una parafernalia de cosas, incluido almuerzo, para ir a 16 solo hacían falta los inolvidables Kikos Plásticos, o tenis, los más desvencijados de la zapatera; un pomo de agua, y aquella mágica fórmula de aceite mineral con algo de yodo para tostarse la piel.
Esa mezcla fue un exitazo tremendo. Sospechosamente comenzaron a faltar de las farmacias el aceite mineral y el yodo, los cuales unidos en un frasco plástico, sustituyeron al bronceador industrial, que solo unos pocos podían tener.
Lo cierto es que el tono del bronceado era diferente, algo más fuerte y duradero, incluso exhibíamos ese color hasta bien entrado el invierno.
Plaza de encuentros y desencuentros, de amores declarados, de escuchar los hits de la emisora radial estadounidense «dobliuquiúeyen», de espiar con el rabillo del ojo las muchachas más lindas del momento, de fiesta y pachanga como diría el gran Felipón, alias “El Paila”, la Playita de 16 dejó en nosotros el plácido recuerdo de los primeros años juveniles.
Fue un lugar querido por todos, un poco bohemio a lo cubano en el que pasábamos largas horas disfrutando de las bondades de ese pedazo de mar aun cuando era invadido por el torrente albañal del río Almendares.
Dos cosas no he podido olvidar de aquellos tiempos: los lectores que como los más célebres fakires adaptaban sus cuerpos a la roca viva y allí permanecían tranquilos en franca unidad con sus libros, y a los bañistas que no salían del mar para nada ni tan siquiera a pedir un poco de agua potable para tomar.
Tanta era la afluencia de personas al lugar, que años después “humanizaron” un poco las condiciones de la Playita: aparecieron las aceras, los bancos, los bebederos y hasta un timbiriche con alimentos ligeros.
Pero ya no fue igual. Para los fundadores (entre los cuales no me cuento) la modernización resultó como un piñazo en medio del rostro porque se había perdido el encanto inicial y el lugar pasó de ser un casi exclusivo emporio playero a una plaza populachera con sus aseres incluidos.
Nunca más he vuelto allí. Y ganas he tenido por hacerlo, pero los recuerdos, confieso, son muy fuertes y aun hoy, al paso de los años, golpean fuerte mis nostalgias.
La Playita de 16, ¿qué habanero no la recuerda?, o si no pregúntenle a los “guiterianos de 12 y 17” de aquí, de allá, y del mundo, ¿por qué no?

(De mi libro Al filo de la noche, publicado y puesto en venta por la plataforma Amazon)