SOLEDAD DE LA PROTESTA

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Por Madelyn Sardiñas Padrón ()
Camagüey.- “Con protestar no se resuelve nada», «Lo único que logras es marcarte”, “¿Para qué protestas si no te hacen caso?”, “Cuatro gatos no van a tumbar esto» y “Te van a meter presa», son algunas de las frases que pudieran desanimar a cualquiera que decida cumplir su rol cívico en Cuba.
Súmese a esto el acoso policial, el abuso de poder, los intentos de descrédito público e, incluso, las agresiones físicas y otras formas de tortura psicológica a que son sometidos los que intentan alzar su voz contra la injusticia y exponen, con argumentos sólidos, el origen de tanta perversión.
¡Qué pronto olvidó este pueblo el significado de la otrora muy coreada frase, “El pueblo unido jamás será vencido»!
Es indiscutible que el miedo paraliza. Cuando la única libertad palpable consiste en no estar entre barrotes y la necesidad obliga a mantenerla a cualquier costo para sí, o por la responsabilidad ante otros, es poco probable que las personas expresen, públicamente y sin temor a las consecuencias, lo que piensan y sienten. Prefirien, eso sí, renunciar a valores humanos tan elementales como la honestidad y la humanidad.
Probablemente, en siete de cada diez conversaciones los cubanos se quejen de lo mala que está “la cosa», identifiquen a los culpables y hasta den ideas de cómo “arreglarlo» o de que “hay que salir de aquí a como dé lugar». Sin embargo, muy pocos se atreven a pararse frente a la sede de algún órgano del estado en son de protesta.
La libre expresión del pensamiento y la manifestación pública son derechos humanos inalienables, consagrados en los artículos 54 y 56 de la Constitución cubana y bienes jurídicos individuales protegidos por los artículos artículo 384 y 385 del Código Penal.
Hasta que los cubanos no entiendan, y asuman, que la libertad es hacer lo que se desee sin perjudicar a otros, que el hecho de que otros denuncien lo que ellos no son capaces ni de mencionar no implica que estén “confundidos» o que alguien les pague para hacerlo, que la educación, la asistencia médica y los alimentos y medicinas para niños y enfermos son pagados con creces por ellos mismos y que es el pueblo, y no el estado —mucho menos el partido único—, el verdadero soberano y dueño del país, no habrá mejora alguna.
Denunciar la injusticia, más que un derecho y un deber cívico, es una responsabilidad moral. Permanecer en silencio ante ella nos convierte en cómplices. Por eso, protestar, aunque sea en soledad, deja el sabor de “hago lo que está en mis manos», para no morir con los brazos cruzados.
Foto:  Madelyn en su sentada pacífica en el parque Ignacio Agramonte, de Camagüey, el pasado 18 de marzo (Facebook/ Madelyn Sardiñas Padrón).