EL VIEJO Y EL ÁRABE

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Por Gustavo Borges ()
México DF.- Un día después de que hirieron por la espalda a la ciudad, el viejo y el árabe le dieron un trago a la Samuel Adams y repitieron a dúo que no se debía creer en juramentos de deshidratados. Entonces firmaron un acuerdo en la etiqueta de una de las botellas: «Volveremos a mirarnos en las aguas del Charles».
Corrieron duro en Chicago en 2014, cuando Eliud ganó su primer grande. Cumplieron con las marcas, pero hubo ruido. Por su matusalénica edad, el hombre mayor recibió un número en el Boston del 2016. Por joven, el árabe fue excluido.
Cuenta el río Charles que el lunes 18 de abril del 2016 un señor casi centenario dobló por Hereford con las plantas de los pies rotas. Dice el río que un pensamiento le advirtió al hombre que podía ser su última vez. Entonces aceleró en la recta de Boylston, que devoró a menos de cuatro minutos por kilómetro.
Tres segundos después de besar al unicornio, una mujer húngara apareció en la meta con la frescura de un mamey, lo rescató de la soledad y en brazos lo llevó al hospital de techo de lonas. «Es probable que haya hecho su maratón con fractura en el calcáneo», murmuró el doctor en un inglés con acento del Yoknapatawpha County.
Hace casi tres años, sobreviviente de un sismo, el viejo sufrió una amputación. El árabe jamás lo supo. Andaba en su país, de donde trajo una medicina para curar de cáncer a su padre mexicano, con el que hace unos meses se ganó el boleto para correr juntos en la mezquita.
Este lunes, en una colonia de la Ciudad de México un hombre con prótesis, cansado, incapaz de volver a correr 42 kilómetros y 195 metros, se vistió con su ropa de unicornios. Con sus bostoncitos azules, aquellos de la primera vez, corrió por 45:15 minutos (42 minutos 195 segundos). Cuando detuvo el reloj, el árabe pasaba por la parte del maratón donde las universitarias de colores distintos le piden besos a los corredores. No tocó a ninguna.
Como dos horas después de que se cumplieron once años del desamor, este día el árabe escribió al amigo que la cuenta estaba saldada. Entonces caminó a la orilla del Charles y en el mismo lugar donde se suicidó un personaje de Faulkner, lanzó su medalla al agua gris, ofrenda a Martín Richards, Lingzi Lu, Krystel Campbell y el policía Sean Collier.