INVASIÓN A POLONIA: COMIENZO DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL

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Tomado de Muy Interesante

Madrid.- el 1 de septiembre de 1939 comenzó la invasión alemana de Polonia y, junto con ella, la Segunda Guerra Mundial. La invasión y ocupación alemana, a la que pocos días después seguiría la invasión y ocupación soviética –de acuerdo con los protocolos secretos contenidos en el Pacto Ribbentrop-Mólotov, así conocido por los nombres de los ministros de Asuntos Exteriores de ambos países al tiempo de la firma–, fue un acontecimiento terrible que costó millones de vidas y que nació de una combinación de circunstancias que fueron mucho más allá de lo puramente militar. La elección de Polonia no fue casual. Existieron, como vamos a ver, varias circunstancias que hicieron que el ataque alemán fuese prácticamente inevitable y que explican las características de la ocupación alemana. Aunque muchas de esas causas tuvieron que ver con el contexto histórico de 1939 y con la ideología nacionalsocialista, obsesionada con la expansión alemana hacia el este, es relevante afirmar que el fundamento intelectual de muchas de las ideas que justificaron la invasión y lo que la siguió se encontró en ideas muy anteriores en el tiempo, incluso previas a la Primera Guerra Mundial.

Firma del Pacto Ribbentrop-Mólotov

Firma del Pacto Ribbentrop-MólotovWikimedia

Riesgo inminente de una invasión

El ya mencionado Pacto Ribbentrop-Mólotov fue uno de los elementos centrales de esta historia. Firmado algunas semanas antes de la invasión alemana de Polonia, fue presentado como un mero pacto de no agresión, pero contenía protocolos secretos relacionados con distintos Estados europeos, entre ellos Polonia, cuyo territorio iba a repartirse entre ambos Estados firmantes.

Este pacto, cuyo sentido histórico pretende ahora reinterpretarse –existe al respecto un fuerte debate entre los gobiernos de Rusia y Polonia–, significó que Alemania podía invadir Polonia con la doble garantía de que no se enfrentaría al gigante (con pies de barro) ruso y de que la pactada invasión soviética posterior, aunque menos efectiva de lo supuesto en términos bélicos (el desastre militar soviético alentó, seguramente, los planes para una invasión germana del territorio ruso), haría imposible la resistencia polaca, asegurando su victoria.

Polonia era consciente del riesgo inminente de una invasión alemana (gracias a que sus servicios de espionaje habían conseguido descifrar las primeras versiones de la máquina Enigma), así como de su abrumadora superioridad militar, tras el esfuerzo de rearme realizado durante años sin oposición de los Estados que debieran haber tutelado lo dispuesto en el Tratado de Versalles. Por ello, tan importante como sus preparativos militares (insuficientes) para la defensa fue su acción diplomática, tendente a garantizarse la ayuda de Francia y de Gran Bretaña en caso de ser atacada.

Ese apoyo fue real desde el comienzo. De hecho, Londres llegó a firmar un tratado de ayuda con Polonia pocos días antes de la invasión alemana –que probablemente retrasó algo esta, al hacer dudar a Hitler (no por mucho tiempo) sobre si debía o no realizar la invasión en ese momento– y la asistencia militar francesa llegó a ser muy relevante. No obstante, ninguno de los dos países estaba en disposición no ya de desplegar efectivos militares en Polonia, lo que seguramente hubiera sido imposible, sino de realizar una acción militar mínimamente decidida en la frontera occidental alemana –más allá de la limitada acción francesa en esa zona– que pusiera a los generales alemanes ante la tesitura de tener que dividir sus fuerzas.

Seguramente, después de años de una desastrosa política de “apaciguamiento” de las democracias occidentales, que había permitido a Alemania intervenir abiertamente, y sin oposición, en la Guerra Civil española, anexionarse Austria y ocupar primero los Sudetes y finalmente toda Checoslovaquia, Hitler pensó que el apoyo franco-británico a Polonia no sería efectivo. En eso tuvo razón: desde una perspectiva puramente militar, Polonia estuvo sola. Sin embargo, cometió un grave error de juicio desde un punto de vista político. Tanto Francia como Gran Bretaña honraron sus promesas (y sus tratados) y declararon la guerra a Alemania poco después de la invasión de Polonia. Lo quisiera o no, esta inició la Segunda Guerra Mundial.

Infantería polaca marchando en 1939

Infantería polaca marchando en 1939Wikimedia

El Lebensraum alemán

Habitualmente traducido al castellano como “espacio vital”, el término Lebensraum fue utilizado por primera vez en el año 1859 por un biólogo alemán llamado Oscar Peschel, a propósito de la publicación de los trabajos de Charles Darwin. En 1897 puede encontrarse, ya de forma más precisa, en la obra de Fiedrich Ratzel, fundador de la antropogeografía, para culminar en la publicación de un ensayo titulado Lebensraum en 1901, mucho antes del estallido de la Primera Guerra Mundial.

A partir de esas primeras obras, el concepto fue pasando de unos autores y pensadores alemanes a otros con el sentido de que determinadas sociedades –o pueblos– requerían crecer, expandirse, para dar respuesta a sus necesidades demográficas (superpoblación) o económicas (falta de recursos naturales). Estas ideas se incorporaron al fundamento ideológico del imperialismo y nacionalismo alemán previo a la Primera Guerra Mundial. En este sentido, fue particularmente influyente la obra del general Friedrich von Bernhardi, que ya expresó la idea de que Alemania debía expandirse hacia la Europa del este como una “necesidad biológica”.

Así, mucho antes de que los nazis aparecieran en escena, estas obras ponen ya de manifiesto la existencia de un “derecho” o incluso un “destino” alemán a la hora de realizar esa expansión, derivado de una superioridad que ya inequívocamente tiene un origen “racial”. El desprecio a los eslavos, considerados abiertamente como “razas inferiores”, está ya en el pensamiento oficial alemán mucho antes de que Hitler y los nazis se apoderasen de esa tradición ideológica.

El fundamento racista que subyacía en estas ideas estaba ya muy presente en los planes militares alemanes durante la Primera Guerra Mundial, en los que se contemplaba una fuerte expansión territorial al este, y buena parte de lo que nos horroriza de la época nazi se evidencia ya en escritos de la época, incluida la expulsión o el genocidio de las poblaciones del este de Europa, y particularmente de la de Polonia, como modo de lograr la anhelada expansión alemana. Esa expansión territorial al este se había hecho posible, en realidad, a través de los Tratados de Brest-Litovsk firmados entre Alemania y la Unión Soviética el 3 de marzo de 1918, por los cuales esta última abandonó a sus aliados en la I Guerra Mundial acordando una paz unilateral con Alemania con el coste de concederle derechos sobre territorios importantes no solo en Polonia, sino también en Lituania e incluso en Ucrania.

Tanques polacos 7TP

Tanques polacos 7TPWikimedia

Tras la Gran Guerra, sigue la búsqueda del ‘espacio vital’

Aunque la derrota alemana en la Primera Guerra Mundial lo cambió todo, de modo que Alemania perdió todos esos territorios a favor de los nuevos países que entonces se crearon (incluida Polonia), lo cierto es que el concepto del “espacio vital” no desapareció con el auge de la República de Weimar, el régimen político democrático surgido tras la derrota alemana. Permaneció latente, agazapado, formando parte de las reivindicaciones insatisfechas del pueblo alemán, hasta que Hitler lo rescató en su Mein Kampf dedicándole un capítulo completo.

La idea clave del “espacio vital” está presente en el capítulo llamado Política oriental. La idea de un espacio territorial que permitiera la expansión de la población alemana y la procura de recursos como el carbón y el hierro, vitales para la industria de guerra nazi, y, no en menor medida, de alimentos, como patatas y centeno –recordemos las hambrunas que tuvieron lugar en Alemania en aquellos años–, contribuye también a explicar la decisión de invadir Polonia. Se trataba de realizar una auténtica “limpieza étnica”, es decir, de vaciar esos territorios de sus pobladores (a través de la expulsión o el exterminio) para que fueran ocupados o colonizados por familias alemanas, del mismo modo que otros Estados europeos lo habían hecho con sus colonias en todo el mundo o que se había producido –y el ejemplo resulta particularmente llamativo– en la conquista del oeste norteamericano. La opción de que esa población autóctona llegase a convertirse en alemana, en parte de Alemania, era, sencillamente, impensable.

Como Stalin y los generales soviéticos hubieran debido entender, para Hitler y sus seguidores no había diferencia entre Polonia y la Unión Soviética. En ambos casos se trataba de territorios ricos en recursos materiales que estaban ocupados por eslavos a los que habría que destruir. A diferencia de la ocupación de Francia y de otros países europeos occidentales, no se trataba de conquistar sino solamente de ocupar su territorio y hacerse con sus recursos naturales. Lo único que se incorporaría a Alemania serían esos elementos.

No se trataba, por tanto, de una mera invasión y la consiguiente ocupación militar. Se trataba, desde el principio, de una guerra de aniquilación. Por eso la invasión y la ocupación posterior, como ocurriría después con las de la Unión Soviética, tendría caracteres propios, incomparables, por la dimensión del daño causado, con lo sucedido en otras latitudes.

En términos relativos, Polonia fue el país que más ciudadanos perdió en la Segunda Guerra Mundial, incluidos varios millones de judíos. El sufrimiento de su población civil (también el de los combatientes) fue atroz. Alemania puso allí en práctica, a gran escala, todo lo aprendido en la Guerra Civil española, sobre todo en cuanto al uso de la fuerza aérea.

El darwinismo aplicado a los pueblos estaba en la esencia de todo lo que vino después. Resulta curioso recordar que Darwin nunca consideró que las especies “fuertes” tuvieran derecho a nada ni que, de hecho, estuvieran mejor preparadas para sobrevivir que las demás. En la famosa frase que resume todos sus descubrimientos, se refiere a las especies con mayor capacidad de adaptación, pero, desde esa tergiversación inicial, la doctrina imperialista y nacionalista alemana, prácticamente sin interrupción desde el siglo XIX, construyó los mimbres intelectuales e ideológicos sobre los que se edificaría la barbarie nazi.

La Wehrmacht cruzando la frontera polaca el 1 de septiembre de 1939

La Wehrmacht cruzando la frontera polaca el 1 de septiembre de 1939Hans Sönnke / Wikimedia

Los incompletos preparativos para la defensa

El precio que Polonia hubo de pagar por el apoyo franco-británico fue la absoluta subordinación de su política exterior y, sobre todo, de sus decisiones militares a las peticiones de ambas potencias europeas. Concretamente, la movilización general polaca se vio retrasada por las peticiones de los aliados, especialmente de los franceses, que trataban de evitar que los movimientos polacos pudieran desencadenar la invasión alemana (por otra parte, ya decidida) en el marco general de su política suicida de apaciguamiento (appeasement). De hecho, cuando se produjo la invasión, Polonia no había conseguido completar su movilización general y, perdida ya una parte de su territorio, con los medios de transporte ya amenazados –y atacados ferozmente– por la aviación alemana, nunca pudo llegar a completarse.

Mejoras insuficientes y estrategias fallidas

Polonia había tratado de reforzar su ejército con adquisición de material moderno, especialmente procedente de Francia, lo que mejoró su capacidad de combate, pero no fue suficiente para compensar la superioridad alemana.

A pesar de la leyenda que se fue construyendo sobre la inferioridad polaca (cargas de caballería ligera contra los blindados alemanes que nunca se produjeron), su ejército no estaba tan atrasado desde muchos puntos de vista y había aspectos, como la artillería, en los que se había producido una mejora notable en los últimos años, aunque desde una perspectiva táctica y operativa, como el propio ejército francés que le servía de modelo. Aspectos como la utilización autónoma de los carros de combate o el uso de instrumentos de comunicación avanzados entre las unidades combatientes, que redundaban en la mayor movilidad del ejército alemán, y, sobre todo, su enorme superioridad aérea serían decisivos. El territorio polaco, básicamente una gran llanura al este de Alemania, era difícilmente defendible. Los asesores militares franceses recomendaban al gobierno de Varsovia que sus tropas retrocedieran hasta las líneas de defensa natural que permitían los grandes ríos que cruzaban su territorio, renunciando a la imposible defensa de más de mil seiscientos kilómetros de frontera con Alemania. Pero esa decisión era muy difícil de adoptar, teniendo en cuenta la importancia de las ciudades y el número de ciudadanos a los que se habría abandonado.

No obstante, los polacos eran muy conscientes del riesgo de que la movilidad de las tropas alemanas (que ya temían) fuese capaz, como luego ocurrió, de atrapar en grandes bolsas a sus unidades de vanguardia utilizando audaces maniobras de pinza. Su estrategia, parcialmente fallida, fue la de eludir en lo posible los combates frontales, tratando de ganar tiempo para una posible reacción franco-británica que no llegó a producirse.

Tampoco la maquinaria de guerra alemana estaba tan perfeccionada como llegaría a estarlo después y, de hecho, Polonia fue capaz de resistir más tiempo a los invasores de lo que lo serían Francia y Gran Bretaña juntas sobre territorio francés. Aunque la Blitzkrieg hizo su aparición, y terminó resultando mortalmente eficaz, hubo muchos aspectos mejorables y las contraofensivas polacas causaron muchas bajas a las tropas alemanas. Algunos de esos aspectos fueron corregidos para la ofensiva contra Bélgica y Francia unos meses más tarde. En definitiva, aunque los polacos combatieron con valor, la batalla estaba perdida de antemano no solo por la superioridad militar y táctica que habían alcanzado los alemanes, sino también por las propias limitaciones y los retrasos en la toma de decisiones para la mejora de su capacidad de defensa autónoma, incluida la movilización de sus tropas.