NOSTALGIA

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Por Arturo Mesa
Atlanta.- Y mientras vibra la música en una noche de acordes trinitarios, una joven, sorprendida por lo pálida que se ha tornado mi piel, me pregunta si bailo. Y uno, nervioso como nunca, asiente, y me conduce al escenario, aunque prefiero ocultarme entre los visitantes; solo entonces bailamos.
Como techo, todas las hojas de dos almendros que irrumpieron en el patio por allá por cuando la República, y una grieta con estrellas por donde se escapa la voz de la cantante. Hay rones, cocteles, mamparas, tejidos de un denso punto local expuestos para venta; bebidas en tazones de barro y portones, que en su época abrían para coches. Hay personas que entran y salen atraídas en parte por la música, en parte por el ensarte de vigas que sostienen un techo a dos aguas. Hay sombreros de paño cuando debieron ser de yagua y un distante aroma de Cohíba, tan sutil como perfecto.
Hay pícaras estrofas que hace a la gente reír, mucho más por ser mujer la vocalista.
La joven de piel oscura y cabello desenvuelto no esperaba que el de la piel de fantasma supiera bailar y lo expresa, mientras las gotas de sudor corren por ambos cuerpos como si también bailaran a distancia. Cuentan que allí nunca es invierno.
¿Cómo te llamas? pregunta ella al fin, y comprendo entonces que estoy lejos.