YO QUIERO SER WILBER

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Por Anette Espinosa

La Habana.- Una pila de anormales, corruptos, de esos que han vendido su alma al diablo, van por ahí proclamando a voz en cuello que ellos son Fidel. Lo hacen para mantener sus puestos en un hotel, para que su paladar no entre en la lista negra de los inspectores, para recibir las mismas migajas de siempre.

Me dan pena. Esa pena ajena que suele sentirse por aquellos a los que nos damos cuenta de que la inteligencia no le alcanza para más, es la que siento por los oportunistas que le hacen el juego al gobierno, por unas míseras ventajas que tal vez nunca disfruten.

Mi vecino era dirigente de la FEU. Era uno de los que no se descolgaba de ningún acto, de ninguna marcha, con aquel pullover blanco, medio sucio, que decía delante «Yo soy Fidel». Y terminó la carrera, comenzó a trabajar y cuando se dio cuenta de todo, se largó por la ruta de los volcanes, luego de vender la casa que le dejaron los padres, que se habían ido antes.

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Ese, que era Fidel, se fue. Y como él, apuesto a que hay miles ya en Estados Unidos que levantaron la misma consigna. Yo nunca he podido ser Fidel, porque no se puede querer ser como el sátrapa que acabó con un país y con una nación.

Si tuviera que escoger un ídolo, escogería a Wilber, el negro valiente que tiene al hijo preso por sus ideales y que no teme jamás cantarle las cuarenta a la dictadura. Cada directa de Wilber es como un puñal en el pecho de la dictadura y como uno en la garganta de esos miserables que van por ahí diciendo que son Fidel, levantando antorchas y gritando consignas, a cambio de cualquier cosa.

Unos han vendido gratis su alma al diablo. Los estudiantes de escuelas militares, del ministerio del Interior, de la Seguridad del Estado, del Minrex, los que tienen un puesto de trabajo que les permite robar, viajar, esquilmar, chantajear, lo hacen por unas migajas, por una caja de pollo y un pomo de aceite, tal vez. Y esos dicen que son Fidel. Son esos los que se acurrucan en la Plaza el 1 de mayo, con un pullover rojo, a hacerle la pelota a los tiranos, que después se burlan de ellos.

Mientras cada uno de esos desalmados regresan a casa, a pasar trabajo, sin tener ni un pan que darle a los hijos o a los padres, los tiranos y sus cortesanos, van a disfrutar la victoria, a tomarse sus buenos vinos, a su asado, a una tarde jubilosa en familia, sin preocupaciones de ningún tipo, a ver cómo les crece la barriga ante el hambre implacable del pueblo.

Yo soy Wilber. Voy con el pobre, con el oprimido, con el que tiene las pelotas suficientes para plantarle cara a la plaga que gobierna. Voy con él, porque saca la cara por su hijo preso injustamente, por sus nietos, por la familia toda. Wilber le está dando una clase de civismo a millones de cubanos y su ejemplo debería prender en cada calle, en cada casa.

Cuba no necesita de pusilánimes que vayan por ahí diciendo que son Fidel. Cuba necesita de hombres de verdad, como Wilber o todos esos que se enfrentan a la dictadura, que no tiene más remedio que acosarlos.

Puede ser una imagen de 2 personas, niños y personas sonriendoEs tan bajo el gobierno que, en lugar de destinar hombres a perseguir asesinos, ladrones y corruptos -aunque nadie se persigue a sí mismo como corrupto-, manda a sus hordas a multar y amedrentar a un hombre que tiene más dignidad y más vergüenza que todos ellos juntos.

Wilber, eso sí, tiene una tarea dura. Va solo -o casi- contra el poder. Hasta ahora le han permitido que haga directas, que mande mensajes, que invoque a dar la cara a los que lo acosan, escondidos, a la sombra del poder, como hacen los cobardes desde siempre. Por eso estoy con él, porque nadie me representa más que ese hombre valiente, que dice lo que piensa, con las palabras que tiene, sin preocuparse por las formas ni los asesinos que aguardan cualquier equivocación suya para cargar con él y mandarlo a prisión.

Mi exhortación a esos que andan por ahí enarbolando el letrero o la consigna de que son Fidel, que se pongan los pantalones de verdad y se alineen al lado de Wilber, a ver si de una vez por todas podemos expulsar al mal que corroe a esta tierra. Es hora.