¿CUÁLES SON LOS PADRES QUE MÁS CUIDAN DE LOS HIJOS EN LA NATURALEZA?

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Tomado de MUY Interesante

Descubre cómo en la naturaleza, los roles de cuidado parental desafían las antiguas normas y revelan una diversidad sorprendente en la crianza de las crías.

Madrid.- Atrás quedan, o eso nos gustaría pensar, los antiguos roles familiares en los que la madre se hacía cargo de los cuidados y el trabajo doméstico, mientras el padre se encargaba del abastecimiento familiar. Roles que con mucha frecuencia, se han perpetuado bajo la falsa creencia de un determinismo biológico sin fundamento alguno.

En la naturaleza, en muchos animales que cuidan de sus crías, también el macho y la hembra adoptan roles diferenciados y cumplen funciones distintas. Pero en este aspecto no existe una ley natural general, cada especie tiene su sistema de organización. La creencia de que el macho es el que sale a buscar alimento mientras la hembra cuida de la prole es, de nuevo, absolutamente infundada. Hay muchos machos en el reino animal que contribuyen a la incubación de los huevos, la crianza, la educación o la protección de la camada mientras las hembras realizan otras tareas, o incluso, se desentienden. Estos son algunos de los padres más dedicados de la naturaleza.

Macho de león con su cachorro

Macho de león con su cachorro, mientras las hembras descansan. — Charles J. Sharp / Wikimedia

El león, padre juguetón

En torno al león se han creado muchos mitos, en gran arte debido a una visión sesgada y casi antropocéntrica. Para algunos, el león es el epítome de la nobleza y la majestad, un macho que protege todo su territorio y a sus hembras. Para otros, son las leonas las que realmente hacen el trabajo duro, cazando y proveyendo de alimento a la manada mientras el macho, vago y desganado, simplemente espera a que la comida llegue para dar el primer bocado. Ambas perspectivas tienen parte de razón, pero las dos, por simplistas, cometen errores de bulto.

Es cierto que la mayoría de las hembras de una manada salen a cazar mientras unas pocas se quedan para amamantar, cuidar y entrenar a los cachorros. También es cierto que el macho entra en su mayor actividad cuando se trata de proteger el territorio, sobre todo de la intrusión de otros machos, dando lugar a esos combates tan impresionantes a los que nos han acostumbrado los documentales. Esa actitud protectora se extiende, por necesidad, a las hembras y, sobre todo, a las crías; si un macho es destronado, el nuevo líder mata a los cachorros de su contrincante derrotado, para inducir el celo en las leonas y tener sus propias camadas cuanto antes.

Pero cuando esa tarea de protección no se está llevando a cabo —que es la mayor parte del tiempo; el territorio del león es relativamente estable—, el macho no está ocioso, como dice el mito. Si las fronteras del territorio están aseguradas y el macho está descansado, permanece en el núcleo familiar, cuidando activamente de los cachorros, e incluso jugando con ellos, enseñándoles a cazar. Además, el macho de león tiene más presencia y fuerza que la hembra, por lo que cuando él cuida de la prole, varias hembras que, de otro modo, se quedarían en la zona de cría, pueden permitirse descansar o salir con el grupo de caza, y aumentar el éxito de la depredación.

El padre zorro

El padre zorro cuidará de sus cachorros hasta que sepan cazar por su cuenta — Vizetelly / Pixabay

El zorro rojo, padre educador

El zorro rojo, presente en muchos bosques españoles y europeos, es una especie monógama en la que, si bien, hay diversidad de comportamientos que varían en cada grupo familiar, todos cumplen con ciertos patrones comunes.

El macho de zorro es un padre dedicado y atento. No dedica tanto tiempo como la hembra al contacto directo y al cuidado, pero a cambio, es el principal proveedor de alimento para la familia. Cuando los cachorros crecen y empiezan a deambular, el macho mantiene una vigilancia constante tanto del territorio como de las crías. De este modo, protege a las crías de sufrir daños accidentales y la hembra recupera las fuerzas perdidas durante el parto y la lactancia.

Finalmente, cuando las crías alcanzan la edad suficiente, el macho se encarga de la mayor parte de las enseñanzas de caza, buscando presas fáciles y manteniéndolas vivas para que los cachorros aprendan sus juegos de caza. El padre establece un sistema de dificultad creciente hasta que llega el momento de dejar a las crías cazar por sí solas. Sin embargo, no las abandona: si no logran su objetivo, él sigue proveyéndoles de alimento, si lo necesitan, hasta que tienen edad suficiente para abandonar el grupo familiar.

El padre de pingüino

El padre de pingüino emperador dedica todo su tiempo a incubar el huevo, y comparte su tiempo con la madre para cuidar a la cría — Siggy Nowak / Pixabay

El pingüino emperador: padre incubador

En los fríos hielos de la Antártida, incubar un huevo es una tarea complicada. Tiene que mantenerse caliente, y eso implica no tocar el suelo. Por eso, el pingüino sostiene el huevo sobre sus patas, y lo abraza con el plumaje, proporcionándole el calor corporal que necesita.

Mantener el huevo en esta posición es muy costoso, y transferirlo a la pareja, peligroso. Por ello, el macho de pingüino se encarga de la incubación del huevo hasta su apertura y recibe su alimento de la hembra, que es la que sale a cazar. Cuando la cría nace, los papeles se invierten, es la hembra la que cuida del pollo hasta que es capaz de mantener su propia temperatura. Llegado ese momento, la crianza se vuelve más flexible, y ambos progenitores intercalan las tareas de cuidado y abastecimiento, más o menos por igual.

Este comportamiento parece estar altamente determinado por los niveles hormonales durante la incubación y la crianza. En el proceso juega un papel primordial la hormona prolactina, una hormona íntimamente ligada al cuidado parental, y la responsable de inducir la producción de leche en los mamíferos. En el caso del pingüino, los niveles de prolactina lo inducen a cuidar de su descendencia. En los machos, los niveles de prolactina se disparan cuando la hembra está cerca de poner el huevo, y permanecen altos durante toda la incubación. En la hembra, sin embargo, la prolactina se produce masivamente cuando se abre el huevo, y se mantiene en altos niveles durante el tiempo que dura la crianza.

Macho embarazado de caballito de mar

Macho embarazado de caballito de mar — Sylke Rohrlach / Wikimedia

El caballito de mar: padre embarazado

El fenómeno del embarazo masculino en el caballito de mar, junto con el pez pipa y el dragón de mar, representa una adaptación reproductiva única dentro del reino animal. Contrario a la mayoría de los animales, donde las hembras son las que incuban los huevos después de la fecundación, es el macho de la especie el que asume esta responsabilidad.

A diferencia del resto de animales con fecundación interna, en la cual el macho libera los espermatozoides en los conductos sexuales de la hembra, en los signátidos —así se llama el grupo— sucede al contrario. La hembra introduce los huevos en el cuerpo del macho, y es ahí donde los espermatozoides los fecundan. El macho entonces incuba los huevos en una estructura especializada, llamada bolsa de cría, en ella los embriones son aireados, osmorregulados, protegidos y nutridos durante su desarrollo. Este proceso se asemeja en gran medida al embarazo en mamíferos, aunque tiene un origen evolutivo independiente: se trata de una forma de convergencia evolutiva.

Desde una perspectiva biológica, este modelo reproductivo es fascinante Los caballitos de mar proporcionan un valioso sistema modelo para explorar la biología reproductiva avanzada y las adaptaciones fisiológicas asociadas con el embarazo y el cuidado parental, incluso en un contexto en el que los roles sexuales en la competencia por la pareja son convencionales, con los machos compitiendo más intensamente que las hembras por el acceso a la pareja, a pesar de la inversión de roles durante el embarazo.

Macho de combatiente de Siam

Macho de combatiente de Siam vigilando su nido de burbujas — Necula George Cristian / Wikimedia

El combatiente de Siam: padre defensor

El popular pez de acuario conocido como combatiente de Siam es fácil de criar en cautividad. El proceso comienza colocando a un macho en contacto visual —pero no directo— con varias hembras. Él es el que elige la hembra con la que se reproducirá, y se sabe cuál es su elección porque hará un nido de burbujas en la zona donde se encuentre esa hembra.

Una vez se juntan macho y hembra, se realiza una especie de danza de cortejo —en ocasiones violenta—. Cuando la hembra está lista, se produce la cópula y la hembra pondrá los huevos, que el macho fecundará uno a uno. Y aquí es donde empieza una de las formas de cuidado parental más curiosas del reino animal.

Por un lado, los combatientes de Siam no tienen branquias; respiran aire de la atmósfera, y los alevines, cuando eclosionen, necesitarán estar en contacto con el aire, pero tampoco pueden estar fuera del agua, o se deshidratarían. Por otro lado, una vez puestos los huevos, la hembra se vuelve caníbal: es capaz de cazar y comerse sus propios huevos y los alevines que eclosionen. En un acuario, la hembra suele ser retirada para evitar que el macho se estrese demasiado, pero en el medio natural, las hembras siguen nadando por la zona del nido.

Por eso, desde que se realiza la reproducción, el macho entra en una carrera trepidante contrarreloj para mantener con vida a los huevos primero, y a los alevines después, hasta que sean autónomos. La misión: recoger todos los huevos posibles con la boca, y depositarlos en el nido de burbujas que hizo previamente. Ahí se mantendrán húmedos y, a la vez, en contacto con el aire.

De vez en cuando las burbujas se rompen y algún huevo cae; algo que la hembra puede aprovechar para comérselo. El peligro aumenta cuando nacen los alevines y comienzan a moverse, aprendiendo a nadar; con sus coletazos rompen las burbujas, se hunden en el agua, y corren el riesgo de ahogarse o de ser comidos por su desaprensiva madre. Por ello, el macho permanece haciendo guardia bajo el nido, manteniendo las burbujas, recolocando cualquier huevo o alevín que se desprenda, e incluso defendiendo la puesta —a mordiscos si es necesario— de los ataques de la hembra. Un padre protector que se mantiene siempre en guardia, hasta que las crías son lo suficientemente grandes como para valerse por sí mismas, y dejar de ser un bocado atractivo.