CURVAS

0
13
Por Jorge Fernández Era
La Habana.- Déjeme decirle que dejé inconclusa una discusión con mi marido. Él se la pasa navegando «en las redes virtuales de la discordia, de la incomprensión y de los odios», pero yo soy de «los discretos y salvadores atlantes de la Cuba que se empeña en seguir adelante», de «los que saben esperar las buenas noticias y siguen desgranando días en medio de la necesidad y de la resistencia inteligente», presta a escuchar a «los dirigentes que creen en el sacerdocio de su condición y caminan sobre los caminos del polvo, con calma y con paz, y que explican una y otra vez cómo andar mejor, pendientes de que la buena idea prenda, de que las flores salgan y rompan hasta las piedras del cerco».
Mi esposo dice que lo de «intercambiar opiniones y experiencias que contribuyan al mejoramiento de métodos y estilos de trabajo» es una curva para eludir la incompetencia de los que no mejoran sus métodos y estilos de trabajo. Yo lo refuto con lo que él nombra «cuento» y oigo en el Noticiero mientras espero la novela: que «solo trabajando aumentaremos el bienestar de las familias cubanas» para ir «dejando atrás el aura de la mala suerte». Que «es esa la respuesta que espera y debe dársele al país» en este «año de levantar», con «la convicción de que, entre todos, podemos sacar a Cuba adelante».
Se pone a sacar cuentas y me deja fundida. Me puso de ejemplo el central azucarero que tenemos cerca, «enfrascado en una compleja campaña». Según un periodista, «sus trabajadores, sin embargo, no renuncian al plan y a la misión de moler para la canasta familiar normada, y también para exportar». En el reportaje se dice que el plan de producción para la actual zafra es de casi veinticinco mil toneladas, y que hasta la fecha ha logrado fabricar apenas cinco mil. No quiera ver el berro que montó cuando leyó sobre el empeño de la entidad de producir en las próximas semanas unas tres mil toneladas, y lo otro que queda en abril. Mi marido se pregunta cómo demonios van a lograr, con ese atraso que tienen, casi dieciséis mil en un solo mes. Yo le digo que sí, que «un equipo multidisciplinario de especialistas de todo el país trabaja actualmente en la solución del problema», que quién quita que hasta nos llegue a la bodega el azúcar de este mes, pues, si se toman en serio las declaraciones de un directivo del complejo agroindustrial, dichas sin ningún complejo agroindustrial, «fuera del asunto energético, el central está muy bien».
El asunto combustétrico golpea. El ómnibus que cubre la ruta hasta la cabecera municipal nos tiene descabezados, pues pasa, cuando pasa, cada quince días. Menos mal que existen las parihuelas, no hubo otra cuando tuve que llevar a mi hijo al policlínico por lo del esguince. Los turnos los dan con tres meses de antelación, para que los lisiados se planifiquen.
Menos mal que ha llovido. La turbina territorial, por falta de petróleo, solo bombea una vez a la semana. Mi papá inventó unas canaletas de yaguas, con ellas llenamos el tanque gracias a las masas de aire húmedo que nos llegan del norte. Se cumple aquello de poder «hacer todo lo que se quiera si se le pone ciencia, innovación e iniciativa», «con el compromiso de no fallarle al país».
Mi marido trabaja en la Planta Reparadora de Motores. Allí gana 4500 pesos. No le toque esa tecla. El otro día se dio cabezazos contra la pared, y hasta tumbó dos canaletas, cuando leyó en el periódico un artículo que decía que esa fábrica, inaugurada en 1967, es «una formidable instalación fabril», que «la robustez de sus naves apenas muestra deterioro», además de mencionar «las enormes potencialidades que tienen a partir del equipamiento tecnológico de que dispone, desaprovechado en alrededor del 75 por ciento».
Claro que yo también trabajo, porque, con él, «el éxito puede lograrse», sobre todo cuando se ganan 1900 pesos, que es el salario promedio en mi UEB, Unidad de Empecinamiento Básico le llaman los jodedores. «El descontento se demuestra en las estadísticas»: de las 12 000 hectáreas solo 4500 producen, pero hay «deseos de hacer y hacerlo bien», «tras cambios administrativos y organizacionales».
Mi esposo aduce que para no depender de las masas que nos llegan del norte gracias a su hermana, y que cocinamos con leña para burlar los apagones, tiene que haber algo más que cambios administrativos y organizacionales. Yo le digo que sí, que confiamos en que los está habiendo. Lo declaro desde el «nosotros», «esa palabra donde habita la clave de toda sinergia y triunfo». Fíjese que cuando vimos allá en la curva la caravana de carros, grité: «¡Apareció el combustible!», y corrí hacia acá para expresarle que, con su visita, me está dando la razón, compañero presidente.