LA RELIGIÓN, ELIZABETH Y EL SANTO QUE NO HACE MAL A NADE

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Por Jesús Hernández Villapol

West Palm Beach.- La religión llegó a mi vida sin pedir aprobación, como buen descendiente de españoles, fui bautizado de acuerdo con la tradición católica, cuando apenas tenía algunos meses de nacido, aunque soy ateo, por decisión propia.

Los primeros recuerdos que conservo de la religión están muy relacionados con el mar, pues cada 7 de septiembre, mis abuelos paternos y mi madre asistían al culto de la Virgen de Regla, asociada a Yemayá o diosa del mar, en la cultura afrocubana. Esa visita me ofrecía un sabor especial, ajeno a toda veneración.

Una vez finalizada la misa, comenzaba lo que constituía la verdadera celebración para mi gusto, el viaje a bordo de la lancha, que une a Regla con La Habana, con el ritual de lanzar monedas de un centavo a las aguas de la bahía.

En ese proceso de mezclas que ha tenido Cuba, colindante con la casa de mis abuelos paternos, católicos convencidos; vivían Onelio y María, una pareja, que, junto a sus hijos, fueron parte de nuestra familia.

María, una mujer corpulenta, padecía de asma crónica, que la golpeaba con frecuencia y en medio de esas crisis, acudía a mi madre para que la inyectara en sus voluminosos muslos. Esa señora, para sobrellevar su molesta enfermedad, también se refugió en la adoración a Santa Bárbara.

En mis recuerdos infantiles, no había mejor fiesta que la que cada 3 de diciembre se celebraba en casa de Onelio y María, víspera del día de Santa Bárbara. Mi hermano y yo, éramos dueños y señores en esa festividad, en la que las croquetas y empanadas de carne, por su exquisitez, eran algo así como regalos de las deidades.

Ya en la escuela, década de 1960, hubo un hecho que me marcó poderosamente. Cursaba el segundo grado, cuando una compañera de aula, Elizabeth, como el nombre de mi hija; lloraba desconsoladamente en medio del matutino, antes de comenzar las clases.

Elizabeth, era pequeñita y tenía el pelo tan largo, que casi le bordeaba la cintura, como diosa de la mitología griega. Mientras sus lágrimas humedecían su rostro y actuaban como coraza inexpugnable, varias personas la reprendían, porque se negaba a saludar la bandera, fiel a sus ideas religiosas.

La pequeña, era testigo de Jehová (los seguidores de esas creencias se abstienen de saludar la bandera de cualquier país o cantar canciones que consideren formas de culto). No pasó mucho tiempo, en que, junto a su familia, Elizabeth se marchó de Cuba, tal vez, en busca de otro sitio, donde se respetaran los derechos de libre pensamiento.

Es conocido que en Cuba ha sido obligatoria la doctrina del marxismo leninismo, aunque desde la década de los noventa se produjo cierta flexibilidad.

Mucho tiempo después fui uno de los anfitriones, en Guanabacoa, del destacado pianista cubano Frank Fernández, quien accedió a impartir una conferencia sobre su obra, en el contexto de uno de los eventos que se celebraban en la Villa de Pepe Antonio.

Además de ser uno de los pianistas más importantes de las últimas décadas en Cuba y de haber desarrollado una notable labor como docente y compositor, Frank Fernández es una persona muy sencilla, que me comentó que no se marchaba de Guanabacoa, sin antes visitar a “Enriquito” (Enrique Hernández Armenteros 1918-2017), el famoso Babalawo (sacerdote de Orula), de la religión yoruba.

Se hicieron las coordinaciones pertinentes y al caer la tarde, en pleno corazón del barrio de La Jata, en los suburbios de la villa; nos sentamos en una gran mesa en la casa del líder religioso, quien nos ofreció una cálida acogida.

Entre sorbos de aguardiente y amena conversación, el destacado pianista, quizás inmerso en rivalidades que existen entre los artistas, le preguntó a “Enriquito”, medio en broma, medio en serio: “¿Cómo puedo hacer para que el santo devuelva todo el mal a la gente que me lo desea?”

La pregunta tomó a todos por sorpresa, pero con serenidad y convicción, el anciano sacerdote de Orula le respondió algo, que parecía ensayado: “Lo siento, pero el santo no le hace mal a nadie”. Esa respuesta no admitió contradicciones.

A lo largo de mi vida, desde mi posición de ateo, en la interrelación desde el respeto con personas que profesan diversas religiones, siempre he tenido esa frase muy presente, al ver los que lucran y abusan en nombre de un dios, o asesinan, aparentemente, cumpliendo un mandato divino.

Así de sencillo, no le demos más vuelta: “el santo no le hace mal a nadie”.