LULA GOLPEA A MADURO, Y LA IZQUIERDA CORRUPTA TIEMBLA

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Por Freddy Barreras
La Habana.- No conozco un político de izquierda que tenga voluntad para abandonar el poder una vez agotados sus años de mandato. Hago memoria y no consigo recordar a ninguno que no sea el otrora mandatario uruguayo José Mujica, quien terminó su período al frente del país y se fue a su retiro, a hacer su vida normal, porque entendió que no había nacido con el sillón presidencial pegado al culo.
Es un rara avis Mujica, quien, pese a su tendencia a la izquierda y a su pasado como guerrillero, es un hombre sensato y cuerdo, un político que reconoce que los grandes líderes siempre han llevado a los pueblos a la debacle, y que no es bueno que una persona, un partido, o un modelo estén mucho tiempo en el poder. Ya lo decía Martí: «todo poder amplia y prolongadamente ejercido, degenera en casta. Con la casta vienen los intereses, las altas posiciones, los miedos de perderlas, las intrigas para sostenerlas. Las castas se entrebuscan, y se hombrean unas a otras».
Bolivia vivió y vive una situación así. El líder indígena Evo Morales llegó al Palacio Quemado y le cogió tanto gusto al poder que modificó la constitución y pasó por encima de un referéndum, todo para seguir al frente del país. Y cuando lo echaron, se abrogó el derecho de nombrar sus candidatos, los que, supuestamente, le permitirían gobernar en la sombra, y cuando vio que no era posible, quiso ser oposición. Y ahí está, haciendo lo que mejor sabe: crear problemas.
La casta de los Kirchner acabó con Argentina. El país más rico de América hace 120 años se convirtió en un nido de ratas corruptas al mando de Néstor Kirchner, de su viuda y hasta de Alberto Fernández, quien llegó al poder con Cristina de vicepresidenta. El país lo pagó y eso permitió que un hombre de extrema derecha, como Javier Milei, pudiera convertirse en inquilino de la Casa Rosada.
Los Ortega perdieron una elección a manos de Violeta Chamorro, quedaron apartados algunos años de la Residencia Presidencial de Los Pinos, pero cuando regresaron no dejaron margen alguno a la oposición. Ahora mismo en Nicaragua gobierna una familia, que es dueña de todo, que lo controla todo, y no solo por el presidente Daniel Ortega o su esposa Rosario Murillo, la vicepresidente, sino porque los hijos de ambos ocupan puestos importantes, a veces a la luz pública, y otras en la sombra, como ocurre en Cuba con la familia Castro.
Desde hace 65 años los Castro deciden en Cuba. Por 47 años Fidel Castro hizo cumplir su voluntad. El tirano, manipulador genial, acabó con la isla, a cuyos habitantes les vendió unos sueños extravagantes en los que ni él creía, pero ya sabemos que el pueblo suele ser crédulo hasta un día, y a él le admitieron aquellas falsas promesas, las mentiras, ese afán por aparentar ser un hombre humilde. Luego enfermó y se convirtió en un anciano de malas pulgas, molesto, que desde la sombra lo intentaba boicotear todo. Hasta que pasó a mejor vida, cuando ya su hermano, octogenario también, llevaba las redes.
Un día, para cumplir una vieja promesa y dar la idea de que las cosas cambiarían, Raúl Castro dejó el poder. Lo hizo nominalmente, pero todos saben que su apellido está detrás de cada decisión, de los encarcelamientos, de las persecuciones y las políticas, y que su hijo y su nieto tienen más poder que todo el consejo de ministros junto, a los que se puede sumar el presidente, Miguel Díaz-Canel- una especie de títere, cuya locuacidad lo pone en entredicho una y otra vez.
Otro de los políticos incoherentes que se niega a dejar el poder, o al menos a permitir que la oposición presente un candidato serio, es Nicolás Maduro. La casta en el poder en Venezuela, desde la llegada de Hugo Chávez, acabó con el país. Su alineamiento al lado de Cuba, la penetración de La Habana en la Fuerza Armada, en los órganos de seguridad, terminó por convertir a Caracas en enemigo de todos, y el golpe principal se lo sintió la economía. Entonces se destapó la inflación más grande conocida en la región y los venezolanos, hasta ocho millones, abandonaron el país para no morir de hambre.
Chávez intentó eternizarse en la presidencia, y cuando estaba a punto de morir, desde su lecho de muerte, delegó en Maduro. El hasta entonces canciller, un incontinente verbal, que cada vez que habla hace el ridículo y se convierte en meme, no quiere abandonar de ninguna manera el Palacio de Miraflores y, desde 2013, se las ha arreglado para encarcelar, inculpar o desterrar a todo opositor que pueda hacerle sombra.
La última cruzada la inició contra María Corina Machado. No quiere el chavismo, de ninguna manera, que se presente en los comicios generales venideros, y tampoco está presto para que nadie respaldado por ella lo haga. Encima, tampoco permitirán que los venezolanos que residen fuera del país puedan ejercer su derecho a votar. No lo permitirán porque saben que la inmensa mayoría de esos que abandonaron su tierra y se convirtieron en emigrantes, votarían por cualquiera menos por la continuidad del sistema actual.
El gobierno venezolano, los Maduro y compañía, son una plaga de corruptos, que se mantiene al mando porque los altos oficiales de la Fuerza Armada Nacional tienen un salario más alto que los generales de la OTAN, y los mandos intermedios tienen un miedo atroz a ser encarcelados por cualquier conato de rebelión. Pero nadie soporta a Maduro ni a su séquito de ladrones y corruptos.
Tan descarada es la posición de la cúpula venezolana, que hasta un supuesto aliado, como el presidente brasileño, Luiz Inázio Lula da Silva, le ha virado los cañones. En los últimos días, el propio inquilino del Palacio de Planalto o su cancillería, se encargaron de exigirle a Maduro unos comicios limpios.
Hasta ahora, Caracas se ha limitado a considerar como «injerencista» la posición de Brasil. Un comunicado de la cancillería venezolana le ha virado los cañones a Lula: «El Ministerio del Poder Popular para las Relaciones Exteriores de la República Bolivariana de Venezuela repudia el gris e injerencista comunicado, redactado por funcionarios de la cancillería brasileña, que pareciera haber sido dictado desde el Departamento de Estado de EEUU, donde se emiten comentarios cargados de profundo desconocimiento e ignorancia sobre la realidad política en Venezuela».
En cualquier momento dicen que el mandatario brasileño está pagado por el imperio. Seguro que esperan a que desde La Habana le den el visto bueno, porque ese viejo artilugio es de sobra conocido en Cuba, que lo emplea todo el tiempo contra todo el que intente reclamar algo a los entronizados dirigentes.
Por décadas, una derecha despiadada le hizo daño a muchos países de América, y dio paso a una izquierda que, orientada desde Cuba, terminó por engullir todo lo que quedaba salvable en esos países. Por eso anda Venezuela así, Argentina se convirtió en un caos y la isla del Caribe se cae a pedazos, en medio de un éxodo generalizado que terminará por acabar con la nación. Es hora de ponerle fin a todo esto, y alguien tiene que hacerlo.
Y como nadie desde posiciones políticas alternativas lo puede hacer, ni le es permitido en unas elecciones libres, es una bendición que sea el gobierno de Brasil el que ponga el dedo en la herida y coloque en el disparadero al corrupto de Nicolás Maduro y sus secuaces de la región. La caída de Maduro puede significar el fin de otros regímenes totalitarios en Latinoamérica.