DE REOJO, A LA OTRA ORILLA DEL OCÉANO

0
49

Por Renay Chinea ()

Barcelona.- Miro de reojo a Cuba, que es como se miran los cadáveres o las escenas cadavéricas cuando delante de nuestras narices ocurre un accidente. Uno tiene el reflejo oculto de la mirada oblicua. Y mira meticulosamente con la pupila aviesa del rabillo del ojo, pero mira. Como hacen los alfiles ante una tragedia.

Recuerdo aquel pobre hombre que lo atropelló delante de nuestra facultad un ómnibus…! Flaco, enjuto… vestido con una camisita descolorida y unos tenis muy viejos y sucios, sus sesos quedaron esparcidos —delante de nuestras narices— por todo el pavimento de la esquina de 21 y G. Lo vi (lo vimos) atravesando la hermosa avenida.. .y de pronto, un golpe seco: ¡Zas!… contra la 195 que va a Guanabacoa: mire sus sesos al sol de las diez de la mañana, ya sin sueños, sin ansias sin gloria y sin tino: solo nada.

¿Alguno de ustedes lo recuerda? ¿Qué edad teníamos? Cuando uno avanza por la vida va sabiendo que hay algunas bajas, pero aquel zas, a los 20 años… era un insulto: ¿Quién afea el banquete, poniendo un muerto en la esquina donde unos jóvenes de 20, están a punto de comerse el mundo desde los jardines de una Facultad de Periodismo, en el barrio más chic de La Habana?

Con esa misma puerilidad hoy miro a Cuba. Han pasado ¿qué?… ¿34 años? No importa. Una vecina regordeta bajó a tapar el escarnio con el alivio de una sábana blanca —como aquellas que llevaron al cielo a Remedios la Bella— y seguimos amargamente olvidando y viviendo…! A Cuba la alivia el trémulo velo de una sábana blanca. Años después, observé que, en el cemento tierno de esa misma esquina, alguien dibujó un corazón a dedo y escribió “Te amo”. Y unas cuadras más arriba, en el mármol de Carrara de la estatua de José Miguel Gómez, —el mismo dedo—aquel misterioso mensaje: “Lina, Carlos aún te busca”.

Esos 300 metros fueron el tamaño de nuestro gran proscenio: entre un muerto tapado, las emociones ardientes y la ausencia de Lina fue nuestra vida de estudiantes en Cuba.

Allí volví varias veces desde todos los azimuts del mundo. Y puse hijos de yeso como pajaritos pintados que no sintieran nada para volver a la isla: Mis padre muertos, mis hermanos emigrados, mis sobrinos desperdigados, mi familia hecha añicos, y unas calles vacías de amigos que se fueron. El pedazo de tierra donde pisé mi infancia: un erial requisado con un riachuelo alegre a cuyas riveras floreció el bienvestido… sin ruiseñor pero con algún Sinsonte. Fue premonitorio Stevenson:

… Go, little book, and wish to all/Flowers in the garden, meat in the hall,/

A bin of wine, a spice of wit,/

A house with lawns enclosing it,/

A living river by the door,/

A nightingale in the sycamore!

Llevé además, una esposa de un país ajeno y distante para cometer el olvido. He acopiado una suegra en el sur, amigos en París, Hamburgo, Eindhoven o Escandinavia para alejarme de Lina y un muerto.

Aquí ya es primavera, y me salen en Facebook los antiguos recuerdos. Suelo ser verborrágico a esta altura de marzo. He plantado en el patio un nuevo limonero. Le pongo a cuenta gotas quelato de hierro.  Miro el césped cansado por el largo invierno. Ahuyento caracoles, volteo la tierra. Pongo a punto el negocio, y vigilo el tomate. En aquellos mensajes me reconozco apenas, con un largo hastío y un lenguaje arcaico: Pido libertad para la isla cárcel hace ya tantos años. Y vuelvo entusiasmado a mi viejo Gulag. Y reniego y maldigo… Y me siento distante de esa isla naufragio. Envío medicinas. Envío dinero, curo llagas perennes que no dejan de ser llagas ni con el más entusiasta billete de 500.

La miro de reojo. Engaño a mi mujer y vuelvo a mandar dinero. A un amigo que se pierde por México. A conocidos que van a la deriva… y naufragan, naufragan y llegan a Miami. Y me llaman contentos.

Miro a Cuba de reojo. Dijo aquel personaje: he avanzado tanto en el océano del olvido que ahora solo sueño con llegar a otra orilla. ¡Me perdonen por eso! ¡Miro a Cuba, distante…!