«CUIDÁNDONOS» LA VIDA, LA HEMOS PERDIDO

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Por Dagoberto Valdés Hernández I

Pinar del Río.- Los cubanos nos hemos pasado 65 años “cuidándonos”. Desde niños, nos inculcaron que teníamos que “cuidarnos” de no decir lo que pensamos en la escuela para poder hacer una carrera universitaria.

En la familia, teníamos que “cuidarnos” de los parientes más cercanos en la sangre que estaban “integrados” al sistema y que, por eso, no se podían relacionar con nosotros, porque perderían su carnet del partido.

En el vecindario nos hemos “cuidado” de que no nos oigan decir lo que pensamos, de que no sepan los chivatos lo que hacemos, de que estén pendientes de lo que traemos en la jaba, de que no sepan de las personas que nos visitan, de que no escuchen la estación de radio que escuchamos.

En el trabajo hemos tenido que “cuidarnos”, ocultando lo que creemos, lo que pensamos, lo que hacemos diferente de lo que es bien visto por el régimen, porque vamos a perder nuestro trabajo, o perder el salario o el título, o el puesto de poder.

En las amistades, cuántas perdimos por “cuidarse” ellos o por “cuidarnos” nosotros ante el persistente consejo: esa amistad te perjudica porque no piensa como nosotros. No te juntes con esa persona porque está “señalada”.

Hasta en la Iglesia, en ocasiones, en etapas, cuántos consejos de “cuidarnos” de lo que testimoniamos, de lo que escribimos, de los proyectos que fundamos, cuántas exhortaciones a una falsa “prudencia” para no perder lo que hemos alcanzado.

Cuidarnos, cuidarnos y cuidarnos, se convirtió en la autocensura, en la doble vida, en las máscaras políticas, en los disimulos cotidianos, en las caricaturas culturales, en el seudo lenguaje, en el silencio cómplice, en la intervención o el cierre de proyectos y obras buenas en todos los ambientes de nuestra vida.

La mayoría de los cubanos sabemos y entendemos que no me estoy refiriendo a la sana prudencia, al tacto, a la dosificación, a la gradualidad, a la inteligencia emocional y práctica. Todo eso es bueno y debe ser cultivado y sostenido. Los que hemos vivido en Cuba sabemos que no estamos hablando aquí de ser verdaderamente moderados. Es buena la moderación. Ni nos estamos refiriendo a los extremos, las estridencias y las posturas radicalizadas. Todos los extremismos deben ser evitados. No nos estamos refiriendo aquí a usar un lenguaje ofensivo, confrontativo, descalificador. Ese lenguaje no ha sido nunca el nuestro, y debe ser evitado de todas las formas.

Estamos refiriéndonos, como hemos dicho, a ese “cuidar” que no es cuidar, que es disimular, a ese “cuidar” que es acomodar los valores éticos y cívicos a una política; a ese cuidar que es una forma de esconder el relativismo moral; que es someter los principios y la fe, y las consecuencias de vivir la fe, a una ideología para conservar posición, privilegios, cosas materiales, apaciguamientos, y permisos.

Buscar la paz y la convivencia no puede ser al costo de perder la verdad, de negar la libertad, la justicia, la familia, la religión, no puede ser a costa del amor. El odio entre cubanos que piensan diferente no siembra paz. La lucha de clases y el sometimiento a una sola ideología no cultiva la convivencia. El disimulo y la doble moral no es cuidarse, es morirse por dentro.

“El que cuida su vida, la perderá”

“Cuidando” esta vida, la hemos perdido. Cuidando el árbol de nuestra existencia nos hemos dejado podar las ramas de la libertad, de la honestidad, de la coherencia, de la espiritualidad, de la religión. Dejándonos podar y podar, han llegado a talarnos el alma. Jesús de Nazaret nos alertó hace más de veinte siglos:

“El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará”. Pues, ¿de qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma, se destruye o se pierde a sí mismo? (Lucas 9, 24 y 25)

Hemos querido “salvar” una carrera universitaria, un puesto de trabajo, unas migajas materiales, y para ello los cubanos nos negamos a nosotros mismos, renegamos de nuestra fe, traicionamos nuestros principios, perdimos lo que somos, perdimos la vida.

Y en general, nuestra sociedad consintió en entregar su libertad por los supuestos “logros” sociales: educación, salud, cultura, deporte. Ahora, hemos llegado a la etapa terminal de este camino y hemos perdido además de la libertad, los alegados “logros” de la educación, la salud, la cultura y el deporte. La descomposición y el fracaso de estos cuatro sectores demuestran que los cubanos hemos perdido ambas realidades: el pan y la libertad. La justicia y la democracia. La instrucción, la educación y la decencia. Hemos perdido, juntas, a la pretendida igualdad y a la esperada prosperidad.

La vida misma nos ha dado estas dolorosas lecciones:

-No entregues tu libertad por un falso proyecto que te prometió “convertir las piedras en pan”. El pan sin libertad indigesta el alma.

-No hagas dejación de tu responsabilidad ética y cívica por un falso proyecto que te prometió “sostenerte para que tu pie no tropiece”. La ayuda que crea dependencia no libera.

-No hagas dejación de tus creencias, de tus principios y de tu moral por un falso proyecto que te prometió “darte todos los reinos y todo el poder en esta tierra si postrado lo adorabas”. La sumisión, la esclavitud y la postración, pierden la vida del ser humano que ha vivido aferrado al poder y al tener. El camino de la vida es el servicio.

Propuestas

Aprendamos de las lecciones que nos ha dado esta etapa que termina:

1. Jamás perder el alma por falsas promesas, ni por mesianismos materialistas.

2. Nunca entregar tu libertad por un pan en esclavitud.

3. Jamás entregar tu responsabilidad personal a una institución, gobierno o Estado. El que pierde su responsabilidad no logrará alcanzar ni el pan cotidiano, ni será una persona adulta.

Cuba es ara. En ese altar ofrecemos nuestras vidas. Por ella ha valido la pena perder muchas cosas para ganar la vida en la verdad y en la libertad interior.

Este es el camino para alcanzar todas las demás libertades.