EL PRENSADO PUEBLO

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Por Jorge Fernández Era ()
La Habana.- La noticia es que el «Presidente cubano reitera disposición de atender reclamos de la población y denuncia campañas enemigas», no que los «reclamos de la población» son manifestaciones pacíficas, esta vez en Santiago de Cuba y Bayamo, de miles de personas hastiadas de una situación económica que no para de empeorar y se ha vuelto caótica en sectores tan sensibles como la electricidad y la alimentación.
Allá va el presidente —firmante de un Código de Ética de puro papel— a una red social del enemigo a denunciar que «varias personas han expresado su inconformidad» e inmediatamente dejar claro el aprovechamiento de la situación «por los enemigos de la Revolución con fines desestabilizadores», como si los apagones y el hambre no bastaran para lanzarse a la calle. Un funcionario de su rango, con la autoridad que solo le otorgó un grupo de acólitos, se permite una vez más minimizar las lógicas protestas de su pueblo, equiparar los reclamos de este a las maniobras de los adversarios por derrocar al desgobierno que representa y, en consecuencia, a calificar a esas personas —que debía representar— como meros servidores de una oposición «contrarrevolucionaria».
Vergüenza y pena me dan mis colegas de la prensa, los mismos que a bombo y platillo, y con despliegue de recursos que hoy nos son tan necesarios, celebraron hace dos días, a solo dos cuadras de mi casa, en el Parque Santos Suárez, el Festival «Prensa Pública, Prensa del Pueblo», con «música, alegrías, saberes y mucho calor humano». Hoy vuelven a callar la boca, a esperar complacientes y aplaudidores por la declaración oficial de turno. La ciudadanía no cuenta: que los sacrosantos presidente y compañía tomen la palabra. Lo de nosotros es celebrar el aniversario de Patria en una patria que se reduce a unas minúsculas y degradantes letras.
Los que desde muchos antes del «Ordenamiento» advertimos sobre los errores de políticas públicas que nos conducen al desastre y no a la «prosperidad», somos echados al saco de los «confundidos» o al espacio reducido de una celda para que nos quede claro cuál es la voluntad de «escuchar, dialogar, explicar las numerosas gestiones que se realizan para mejorar la situación».

Hace hoy un año, una intelectual nombrada Alina Bárbara López Hernández inició lo que todos los días 18 se ha convertido es un espacio de ratificación de los derechos que, solo nominalmente, ampara la Constitución cubana. Lo que en otro contexto sería una protesta a la que nadie le haría caso, ha sido caldo de cultivo para que varios agentes de la impune Seguridad del Estado la emprendan contra ella y contra los que nos hemos sumado a su llamado cívico. Llegamos a este primer aniversario en medio de un ridículo proceso que descargará sobre Gil la culpa por una corrupción enraizada en las columnas de la «Revolución», mientras juzga en masa a los que se atreven a denunciarla.

Es corrupto también el fiscal que deja pasar ante sus ojos y se hace cómplice de las violaciones a la ley de las propias autoridades; el Ministerio del Interior que necesita una orden de los de arriba para investigar a los de arriba; el intelectual que olvida que es ojo crítico de la sociedad; el periodista que da las espaldas a su pueblo y se confabula con un poder cada vez más impopular.
El pensamiento incorruptible de Alina tendrá en mí siempre a uno de sus más enconados defensores. Por ello hoy, 18 de marzo, aniversario 101 de la Protesta de los Trece, me sentaré pacíficamente entre las tres y las cuatro de la tarde al lado del Monumento a los Mártires situado en el Parque Santos Suárez, con los reclamos desoídos de siempre.