DOS COMPARACIONES Y UN MISMO FINAL

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Por Yoandi Izquierdo Toledo ()

Pinar del Río.- El pueblo de Cuba sufre las consecuencias de la puesta en práctica de un modelo fallido por más de seis décadas. Los signos y los síntomas son visibles, tangibles y acrecentados. El inmovilismo que pone al descubierto la falta de voluntad política para el cambio; la continuidad que intenta afianzar el mismo modelo económico, político y social, como si fuera posible con una realidad interna y circundante muy distinta a la del siglo pasado; y la tardanza en las reformas que podrían conducir al verdadero desarrollo de Cuba, por mucho que algunos crean todavía, no puede ser un modus operandi que dure mucho más.

Los sucesos de los últimos días, sin hablar de alguno en específico, sino de la conjunción de tantos factores negativos en la vida de un país, que repercuten directamente en la ciudadanía de a pie, han movido la mentalidad de muchos compatriotas hacia una zona de mayores grados de incertidumbre y, quizá, de una dosis mínima de esperanza. Y digo mínima, porque debemos contar con un análisis real de la Cuba que sufre: la emigración o éxodo masivo, el analfabetismo ético y cívico, el miedo y la represión. A veces en medio de estos sistemas totalitarios, inmersos en la cotidianidad de la miseria, el apagón o el miedo político, quedan pocos espacios para la creación de proyectos, iniciativas o, sencillamente, espacios personales para la vida en busca de la verdad, el progreso y la paz.

Pero insisto en centrarme en la, no ya crisis sobre crisis, como le hemos podido venir llamando quienes pensamos Cuba desde la prospección estratégica o generación de propuestas para el futuro, sino en la situación agónica de los últimos tiempos. Hay dos comparaciones que hemos podido escuchar para describir la triste realidad que algunos hemos vivido menos y que a otros les ha llevado toda una vida, o incluso conducido a la muerte física o la espiritual, cuando se corta de un tajo el vínculo con el suelo que te vio nacer. Sobre ellas me gustaría comentar, brevemente.

Se trata de dos símiles que han sido usados por muchos analistas o por personas que han podido constatar la realidad y poner los pies bien fuertes sobre la tierra.

El primero es la alusión a que Cuba está como un paciente en estado terminal, con fallo multiorgánico, que vive porque aún está conectado a varias máquinas que realizan las funciones que el cuerpo ya no puede. Es difícil revertir esta situación. Los familiares y amigos rezan por una muerte sin dolor y una muerte digna; pero están conscientes de que la situación no tiene reversión. Esta situación, en el caso de una nación, es el resultado de la acumulación de factores que, en el paciente, serían enfermedades, dolencias, comorbilidades que no fueron atendidas a tiempo, que tuvieron un posible tratamiento pero que no fue accesible o no quiso ser aplicado. En cualquiera de los casos, aquí solo queda esperar el final y rezar por la paz para que el tiempo futuro sea mejor. Tal como sucede en el caso humano, los médicos pueden predecir, pero no asegurar cuándo tendrá lugar el desenlace. Aunque cueste resignarse y se reitere la pregunta “¿Doctor, va a mejorar?” o “¿Doctor, cómo y cuándo morirá?”, llegado a este punto de la situación, el estado terminal se hace irreversible. Hay un final y todos lo saben.

También como sucede con los más allegados, familiares y amigos, siempre hay resistencia en el último momento. Les cuesta hacerse a la idea del final próximo e inevitable. Se asiste con todo lo posible y se pone el mayor empeño, pero “la cosa” no tiene marcha atrás.

Cuba sufre, cual paciente terminal; pero la resurrección a la nueva etapa puede ser volver a las raíces de esplendor que tuvo esta tierra en tiempos de República. Eso sí, como toda resurrección, tiene lugar después de la cruz. Un largo calvario hasta perder el aliento, que será devuelto en democracia y progreso, en justicia y paz, en memoria histórica pero con reconciliación nacional.

La segunda comparación, también relacionada con los ciclos de la vida, tiene que ver con los inicios de esta. Si bien hablábamos de la agonía del paciente terminal, me gustaría referirme, por otro lado, al parto de una madre. Ese momento en el que se fusionan los miedos con los dolores, los gritos, los sudores y hasta la inconsciencia, pero acto seguido reina la alegría y la paz. Como dice el refranero popular: no hay parto sin dolor. Esto significa, en el caso de Cuba, que el tránsito hacia la sociedad que soñamos y proyectamos podría estar rodeado de eventos adversos, con disímiles trabas por el camino para llegar al final tan esperado, pero más cerca como cuando en la madrugada esperamos el anhelado amanecer.

Ya sea en la dinámica del paciente terminal, como en el alumbramiento de una nueva vida, se comparte la luz. En el primer caso, más allá de la muerte, con la resurrección y la nueva dimensión, ya nunca será la agonía eterna. En la segunda situación, se inicia un camino lleno de obstáculos, una carrera de fondo, pero bañada de todo lo nuevo y bueno de la creación.

Creo que así está Cuba, creo que cada cubano podrá ver desde una perspectiva o de otra; pero creo además, que a fin de cuentas la tozuda realidad se empeña en demostrarnos que la luz, por una vía o por otra, está más cerca. Cuba lo merece y sus hijos necesitan la libertad y la luz, que es la resurrección de un pueblo para siempre.