CUESTIONAMIENTOS

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Por Héctor Miranda (Tomado de Facebook)

La Habana.- No soy de los que van por ahí cuestionándose lo que hacen algunos, siempre y cuando esas cosas no tengan que ver conmigo. No me interesan las parejas que escojan mis hijos, sus gustos, si se hacen tatuajes o no, o cómo se cortan el pelo. No lo hago ahora, que son adultos, porque tampoco me importó cuando eran niños. Solo les he pedido que sean buenas personas, que piensen como quieran, que no se dejen manipular y que, si les parece bien, si van a profesar alguna religión, que sea la del Real Madrid.
Me duelen las manipulaciones. Eso de que quieran hacerte creer cosas que sabes que no son, que sientes a la legua que es mentira, parte de un montaje de más de medio siglo que poco a poco se derrumba. Aunque siempre haya quien lo crea, que es su problema, porque creer o no es asunto de cada uno.
Me molesta que la cúpula gobernante culpe a los cubanos de no producir, de haber dejado el campo y vivir pegado a una supuesta teta que siempre dio menos leche que las vacas que pastaban entre los riscos de Loma Bonita, las montañas más altas de la zona donde nací.
Porque no fueron los cubanos los que se fueron del campo por voluntad propia. Muchos de ellos, que vivían en tierras bendecidas, como todas esas entre el Circuito Norte y la costa, desde Caguaguas hasta Lutgardita, fueron mandados a comunidades para unos supuestos planes de plátano que iban a permitir hasta exportar. Y en la mayoría de esas fincas, que antes tenían arboledas centenarias, con frutos exóticos que ya no se ven en ninguna parte, ahora solo crece el marabú. ¿Y los plátanos?
Hasta para mentir hay que ser hábil. Si lo hace uno que no es muy ducho con el idioma y que encima de eso tiene escaso carisma, mucho menos creíble será. Como el caso de Esteban Lazo, que se apareció en Sancti Spíritus con un sermón que no se lo cree ni el más acérrimo de sus admiradores, si es que tiene alguno.
Las medidas -el famoso paquetazo, porque no es otra cosa- son para el bien futuro. Los apagones son por la revolución. Los celulares llegaron a esos campos gracias a la revolución. El sacrificio es necesario, supuestamente, para disfrutar después. ¿Pero qué después? La vida no es uno de esos juegos electrónicos en los que te puedes dar el lujo de perder una vida, porque siempre habrá forma de recuperarla por otro lado.
La vida es una sola y desde que yo tengo razón, y de eso hace más de 50 años, solo he escuchado de sacrificios, de promesas de un futuro mejor, de abundancia hipotética, y de justificaciones cuando algo sale mal, con un culpable que nunca es el verdadero responsable de todo.
Los países deberían regirse como un equipo de fútbol: si lo haces mal, te vas. Renuncias o te hacen renunciar. Y que venga otro con otras ideas, con otros proyectos, con otro cuerpo técnico. Alguien que ilusione a jugadores y afición. Que conozca mejor la historia y, sobre todo, que le duela más el dolor ajeno, y que no vaya por ahí lanzándole a la cara a la gente humilde una supuesta humildad en la que ni él mismo cree.
Es muy fácil ir con el estómago satisfecho -para no decir con la barriga llena- a exigirle más entrega y más sacrificio a uno que no desayunó, que no tiene medicamentos para la presión, que no tiene maestros para sus hijos ni qué comer en su casa, y que encima de eso viene de una noche sin dormir por el calor y los mosquitos.
Es muy fácil exigir más, mandar a perseguir, enjuiciar y encerrar al que piensa diferente, cuando tienes garantizado hasta el wisky de la tarde y el asado del fin de semana. Incluso las vacaciones, en un país donde casi nadie piensa ya en vacaciones.
No es tiempo de exigir nada desde arriba, y mucho menos de cuestionar a quienes piensan diferente. Es hora de que todos empecemos a pensar por nosotros mismos y a pasar de las mentiras de la cúpula. Es hora de cambiar o corremos el riesgo de desaparecer, entre el hambre, las enfermedades y el éxodo.
Así pienso yo, y nadie me hará pensar diferente. Así que ahórrense los mensajes por interno.