NO TENGO UNA BOLA DE CRISTAL

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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Los amigos me escriben para que les dé un poco de luz sobre la situación de Cuba. La familia me pregunta qué pasará mañana y qué tienen que hacer en caso de que ocurriera algo, y hasta los vecinos pretenden que les aclare todo lo relacionado con Alejandro Gil y el último caso de corrupción -descubierto- de la Cuba castrista. Sin embargo, tengo que admitir que entre la madeja de información que dispongo, me cuesta encontrar los hilos que me lleven a una conclusión clara.
Lo primero que digo a quienes pretenden claridad sobre lo de Gil es que hay muchas mentiras alrededor del caso. Noticias falsas, medias verdades, filtraciones intencionadas y todo eso que ocurre en Cuba, un país donde la transparencia se perdió en la larga noche de los tiempos.
Lo de Gil no es una excepción, y a mí lo único que me queda claro es que con el presidente de turno jugaron, lo utilizaron, y demostraron que hay fuerzas y poderes ocultos que tienen más mando y más poder que él, que lo utilizan a su antojo, como lo que es, el mandatario con menos mando del mundo y eso ya es bastante y dice mucho del país que somos.
De Gil, suelo decir, sabremos lo que ellos quieran que sepamos. Un día, o dos, por partes, explicarán lo del dinero en Estados Unidos, hablarán de corrupción sistemática, de que no tenía cómplices, que traicionó la confianza de Díaz-Canel y Manuel Marrero y cualquiera sabe cuántas cosas más. Si les parece le meterán 25 años por la cabeza. O más. Lo pueden incluso condenar a muerte. Pero también pueden decir que el dinero que enviaba a Estados Unidos era el fruto de los negocios de la hermana, porque tampoco está la dictadura, llena de corruptos, para lanzar excrementos sobre uno que fue de ellos y que hace lo mismo que ellos hicieron.
Gil cayó en el momento oportuno, en el ideal. Hay apagones, no hay leche, ni carnes, ni huevos o arroz. Tampoco hay azúcar y como no hay petróleo ni dólares, no se sabe cuándo la situación vaya a cambiar, aunque yo soy de los optimistas -lean bien, he dicho optimistas- que creen que no mejorará, porque las cosas para que se pongan buenas, tienen que ponerse muy malas antes.
Es lo que siempre le digo a quienes me consultan: guarden algunas vituallas, para un par de meses, aunque solo sea arroz, aceite y una bala de gas, porque esto va a explotar y vendrán días complicados, en los cuales, los ancianos o los que tienen niños pequeños, tendrán que recluirse en sus casas, y ni aún así estarán al seguro. El pillaje, que ahora está centralizado y controlado por la familia Castro, puede descontrolarse y nada ni nadie tendrá seguridad.
Cuba, les digo a quienes quieren saber cómo pienso, es un país fallido, con un gobierno inepto e incapaz, pero con millones de súbditos con miedo e influenciados por un torrente de propaganda que los ahogó por más de 65 años. La mayoría de los viejos cree aún que esto tiene salvación, que su chequera servirá alguna vez para satisfacer sus necesidades, porque fue tanto el daño por aquellos pedidos constantes de más sacrificios, que aún creen que es posible, que lo que un día se llamó revolución, no los dejará abandonados jamás.
No se han percatado de que los dejó tirados a lo largo del camino y solo faltó que los crucificaran a ambos lados. Nuestros ancianos, los que trabajaron duro -no los nonagenarios de la cúpula- no tienen alimentos, ni medicinas, ni ropa ni zapatos, y mucho menos productos de aseo. Por eso se les ve tristes, cabizbajos, con la mirada, perdida. Muchos ya han muerto de hambre, otros mueren ahora y cientos de miles morirán en los próximos meses, porque una jubilación de mil 500, dos mil o cuatro mil pesos, no da para nada.
Esos ancianos aún temen a la policía, a las tristes hordas de la Seguridad del Estado, a cuyos miembros habrá que enjuiciar alguna vez y hacerlos pagar, sobre todo a aquellos que persiguen y amedrentan a diestra y siniestra, y que forman parte de esa herencia que ha tenido Cuba desde siempre, la de los plegados al poder. No es un mal de ahora, existe desde los tiempos de España. Martí lo vivió y Maceo también. Los mambises lucharon contra lacayos vendidos a la metrópoli. Son cosas que no van a cambiar.
Lo de Gil no es una coartada. Lo cogieron con las manos en la masa. Tuvo mala suerte. En la cúpula y en todos esos tentáculos gubernamentales, hacia abajo, todos roban. Todo el que tiene un poco de poder lo aprovecha. El que tiene que ver con alimentos, los vende en el mercado negro. Los secretarios del partido y los gobernadores tienen aseguradas la comida y las diversiones, pero aún así se pertrechan para el futuro, porque saben que no será luminoso para ellos, y entonces venden gasolina y petróleo, y también influencias, para comprar dólares y guardar.
Esos y todos los de arriba, que llegaron a los cargos desde la humildad, en muchas ocasiones, se reservan grandes viviendas, algún negocio, una mipyme, aunque sea a través de testaferros. Es el modus operandi de todos los cargos medios y bajos. Más arriba no. Más arriba piensan en otras cosas, en hoteles y marinas, en residencias enormes en lugares paradisíacos, en mansiones para alquilar, en muchos autos, algunos de lujo. Gil solo vino a llamar la atención, pero es apenas uno más, el chivo expiatorio y ya veremos lo que le hacen pagar.
Pregúntense, le digo a los que me cuestionan, por qué no se investiga la familia de los Castro, las propiedades de la hermana de El Cangrego, hija del fallecido López-Callejas, o las de Mariela Castro. O por qué no averiguan de dónde sale la plata para los negocios de Sandro Castro, o de dónde saca Tony Castro los dólares para alquilar yates y pisos completos de hoteles como si fuera hijo de un jeque árabe y no de un hombre que predicó siempre humildad, aunque los años han demostrado que mintió todo el tiempo, que embaucó a millones y que se vendió casi como un santo y era más que un diablo.
Cuba tiene que seguir empeorando. Lo siento por mí, por mis hijos, por mis padres, por mis amigos y mis vecinos. Por los millones de niños con hambre, por el que se acuesta con temor de que le caiga la casa encima, por el que siente dolor en el estómago vacío, o el que cree que la presión arterial lo matará de un infarto porque no tiene medicinas. Lo siento por mí, incluso, pero todo tiene que ir a peor, para que, de una vez, salgamos todos a las calles y no dejemos títere con cabeza.
Hasta que la última huella del castrocomunismo no haya sido extirpada, Cuba no comenzará a cambiar.
¿Soy pesimista? Muéstrame un sitio donde el comunismo, al estilo de Cuba, haya hecho bien a su gente. No hay uno. No hay dictadura en el mundo más férrea que la cubana. O sí, la de Corea del Norte, pero allí no se muere la gente de hambre. O al menos eso dicen ellos, que tal vez presenten en su televisión a ejércitos de zombis.
Como ven, no tengo una bola de cristal, pero a juzgar por la situación actual, puedo hacer mis valoraciones y emitir mi criterio. Puedo estar errado, o no, pero lo cierto es que la situación de Cuba va cuesta abajo, como una avalancha en Los Alpes.