ZUCKERBERG, NO LO HAGAS MÁS

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Por Irán Capote
Pinar del Río.- Algo falló en Facebook y me puse todo blanco. Es real, no es chucho. Todo lo malo sobre el asunto pasó en ráfagas de pensamiento: ¿Y si pierdo la cuenta? ¿Y si debo hacer una cuenta nueva y pierdo a todos mis amigos/seguidores? ¡Dios mío! ¿En serio puede uno ser tan superficial? ¿Superficial? ¿Por qué “superficial”? ¿Es realmente un problema perder a Facebook?”
Y luego, una vez dentro y aliviado, viene la reflexión de qué cosa es Facebook para mí.
Desde que estoy “activo” en la plataforma me he encontrado críticas, cuestionamientos, sugerencias, consejos, etc., de todo tipo. Unos te dicen que no es apropiado para un artista. Otros que gracias a Facebook puedes conseguir cosas en tu vida personal y profesional que hasta hace unas décadas era casi imposible.
Algunos añaden una mueca despectiva cuando les dices de Facebook y te dicen así, con la muequita en la boca: “Yo no lo uso, muy vulgar, muy polémico, muy barriobajero. Yo uso Instagram porque todo es más chic, más estetic, donde el mundo es más ilusión que realidad.”
Hay quienes, intelectuales ellos, escritores de ringo rango ellos, gente de nariz respingada como si olieran a una rata muerta, te dicen: “Sí, yo tengo cuenta, pero no la uso casi. No publico, no comento, no reacciono. No va conmigo, tengo otro nivel.”
Y están también los más agresivos: “¡Sal de ahí!”; “¡desperdicias el tiempo y el talento!»; “¿Qué ganas con tu contenido en Facebook”? ; “¿Qué haces ahí si tu eres un artista?». «¡Nunca te van a tener en cuenta!”; “¡Sigue en Facebook que solo te va a traer problemas!”.
Y así todos los días de la vida: Guapo, lindo, chulo, cómico, superficial, mediocre, escritor de Facebook, seguroso, criticón, gusano, disidente, chico de los derechos humanos… etc. Toda una “fauna” de conceptos.
Y yo, desde luego, no me detengo en explicar. Ni a uno ni a otros. Porque realmente me alcanza el tiempo para todo y en ese “todo” inlcuyo a Facebook. Porque sí, porque es parte de mi vida cotidiana. A mucha honra. Porque escribo y me leen, porque me sumo a la tendencia, conozco a mucha gente nueva casi todos los días. Y porque el mundo, desde que tengo Facebook dejó de ser el rincón de un pueblo desconocido.
Y podrán satanizarlo, podrán decir que Facebook esto y Facebook aquello. Pero, queridos míos… A Facebook le debemos montón burojón puñado de cosas: Inmediatez de las noticias, transparencia de ciertas verdades y la oportunidad de confrontarlas. Le debemos que nos facilite la vida todos los días: las tarifas de cambio, ofertas de mercado en páginas de ventas, el chisme, la risa, la tristeza, a algunos el amor, a otros el desamor, el derecho de demandar al precio que sea necesario, de dejar escuchar tu voz aunque te maten a palos, el derecho a convocar, a proponer un cambio. Y también la oportunidad de brindar tus manos, de ayudar a los otros, de apoyar causas y personas, de estar en constante comunicación con tus similiares, de conseguir ofertas de trabajo…
Y también la oportunidad de comprobar que, cual obra humana, también tiene la mierda y la hipocresía. Hay gente que se oculta en falsos perfiles y es su derecho. Hay gente que existe, te lee, te adora y no te comparte. Y luego, un día, fuera de las fronteras de tu país, te escribe para decirte que no puede dormir sin antes leerte un poco.
Creo que con el tiempo, la literatura pasará a Facebook. Y los autores van a preferirirlo antes de permitir que sus libros se acumulen en húmedos almacenes. Porque, además, sus lectores estarán ahí, “activos” en tiempo real. Y sus comentarios también.
Nada, que la vida ha sido otra desde que apareció “el libro de caras”.
Y hoy supimos lo valioso que es en nuestra cotidianidad, cuando durante un par de minutos, nos asaltó el miedo de haber perdido un patrimonio intangible de la humanidad.
Zuck, no lo hagas más.