LOS HIJOS, LOS GUSTOS, LOS ANCIANOS

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Por Gretell Lobelle
Mantilla.- El calor es horrible, quema. Es la misma sensación cuando estás cerca de una hoguera. Llevo a Gaby a su curso, por el camino me besa, me sube siempre el ánimo. Sus ojos me ven perfecta y yo me quejo de la gordura, del pelado que me hicieron al revés, del novio que no es mi novio.
Ella certera, madura, mucho más aterrizada que yo, va regalándome palabras positivas. Me gusta cómo me halaga mi hija. Sus frases de amor, sus halagos simples. Me abraza y me da besitos a cada rato, cuando paramos en los semáforos: «¡mami ya estas escapá manejando!».
Subimos la loma del Quinto Distrito y cree que no podremos en la motico: «deja, deja, no te bajes, doy pedal». Y no se baja y me dice con esa voz chicosa, pícara, jodedora, como cuando era niña le decía yo a ella: «dale que tú sí puedes, un poquito más».
Hacemos una parada para cosas que debe resolver en La Habana, y después rumbo Vedado. La dejo en el curso. Paso por la tienda. Cada vez que salgo ando en tiendas en modo serendipias. Cuando salgo hago los encargos de ella y míos, que al final son los de ambas. Quiere helado. Hay gustos para Gabriela, que en esta isla son privilegios, que me niego a dejar. Gaby es la luz de mis ojos, mi alegría más pura y total.
Llego a la tienda, la llamo para el sabor. Fresa, acordamos. Desde la puerta me llama una viejita. Una señora en extremo educada. Dejo la caja y me acerco: «mijita, ¿me puedes comprar un picadillo? Hoy no tengo nada para comer y somos seis». Va hablando y los ojos se le llenan de lágrimas. Comienza a explicarme y no la dejó: » «Abuela, tranquila, no pasa nada, le compro el picadillo».
Me mata la vergüenza por su vergüenza, por el helado de Gaby que es privilegio. ¡Cojones, un helado! Me mata la vergüenza de los años de esa señora, la cabeza baja de la dependienta, el silencio que se hace en el lugar. Cuando le doy el picadillo, me pregunta el precio. No le digo. Más vergüenza en sus palabras, en su agradecimiento. Abrazo a la señora como si en un abrazo pudiéramos ambas diluir la vergüenza.
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Me veo comprando helado para Gaby. Llena de amor por mi hija, dándole gustos a pesar de sus 23 años. Pienso en mi madre y la veo a ella en esa señora, me veo a mí, por suerte no veo a Gabriela. Entonces pienso que hay quién, ayer, se puso a construir un caso. Ayer se tuvo a bien sancionar a personas que su delito sustancial fue la protesta pacífica por querer un sitio mejor.
¿Quién le construye el caso a esa señora pidiendo comida? ¿Quién paga por la vergüenza de los viejos pidiendo comida, esos que construyeron y fundaron lo que todos somos hoy?
La piel me arde. Salí sin protegerme bien. El rostro me arde y voy llorando. Vuelvo a casa sola. Agradecería la compañía de Gaby en el regreso. Agradecería su risa, su pensamiento justo y de este tiempo. Gaby ubicándome, rompiendo con palabras todos mis mitos de esa concepción de una vida que nunca será, esa creencia en tiempos mejores, estampando de golpe la amarga realidad de una tierra estéril y sin esperanzas.
Agradezco, agradezco infinitamente, que en muchas cosas no se parezca a mí.