LA GUERRA DEL PACÍFICO, EL PRINCIPIO DEL FIN DE LOS ACORAZADOS

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Tomado de MUY Interesante

A pesar de la insistencia de nipones y americanos en basar su estrategia en la fuerza de los acorazados, desde los primeros momentos de la guerra del Pacífico se vio su desventaja respecto al desarrollo de la fuerza aérea y el peligro de los submarinos.

Madrid.- Con similares éxitos a la Blitzkrieg alemana (Guerra relámpago), las extraordinarias ofensivas japonesas de 1941-1942 habían sorprendido y arrinconado a los países aliados con presencia en el Pacífico, pero muy pronto las fuerzas del Imperio del Sol Naciente iban a convertirse en víctimas de la llamada –por los historiadores militares– “tiranía de las distancias”; es decir, que los nipones no supieron reconocer los límites naturales impuestos a su esfuerzo de guerra por la inmensa geografía marítima, y cuanto más se expandían sus fuerzas armadas por ese inmenso océano, más lejos estaban de sus bases y mucho más se debilitaban y dispersaban.

La guerra del Pacífico, el declive de los acorazados

Recreación digital del ataque a Pearl Harbor

Seguramente, les habría ido mucho mejor si se hubieran contentado con crear un anillo defensivo en torno a las Marianas, las Filipinas y Borneo, en lugar de avanzar arrogantemente hacia las Midway, las Aleutianas, las Salomón, Australia y el nordeste de la India. No obstante, el desafío japonés a la hegemonía anglo-americana en Asia oriental y el Pacífico eclosionó durante la década de 1930 con una violencia y una furia devastadoras, similar al kamikaze viento divino que desde siempre había protegido al país de sus enemigos y que, más adelante, inspiraría el nombre de sus pilotos suicidas.

De ahí que la guerra en el Pacífico resultó muy distinta a la guerra en Europa, y pese a la crueldad desplegada en la contienda germano-rusa del frente oriental, el enfrentamiento de Estados Unidos contra Japón superó todos los márgenes y horrores conocidos. Varios factores conformaron uno de los escenarios más brutales y salvajes de toda la Segunda Guerra Mundial: el inmenso océano Pacífico, los cientos de archipiélagos, las condiciones climatológicas, las enfermedades tropicales o la férrea voluntad japonesa empujaron a los contendientes hacia los extremos de su propia resistencia provocando un escalofriante número de bajas, que en el caso de los estadounidenses supero los 250.000 muertos.

Pero lo que más la distinguió fue la intensidad con que ambos bandos se lanzaron a una guerra total y sin cuartel, denominada por muchos autores “la guerra sin compasión”: la única que, hasta el día de hoy, terminó con un holocausto nuclear. Baste recordar el odio racial expresado con el lema del alto mando respecto al deber de todo soldado americano, resumido en el famoso cartel que colgaba en el cuartel general del almirante William Halsey: “Matad japos, matad aún más japos. Si hacéis bien vuestro trabajo, ayudaréis a acabar con los cabrones amarillos”.

La expansión del Imperio del Sol Naciente

Con la restauración de la dinastía Meiji en 1868, Japón abandonó su tradicional aislamiento y gozó de un verdadero impulso modernizador que, aunque no sirvió para liberalizar su sociedad medio feudal, sí colocó al país en la senda colonial de Occidente, con un impresionante desarrollo industrial y un crecimiento económico basado en las exportaciones de productos manufacturados. Pero, al carecer de suficientes materias primas, los nacionalistas japoneses buscan fuentes de abastecimiento propias y seguras tal y como las que disfrutan el Imperio británico, Estados Unidos o Rusia, dando lugar así a una expansión territorial que muy pronto convertirá a Japón en un actor mundial con vocación de crear su imperio.

Emperador Meiji

Meiji Tenn o Emperador Meiji, líder simbólico de la restauración Meiji, fotografiado en 1873. Foto: ASC.

La transformación se hizo notable tras la guerra de 1894-95 con su vecina China, que dio a Tokio la soberanía sobre la estratégica isla de Taiwán –la antigua Formosa portuguesa–. Una década después, Japón conmocionó al mundo al derrotar en 1905 a la Rusia zarista, tanto en el mar como en tierra (batalla de Mukden), conquistando así el sur de Manchuria y la península de Corea. La batalla más notable de aquella breve guerra fue la aplastante victoria de la marina japonesa sobre la flota del zar en el estrecho de Corea, frente a la isla de Tsushima (mayo de 1905), que encumbró al almirante Togo Heihachiro, quien destruyó dos tercios de la flota rusa al mando de su oponente Zinovi Rozhéstvenski, inspirando a partir de entonces el desarrollo y fortalecimiento de la moderna Armada Imperial japonesa.

Nueve años después, invocando su alianza con Gran Bretaña, Tokio aprovechó el estallido de la Primera Guerra Mundial en Europa para apoderarse del Imperio alemán en el Pacífico; esto es, de sus concesiones territoriales en el norte de China, Shandong y Tsingtao, más los archipiélagos de la Carolinas, las Marshall y las Marianas, que Alemania había adquirido o arrebatado a España en 1898 y que, gracias a su situación geográfica en el Pacífico central, iban a resultar absolutamente vitales en la guerra contra Estados Unidos.

Paisaje de la estratégica isla de Taiwán

Paisaje de la estratégica isla de Taiwán –la antigua Formosa portuguesa–. Arrebatar su soberanía a China convirtió a Japón en un actor mundial con vocación de imperio. Foto: Shutterstock.

Terminada la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles rubricó la expansión japonesa y la consolidación de su Imperio, admitiendo al Japón entre los cinco grandes que llevaron a cabo las negociaciones parisinas y conformaron el núcleo duro de la nueva Sociedad de Naciones. Para asegurar la paz, al Tratado de Versalles se sumaron los tratados de Washington y Londres de 1921 y 1922, que impusieron severas restricciones al rearme en general de los vencidos y, en particular, unas limitaciones muy estrictas en cuanto al número de unidades, el tamaño y tonelaje de las principales marinas de guerra del mundo.

Una década después, insatisfechas, Alemania, Italia y Japón emprenden la revisión de estos tratados, y las ambiciones japonesas de conquista del vasto territorio de Manchuria conducen al abandono nipón de la Sociedad de Naciones, al mismo tiempo que lo hace la Alemania de Hitler (1933-34). Un año después, Tokio desafía a la comunidad internacional notificando que ya no se considera ligado a las restricciones navales de Washington y Londres, que Japón sustituye por la adhesión al Pacto Antikomintern (contra el comunismo y la URSS) y su ofensiva a gran escala en la China continental a partir de 1937, sumada a la conquista de la Indochina francesa, en manos del impotente régimen de Vichy, entre 1940 y 1941. Con todo ello, el Imperio del Sol Naciente adquiere el control aeronaval sobre el mar de la China y amenaza las posesiones británicas y holandesas, al igual que Australia y la presencia norteamericana en las Filipinas.

Hasta ese momento, los triunfos de Japón son evidentes, pero en julio de 1941 llega la decisión del presidente norteamericano Franklin Delano Roosevelt –apoyada por británicos y holandeses– de congelar todos los activos comerciales y financieros del Japón, reduciendo el envío de petróleo al país, del que casi el 90% era importado.

Ante ese duro revés, Tokio solo tenía dos opciones: podía doblegarse o bien pasar al ataque para obtener los suministros energéticos y los bienes que necesitaba. Pero para su clase política y militar aceptar lo primero resultaba tan humillante como inconcebible y, con la apremiante necesidad de obtener petróleo, caucho y estaño de Sumatra, Java y Borneo, la lógica militar se impuso y condujo a tomar las decisiones operativas de atacar Hong Kong, las Filipinas, Borneo, Java, Ceilán y Singapur, eliminando a las fuerzas armadas británicas, holandesas y norteamericanas apoderándose de sus bases. La acción decisiva son los ataques simultáneos contra Pearl Harbor, las Filipinas y Hong Kong durante los días 7 y 8 de diciembre de 1941. Sin la previa declaración de guerra contra sus enemigos, la crudelísima contienda por el dominio del Pacífico estallaba con inusitada violencia.

Impresionante Armada Imperial

Para derrotar al enorme Imperio japonés, que nunca antes había sido vencido en la guerra, tuvo que desplegarse un esfuerzo naval sin precedentes con un impresionante despliegue de buques, recursos, tropas y sistemas de armas cada vez más sofisticados, en los que la aviación y los portaaviones jugaron un papel esencial. Los estrategas navales del periodo de entreguerras habían abordado la construcción de cruceros y acorazados como el mejor refuerzo de sus armadas de superficie, potenciando igualmente el arma submarina, pero dudaban de la idoneidad de los portaaviones, debido a su elevado coste y el hecho de que la aviación no alcanzó su pleno desarrollo hasta mediados de los años 30, demostrando su validez ofensiva y su capacidad de bombardeo durante la Guerra Civil española (1936-39).

Tampoco resultaba un problema menor el diseño de unos buques que superaban los 250 metros de eslora, cargados con más de 5.000 toneladas de aviones y tanques de combustible para los aparatos, por no hablar de los motores necesarios para lograr velocidades de no menos de 30 nudos a plena carga. No obstante, no todos los analistas navales pensaban así, y el renombrado almirante William Sims, impulsor de los portaaviones estadounidenses, declaró en 1925 frente a una comisión del Congreso: “Una flota cuyos portaaviones le proporcionen el dominio del aire sobre la escuadra enemiga puede derrotar a esta. El portaaviones será el acorazado del futuro”.

Almirante Sowden Sims

El almirante norteamericano William Sowden Sims (1858-1936) en 1918. Foto: Getty.

Lástima que esta advertencia cayera en saco roto durante demasiado tiempo. Como el resto de las grandes marinas de Occidente, la japonesa desoyó el consejo, centrándose en la construcción de cruceros ligeros a partir de las 5.000 toneladas, y pesados por encima de las 10.000, además de grandes acorazados de 30.000 toneladas en adelante. La diferencia entre ambos tipos de navíos residía en su velocidad, mayor en los cruceros, el peor o mejor grosor de sus blindajes y, por supuesto, el calibre de sus cañones, de 155 y 203 mm, respectivamente.

Una notable aportación al diseño y construcción de estos buques fue la que hizo el entonces capitán de navío Isoroku Yamamoto –luego comandante en jefe durante la Segunda Guerra Mundial–, quien en 1929 abogó por la construcción de los primeros portaaviones japoneses y además enunció la teoría del combate de los navíos a corta distancia con cañones de tiro rápido. Basándose en esta teoría, no era ya necesario armar los acorazados con cañones de 203 mm, de largo alcance pero muy pesados, sino que bastaba con instalar cañones de tiro rápido, compensando la diferencia de peso con un número mayor de piezas, sin aumentar por ello excesivamente el desplazamiento de las naves.

Acorazado Yamamoto

El acorazado Yamato en la fase final de su construcción en la base naval de Kure (Japón), en septiembre de 1941. Foto: ASC.

Sin embargo, sopesando la posibilidad de enfrentarse a las unidades similares de la Royal Navy y la US Navy, armadas con piezas de 203 mm, el almirante Chuichi Naguno, otro de los impulsores de los portaaviones, consideró que los acorazados debían volver a contar con los cañones de 203 mm como armamento principal, dotándolos de estos montajes y abordando su reforma completa. Así, de la decena de estas grandes unidades que estaban en servicio en diciembre de 1941, la mayoría habían sido modernizados y constituían la más poderosa fuerza naval acorazada del mundo, con buques muy notables como el Mutsu y su gemelo Nagato, ambos de 39.130 toneladas y 207 metros de eslora, botados en 1920 y 1921, y considerados como el máximo exponente de la ingeniería naval nipona.

Y por si ello fuera poco, esa flota muy pronto se vio reforzada con dos unidades sobresalientes: el Yamato y el Musashi, navíos con un desplazamiento de 71.800 toneladas a plena carga y 242 metros de eslora, botados en 1941 y 1942 respectivamente, siendo los buques de guerra más grandes jamás construidos hasta entonces en el mundo, artillados además con cañones descomunales de 460 milímetros.

Las características de todos estos acorazados nipones era la de tener doble casco y una cubierta corrida, con la proa elevada, y en el centro del navío lucían una superestructura muy alta, que llegaba desde las torres de proa hasta las de popa, con muchos puentes superpuestos, coronados por la torre central de tiro. Además de los montajes de 203 mm, sobre la cubierta iban armados con una quincena de piezas de 155 mm, repartidas por los puentes, y solían disponer de ocho a doce cañones antiaéreos de 127 mm, organizados en grupos de dos sobre plataformas en torno a las chimeneas.

Musashi

El Musashi fue, junto al Yamato, el acorazado más pesado y fuertemente armado jamás construido gracias a su desplazamiento de 71.800 toneladas a plena carga y sus nueve cañones de 460 mm. Foto: ASC.

Tubos lanzatorpedos y minas completaban su poder ofensivo, y más adelante también cohetes. Ese tipo de estructura de grandes dimensiones, característica de los acorazados y cruceros japoneses, fue apodada por los técnicos occidentales “puente de pagoda”. Los mástiles eran dos de trípode, y el de popa, más alto y fuerte, tenía un puntal de carga para los hidroaviones de observación, que también disponían de dos catapultas de tipo giratorio, instaladas en cada banda de babor y estribor.

No obstante, y víctimas de su ceguera, los estrategas navales japoneses no entendieron que la época de los acorazados ya declinaba por el poder del arma aérea y el riesgo que implicaban los submarinos provistos de torpedos y, salvo el parecer del almirante Yamamoto –defenestrado en abril de 1943–, siguieron apostando por los acorazados y destinando enormes recursos a su construcción y equipamiento. En un intento por equilibrar el mayor peso de las flotas enemigas con el poder destructivo de estas grandes unidades –que hasta entonces habían dominado el escenario marítimo–, optaron por construir el Yamato y el Musashi, en parecidas fechas (1937) en que los alemanes armaban el Bismarck en sus astilleros de Hamburgo.

Acorazado alemán Bismarck

Ilustración del acorazado alemán Bismarck cuando salió de Noruega en mayo de 1941. Foto: ASC.

Pero, para su desgracia, el Musashi sería hundido el 24 de octubre de 1944 durante la batalla del mar de Sibuyán, después de impactar en su casco hasta 19 torpedos y 16 grandes bombas de aviación. Y su gemelo el Yamato, orgullo de la Armada Imperial, se iría a pique en 1945, navegando solo y sin protección en su travesía suicida hacia Okinawa.

Después de haber participado en la batalla del Golfo de Leyte (Filipinas) en octubre de 1944, el enorme navío permanecía en puerto debido a la falta de combustible. En abril de 1945, el alto mando japonés, desesperado, ordenó su partida hacia la isla de Okinawa con la misión de impedir su invasión y combatir hasta el final, pero fue avistado por un submarino y el 7 de abril resultó atacado por las formaciones de decenas de bombarderos y torpederos enviados contra aquel gigante, que lo hundieron provocando la muerte de casi toda su tripulación, formada por 3.500 hombres.

Corriendo una suerte parecida, el infortunio y la falta de previsión también se cebaron con el resto de los acorazados japoneses, dos de ellos reconvertidos en portaaviones: el Kaga y el ShinanoEl primero, que había participado en el ataque a Pearl Harbor, fue hundido en la batalla de Midway, del 4 al 7 de junio de 1942, y el Shinano, que era el tercer acorazado previsto de la clase Yamato, pero transformado en el mayor portaaviones de la Segunda Guerra Mundial, con 71.890 toneladas a plena carga, resultó torpedeado el 29 de noviembre de 1944 en la bahía de Tokio por el submarino Archesfish norteamericano, apenas dos semanas después de haber entrado en servicio.

Otro de los hundimientos más celebrados por los aliados fue el del acorazado Kirishima a manos de su oponente el USS Washington durante la batalla de Guadalcanal, en la noche del 14 al 15 de noviembre de 1942; no sin antes dejar fuera de combate los japoneses al acorazado USS South Dakota, buque que fue reparado y estuvo presente en la bahía de Tokio para la firma de la rendición de Japón el 2 de septiembre de 1945, llevada a cabo ante el general McArthur a bordo del USS Missouri.

Salvo el encuentro entre el Kirishima y el USS Washington, las batallas protagonizadas por acorazados habían periclitado desde el temprano hundimiento del Bismarck (27 de mayo de 1941), y el papel de fortalezas o de navíos corsarios que los estrategas les habían asignado apenas se llevó a efecto. Además del talón de Aquiles que habían demostrado frente a los torpedos y el arma aérea, su obsolescencia también tuvo mucho que ver con la capacidad de los aliados de leer los comunicados diplomáticos de las potencias del Eje y los mensajes navales y militares que se intercambiaban entre Berlín y Tokio, lo que daba una gran ventaja a sus enemigos, proporcionando una confirmación veraz de los planes navales. Para rizar el rizo, la mejora de las tácticas estadounidenses de guerra antisubmarina y la incorporación del radar miniaturizado a los aviones y buques de guerra del Pacífico, más las docenas y docenas de nuevos destructores patrullando el océano, acabaron con todas las opciones de la Armada Imperial japonesa, acosada por los enjambres de aviones con las estrellas de cinco puntas pintadas en sus fuselajes.

El Kirishima

El Kirishima cerca de Beppu, Kyushu ( Japón), a mediados de octubre de 1932. Foto: ASC.

Pero lo curioso fue que el primer aviso referente a lo anticuados que estaban los acorazados fue, precisamente, el hundimiento a manos de los japoneses de los dos buques insignias británicos, el HMS Prince of Wales, de 44.460 toneladas, y su escolta el crucero HMS Repulse, el 10 de diciembre de 1941. Ambos navíos eran el orgullo de la Royal Navy y fueron enviados a Singapur como refuerzo naval frente al ataque nipón para encabezar la denominada Fuerza Z, que partió de esta colonia británica el 8 de diciembre escoltada por cuatro destructores –HMS Electra, HMS Express, HMS Tenedos y HMS Vampire– para enfrentarse a la flota de invasión que había sido avistada desembarcando tropas en la costa oriental malaya.

No sabían a lo que se enfrentaban: lejos de encontrar al enemigo, la escuadra inglesa fue descubierta por un submarino japonés, que dio aviso de su posición en el mediodía del 9 de diciembre. El vicealmirante Kondo Nobutake –considerado hoy como el comandante de la Armada Imperial japonesa más significativo después de Yamamoto– dio la orden de ataque a una escuadrilla de bombarderos bimotores Mitsubishi G3M con base en Saigón (Indochina francesa), frente a los cuales ninguno de los buques británicos pudo hacer nada.

El desastre fue total, máxime considerando que el moderno HMS Prince of Wales contaba, nada menos, que con 175 cañones y ametralladoras antiaéreas capaces de disparar hasta 60.000 proyectiles por minuto. Pero incluso ese armamento resultó ineficaz frente a unos ataques aéreos muy bien orquestados por los japoneses. Fue el primer precedente de una escuadra de navíos hundidos por fuerzas exclusivamente aéreas en mar abierto, lo que significaba la drástica reducción del papel de los acorazados y sus escoltas en la guerra naval que entonces daba comienzo, cuyo protagonismo absoluto sería para los portaaviones y el arma submarina. El pecio del Prince of Wales se encuentra hoy boca abajo a 68 metros de profundidad en el mar de China, cerca de Kuantán. El desprevenido almirante Tom Phillips y varios cientos de sus hombres perecieron en aquella debacle, tras la cual la presencia naval británica en el Pacífico resultó irrelevante.

Las campañas aliadas

Seis meses después de Pearl Harbor tuvo lugar la trascendental batalla de Midway, librada en las inmediaciones de las islas Midway del 4 al 7 de junio de 1942, en la que participaron solo portaaviones y que supuso la venganza por Pearl Harbor y marcó el inicio de la ofensiva aliada sobre Guadalcanal, a partir de agosto de ese año.

El frente del Pacífico se dividió en dos grandes zonas. La principal, denominada Zona del Océano Pacífico, comprendía el Pacífico Norte, Centro y Sur, al mando general del almirante Chester Nimitz. El comandante en jefe del ejército estadounidense, el general Douglas MacArthur, era el responsable del Pacífico Sudoeste, con una fuerza de ataque considerable, compuesta por unidades australianas y el ejército de tierra de EE UU.

Almirante Chester W. Nimitz

El almirante Chester W. Nimitz, comandante en jefe de la Flota del Pacífico. Foto: Getty.

Avanzando desde Nueva Guinea, MacArthur lograría aislar la gran base aeronaval japonesa de Rabaul, situada en la isla de Nueva Bretaña, llevando posteriormente sus tropas hasta las Filipinas. Por su parte, el almirante Robert Ghormeley, comandante naval del Pacífico Sur, reemplazado poco después por el almirante William Halsey –apodado ‘Bull’ (Toro)–, avanzaría sobre Rabaul desde las islas Salomón partiendo de Guadalcanal. Ambas campañas iban a resultar muy largas y sangrientas, con serias dudas respecto a su desenlace final, pero el control japonés de dicho archipiélago era lo que amenazaba la vital conexión marítima entre Estados Unidos y Australia.

La Operación Watchtower fue trazada precipitadamente con el objetivo de desembarcar lo antes posible a las tropas americanas en Guadalcanal y las islas próximas a Tulagi y Gavutu, en donde los japoneses tenían bases de hidroaviones. Watchtower comenzó con mal pie, topándose con fuerzas japonesas muy superiores a los 11.300 hombres que desembarcaron en esta isla el 7 de agosto de 1942. No obstante, y pese a los ataques banzái del enemigo –asaltos masivos de tropas sin tener en cuenta el número de bajas–, la ofensiva siguió adelante y a la larga abarcaría siete grandes batallas navales, además de muy diversas acciones aéreas y terrestres. De ahí que la campaña por la toma de Guadalcanal, apodada “el portaaviones insumergible”, resultase muy costosa para ambos bandos. Solo la US Navy perdió 24 buques, incluidos dos grandes portaaviones.

Mapa político Nueva Guinea

Sobre estas líneas, mapa político de Papúa Nueva Guinea, situada al norte de Australia, al oeste de las islas Salomón y al suroeste del océano Pacífico. Foto: ASC.

Recordemos que Rabaul era un enorme bastión aeronaval japonés, situado a unos mil kilómetros al noroeste de Guadalcanal. En esta base había alrededor de cien mil soldados estacionados, un aeródromo con capacidad para cientos de aviones y un puerto muy bien protegido que podía albergar a toda la flota nipona. Era un enclave militar de primer orden que no solo bloqueaba el avance aliado, sino que colocaba a los japoneses en una inmejorable situación para desplazarse hacia el sur del Pacífico. Por todo ello, tras hacerse con el control de Guadalcanal a principios de 1943, la toma de Rabaul se convirtió en el objetivo más importante de las fuerzas aliadas.

Durante la primavera de ese año, el Estado Mayor Conjunto diseñó la Operación Cartwheel con la misión de aislar esta fortaleza enemiga. El plan requería que el general McArthur, al mando del Área Suroeste del Pacífico, se aproximara desde Nueva Guinea por el oeste, mientras que el almirante Halsey, comandante del Pacífico Sur, debía rodear la isla de Nueva Bretaña por el sureste, avanzando con su flota desde Guadalcanal a través de las Salomón. La cadena de islas que forman este archipiélago tiene unos 800 kilómetros de longitud, y Halsey creyó necesario hacerse con el control de Nueva Georgia para el establecimiento de bases aéreas que permitieran el bombardeo de Rabaul.

El 21 de junio de 1943 los norteamericanos iniciaron su ofensiva, que concluyó con la toma de la isla a finales de agosto, no sin sufrir grandes pérdidas en la encarnizada batalla de Bairoko. Después le tocaría el turno a la gran isla de Bouganville, la más septentrional de las Salomón, defendida por 27.000 soldados y que disponía de varios aeródromos de grandes proporciones. Los japoneses resistieron hasta finales de marzo de 1944 pero, tras neutralizar Bouganville, Rabaul quedó aislada. Tras el daño irreparable infligido a sus fuerzas aéreas y navales en esta base, el gabinete japonés dimitió en pleno.

Imagen: Getty Images.

El general Douglas MacArthur. Foto: Getty.

Unos meses antes, en noviembre de 1943, el almirante Chester W. Nimitz iniciaba la ofensiva en la zona central del Pacífico, camino de las Marianas y sus dos mayores islas, Guam y Saipán, con el objetivo de penetrar en el núcleo interior del anillo defensivo japonés, compuesto por islas como Iwo Jima y Okinawa. Los japoneses defendieron las Marianas con gran intensidad, porque su pérdida situaba a las ciudades japonesas dentro del radio de acción de los bombarderos estadounidenses.

En el mar, la Armada Imperial japonesa salió al encuentro de la flota de la US Navy en el mar de las Filipinas, en lo que pasaría a denominarse con humor negro Great Marianas Turkey Shoot, literalmente, “Gran cacería del pavo de las Marianas”. Durante esta ofensiva, los japoneses perdieron unos 450 aviones, frente a los poco más de treinta aliados, y los submarinos americanos también lograron hundir dos grandes portaaviones enemigos. Pero la campaña terrestre no resultó tan desproporcionada, y el desembarco del 21 de julio de 1944 en las playas de Guam fue recibido por el fuego cruzado de los 18.000 hombres atrincherados en la accidentada cresta montañosa de la isla.

Guam había sido una de las perlas del Pacífico pertenecientes al Imperio español, y la naturaleza la dotó de junglas muy intrincadas. Las operaciones de limpieza de japoneses se extenderían hasta el final de la guerra, quedando aislados en esas junglas algunos combatientes que no se darían por vencidos hasta 1972, cuando el sargento Shoichi Yokoi se convirtió en el último soldado del emperador en rendirse. Varios pescadores de la isla se toparon con él mientras colocaba sus trampas para capturar gambas.

Luego vendría la ofensiva sobre las Filipinas, con las batallas de Corregidor, Luzón y Negros, antes de desembocar en el infierno de Iwo Jima, una isla de apenas doce kilómetros cuadrados de extensión y situada a unos 1.500 kilómetros de la metrópolis, pero que formaba parte de la llamada “Zona vital de defensa interior” nipona bajo la jurisdicción directa de Tokio.

Escuadrón de infantería de EE.UU. en Luzón

Un escuadrón de la 25ª División de Infantería de EE UU se aproxima a las posiciones japonesas cerca de Baguio, en la isla de Luzón (Filipinas), en marzo de 1945. Foto: ASC.

La toma de Iwo Jima sería la batalla más cruel de toda la Guerra del Pacífico y la más sangrienta en toda la historia del Cuerpo de Marines estadounidense, con una cifra de bajas que ascendió a 24.053 hombres, sumados a los 19.977 muertos japoneses y 1.100 prisioneros, sin contar el despliegue necesario de 450 buques de transporte y de guerra que arribaron a la isla a partir del 19 de febrero de 1945, iniciando esa última ofensiva que terminaría con la batalla de Okinawa. El asalto a esta isla, bajo el nombre en clave de Operación Iceberg, tuvo unas dimensiones parecidas al desembarco de Normandía. El Día A, para distinguirlo del Día D europeotuvo lugar el 1 de abril de 1945.