MARTES 27 DE FEBRERO 2024. CUBA

0
49

Oscar Durán
La Habana.- Por primera vez en 64 años, Frómeta está preparado para la muerte de su madre. Desde que se puso las vacunas Soberana y Abdala, la señora Maritza Pérez debutó con problemas de presión. El médico, un muchachito recién graduado, le aconsejó tomar Enalapril todos los días, un medicamento en falta desde hace tres años y que en la calle cuesta un cojonal de pesos.
Es duro acostarse todas las noches pensando en que tu madre puede amanecer con la pata estirada y sin respirar. La muerte está de moda en Cuba y anda buscando empleo como si fuéramos unos vagos. Por eso Frómeta ya no es el mismo de siempre. Su madre es lo único que tiene y siente su partida como si estuviera al doblar de la esquina
Llegué a casa de Frómeta porque quise saber su día a día. Son gente muy pobre. No fue fácil convencerlo, pero accedió. Me dio curiosidad ver cómo sobrevive un tipo dedicado en cuerpo y alma a la Revolución, presidente del CDR y jefe del sindicato en su entidad. Es por eso que ahora mismo son las 5:55 de la mañana del martes 27 de febrero y estoy entrando por la puerta de los Frómeta Pérez.
Ricardo Frómeta Pérez es su nombre completo. Trabaja en el departamento de Recursos Humanos de la Dirección Provincial de Planificación, desde hace 23 años. Su casa se está cayendo a pedazos y le sobrevive un viejo Atec Panda sin mando y sin botones. Hay solo un cuarto con una cama llena de comején, un blíster vacío de Enalapril sobre una cómoda antigua y par de sábanas cosidas a retazos. Ahí duermen madre e hijo. La cocina está llena de calderos tiznados y solo hay un cuchillo sin cabo. Todo está hediondo, principalmente el baño. En la sala, un cuadro de Fidel Castro y una foto de Annia Linares cuando tenía unos 24 años.
La dramática realidad de los ancianos en Cuba - Observatorio Cubano de  ConflictosMaritza y Frómeta se levantan todos los días oyendo radio. Antes de probar algún alimento, se llenan de propaganda partidista, mientras se asean y hacen sus necesidades: “ 2023 , año de sacrificios y empeños en Granma”, “Destaca presidente cubano potencialidades de avance en Manzanillo”, “Analizan gestión del sector del transporte”, “Incorporan nuevos patios y parcelas al movimiento de agricultura familiar en Yara”, se oyen los titulares de la emisora
Ambos van después para la cocina y allí cogen una borra de café vieja, la pasan por agua caliente y se espantan aquello como si fuera lo más grande la vida. “Mima, desde ayer marqué para comprar fongo en la Placita, hice el número 42. Como a las diez voy a pedirle permiso al jefe a ver si llego a tiempo y puedo comprar. Es lo único que tenemos para almorzar”, le dice Frómeta a su madre.
Mientras el hijo de Maritza parte para el trabajo, yo me quedo con ella conversando. “Me duelen las articulaciones, la garganta, tengo cataratas en ambos ojos, solo como una vez al día con 84 años. Quisiera morirme, no aguanto tanto sufrimiento. Por lo menos Ricardito está más joven, pero yo no puedo más con tanta miseria y dolores en el cuerpo”, expresa.
Maritza parece olvidarse de sus problemas cuando llega el bolitero. “Este es mi único momento de felicidad en el día porque siento que voy a ganar el “parlé” en cualquier momento y podré salir de este churre. Tengo en la mira el 3 y el 59. No sé, presiento que en esta semana van a salir”.
Con una jubilación de dos mil 677 pesos, es muy difícil vivir en un gobierno dictatorial. Maritza no tiene blúmer, Maritza no tiene ajustadores, Maritza no tiene un gancho de pelo, ni jabón. Maritza no tiene nada. Describir el sufrimiento de esta mujer es complicado porque de momento te suelta: “a pesar de los problemas, esta Revolución es grande. No deja a nadie abandonado”.
Dos horas después, entra Frómeta con los fongos y los pone a hervir para poder almorzar. “Esta es la única comida en todo el día. Hace quince días se acabaron los mandados de la bodega y ni arroz tenemos para acompañar estos plátanos patisecos”. A diferencia de Maritza, Frómeta apenas habla de sus problemas, pero está claro de tanta desgracia acumulada.
ROSTROS DE NUESTROS VIEJOSAmbos se sientan a la mesa sobre el mediodía y no hablan una sola palabra mientras comen en platos plásticos y cucharas desechables blancas llenas de un moho verde. Maritza es la primera en pararse y se va a oír el noticiero nacional de radio. “Mami, ponlo bajito, por favor”.
Frómeta se encierra en el baño y empieza a llorar como si el llanto fuera el calmante de los fantasmas de su vida diaria. Hay errores imperdonables y uno de ellos fue no largarse con su madre para Suecia cuando tuvo la oportunidad. Ahora solo queda dejar pasar el tiempo y encomendarse a un milagro poco probable.
Cuando pasan las cuatro de la tarde, Maritza se da una ducha a cubo, echándose el agua con un vaso desechable. Es un baño natural, como si se estuviera bautizando. No se demora ni dos minutos adentro. Va directo al cuarto, enciende el ventilador y se acuesta a dormir.
“Como no hay comida, prefiero acostarme hasta mañana. ¿Para qué voy a estar despierta hasta tarde con el estómago vacío?”
Esa escena la voy a recordar por el resto de mi vida. Una señora acorralada por el hambre se da por vencida, se acuesta desde las cuatro de la tarde hasta el otro día y no espera a su hijo que llegue del trabajo para, aunque sea, darle las buenas noches.
No aguanto esa escena y me voy. Es martes 27 de febrero de 2024 en Cuba. Me duele la cabeza. Y también me duele la vida.