DE SONRISAS, MORETONES Y ZAPATOS NUEVOS

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Por Tania Tasé
Berlín.- Como de costumbre no comprendes por qué ha sonado el despertador maldito. Te toma un minuto enterarte que debes salir de la cama. Preparas un café para ver si logras entender la vida. Lo tomas en la ventana, mientras te da el sol en la cara, te acuerdas por qué has tenido que poner el despertador en tu día libre: tienes mucho qué hacer y además algo no habitual, aún no captas qué. Sol, ¿has dicho Sol?
Ya estás despierta. ¡Vaya que ha demorado la cosa hoy!
Te acuerdas, hoy debes hablar por teléfono con una amiga que vive lejos. Y también comprar zapatos nuevos. Lo odias, es para un evento de nuevo tipo en tu vida. Realmente no es necesario, puedes asistir vestida de cualquier forma, pero sientes que no debes. Al fin y al cabo puede ser la única vez que participes en algo así. Suspiras resignada: bueno, sea. Sonríes.
Cuelgas, te duchas y sales al fin a la calle, al sol. Descubres flores: ná, ¿qué hacen ustedes aquí? Es invierno aún. Hace mucho que es invierno, piensas: demasiado. Sonríes.
Vas pensando en un elogio inmerecido de una persona maravillosa: eres muy especial, ha dicho. Y tú, roja como un tomate ( ¿cuándo, a qué edad se acaba esto de sonrojarse, de gaguear y de tener espinillas?), has respondido: gracias, me haces mucho bien. Sonríes.
Sigues caminando y ves un pequeñín que hoy no quiere viajar en su carroza y solo quiere estirar sus piernecitas, mientras la madre trata de convencerlo. Sonríes.
Ves a un chico bailar caminando. Él escucha música con los audífonos más grandes que has visto en tu vida. Es curioso lo que hacen las personas cuando piensan que nadie las observa, o no les importa. Sonríes.
Avanzas paralelamente al curso del arroyo de siempre, con los paticos de siempre. O no son los mismos? ¿Cuánto viven los patos? No lo sabes. Vaya pensamientos! Te burlas de ti misma. Sonríes.
Puede ser una imagen de gansoAndas como sobre nubes, con música en la sangre y sol en la cara. Estás pensando en la mar o mejor dicho, tu cuerpo entero piensa en ella. Sonríes.
Sientes de pronto dolor fuerte, inesperado, alguien ha chocado muy violentamente contra ti. Justo por tu costado ciego. Tu lado izquierdo, de donde no ves nada venir. Regresas de la mar y te enteras de la causa de ese dolor súbito: un idiota en carriolita no te ha visto y te ha atropellado. El idiota te ayuda a levantarte y se preocupa, lo ves mover los labios pero no escuchas qué dice. Ahora te preocupas tú, ¿tendrás una contusión? Estás sorda. ¡Oh, no! De pronto te enteras por qué no lo oyes, no te has quitado los p…audífonos! Ya en pie te entra una risa un poco histérica. Piensas que tendrás un nuevo moretón en el cuerpo antes que hayan desaparecido totalmente los viejos. Te enojas por un minuto porque no quieres que cierta persona lo vea. Miras al hombre y está angustiado, pregunta si debe llamar al 112. Le dices que no, estás bien, o eso crees. Él no parece convencido, estoy bien, repites. El hombre idiota te da su número por si acaso después no te va muy bien. Se va. Sonríes.
Puede ser una imagen de segway, scooter y textoRecuerdas que hay que hacerle caso al médico y entras al super y compras unas fresas y otras cositas que da la tierra. Aunque todas las cajas están funcionando, te colocas justamente ante la cajera que te cae mal. Ella también te detesta. El sentimiento es mutuo. Saludas y pagas. Le sonríes antes de irte.
Aunque no lo tenías previsto, pasas por el lugarcito de siempre y pides una cerveza. Pero no pides tu preferida, sino la de alguien de Cuba a la que no le va muy bien ( ¿a quién en realidad?), que un día te comentó eso. ¿Por qué realmente no pides la tuya? No lo sabes. Sonríes.
Puede ser una imagen de cerveza y textoEl turco de siempre, el de tu lugar del barrio favorito te saluda con alegría. Haces una broma, mientras tratas de ignorar que andas adolorida ( estás entrenada). El tipo ríe con toda el alma. Recuerdas tus comienzos en el barrio cuando pensaste que el tipo hablaba un alemán volaísimo, solo porque tú no hablabas nada aún. Después descubriste que su forma de hablarlo es francamente infame. Pero le tienes cariño al turco, al lugar y a la Tania que eras en esos tiempos, a pesar del miedo. Sonríes.
Terminas la cerveza. Llegas a casa sintiendo que te falta algo. Te faltan muchas cosas. Pero no te enteras.
¡Ah, sí! Olvidaste comprar los malditos zapatos. Sonríes.
No importa, no importa realmente hoy nada, a no ser ciertas palabras hermosas y sonreír.
¡Hoy has pagado tantas sonrisas que andabas debiendo!