LA MUERTE ES UN ASUNTO DE LOS VIVOS

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Por Renay Chinea

Barcelona.- Sería allá por mayo del 2006. Yo estaba felicísimo de haber empezado a trabajar en uno de los hoteles más emblemáticos, hermosos y mejor situados, de una de las zonas más pintorescas y atractivas del mundo: La Costa Brava. Imagine que a Ud le guste Mickey Mouse y encuentre trabajo con alojamiento y buena paga en Disneyland. en Orlando. ¡O le gusta la música y va y se aloja y trabaja en el Blue Note o en el Carnegie Hall…!
El Hotel Aiguablava cambió mi vida. Si su trabajo es castrar conejos, más vale que trabajes junto a un lago suizo. Escrotos tendrás que cercenar, pero no es lo mismo cortar guevos y mirar para el honorable y polvoriento pueblo de Talavera de la Reina, que levantar la vista, entre cojón y cojón, y deleitarse con el reflejo de las alas de un cuervo que grazna sobre el espejo de agua de un lago suizo. Es dinero extra.

Hotel Aigua Blava, Begur – Updated 2024 Prices
En aquellos días, conocí a Elina. Terminábamos de trabajar y nos íbamos a hacer snorkeling a la postal turquesa de la bahía de Aiguablava. Con tesoros fenicios y ánforas romanas… y curvas argentinas que cortaban en dos las transparencias danzantes.
Una tarde, unos minutos antes de empezar el turno de la cena, salí al balcón a tomar aire. Nuestra habitación de pareja, estaba en el segundo piso de un patio interior rodeado de cipreses, en el área de habitaciones de los empleados. Cuando me acerco a la baranda veo una dotación de seis u ocho policías que operaban abajo. Los bomberos, los cocineros y los médicos tienen trabajos nobles. El de la Policía es ingrato. A nadie le gusta que le dirija la palabra un policía. Incluso, si no has hecho nada malo, tampoco te gusta que se te acerquen. El gran Policía, el “Polibueno”, es el que no te dirige nunca y por ninguna razón, la palabra.
Nuestro hotel estaba al final de una callejuela que se hacía angosta, y si no estabas a la viva, sin darte cuenta entrabas en los predios del Hotel antes de llegar al mar. Eso que en inglés llaman curiosamente “Dead End”.
Esa tarde, no comprendí bien lo que pasaba: los uniformados entraban a las habitaciones donde vivían los inmigrantes africanos, y les hablaban a gritos. Los africanos, ayudantes de cocina, friegaplatos… hacían los trabajos más duros. Tiene que ser difícil llegar a un país, y que unos te hablen un idioma y otros en otro. Apenas entendían que quería la Policía.
Ousman, de Fula Madina, un barrio humilde de Guinea Conakry, solo hacía tres cosas: fregar platos, comer y sonreírle al mundo. Era gordo y tenía uno de esos rostros de “negro malo” que salen en las películas americanas, aunque era “la mar de bueno”. Como no hablaba ni catalán ni castellano, charlábamos en francés. En ese francés sonoro de los africanos, despojado ya de la patata en la garganta con que hablan mis vecinos los galos.
Con él, le dejaba mensajes anónimos a Elina, escritos en un papel de comanda, cuando empecé a enamorarla.
“Que hermosos ojos tienes hoy”.
“Que lindas curvitas llevas, no se si será el pantalón”. Y Ousman, que solo comía, fregaba platos y sonreía, le ponía a Elina en el bolsillo, la pequeña nota envuelta y anónima cuando venía a la cocina a dejar los platos de los clientes.
Pero este no es el caso ahora. Uno de los polis se veía nervioso y le hablaba a gritos a Ousman. A los otros africanos también los habían puesto contra la pared y los cacheaban. La imagen de una cuadrilla policial buscando entre el personal de un hotel de lujo, no es normal.
De pronto, veo que Adríà, un chico que había llegado de Barcelona a trabajar con nosotros solo hacia unos días, les salió al paso.
—Hey, ¿qué hacéis aquí? Ya está bien no…!
En un principio, los polis intentaron pasar de él. Pero Adri no se echó atrás y les seguía exigiendo que se fueran, hasta que el desubicado de todos los gremios sacó una porra y fue a encararse a Adri.
—¡Aixo no te res a veura amb tú…! ¡Fora d’aqui…! —le decía.
—¡No se te ocurra, Cabrón, que te estamos viendo…! —le grité desde arriba y salí corriendo por la escalera hacia abajo…

Al llegar al patio, ya casi todo empleado estaba exigiendo a la Policía que se largara. El Adri les estaba pidiendo que les mostrara la Orden Judicial para entrar a un recinto privado, y de la orden —que puso bastante nerviosos a los Polis— pasó a recriminarles por racistas.
Al entrar al patio, quise ir directamente al jaleo donde estaba el Adri, pero me encontré a Ousman contra una pared tartamudeando y pálido.
—¿Quil se pase? ¿Quil se pase? Me preguntaba nervioso…
Y pasaron los años. Y cada uno tomó su barca por rumbos diferentes. Con la noticia de ayer me di cuenta de que han pasado casi 20 años, y recordé aquella canción de Lennon: La vida es lo que te ocurre mientras haces otros planes.
Hace poco, después de la pesadilla del COVID, estaba en un centro comercial con Elina y Pipo, cuando alguien me llamó por mi nombre. De la muchedumbre, salió un negrito flaco y con gorra. Era Mahmoud, uno de los africanos que trabajaba en el hotel. Estábamos en aquellos días postpandemia, en que la gente se abrazaba con conciencia de superviviente. A Pipo le hacía gracia que Mahmoud me abrazaba y me daba la mano eufórico.
El Adri hizo una carrera meteórica. Como era urbanita, joven y, valga la redundancia, apuesto, fue ascendiendo e hizo carrera en el Turismo. Fue somelier, maitre de hotel… y acabó por Almería de Director de un gran complejo hotelero.
—¿Y Ousman…? —le pregunto a Mahmoud, y sus ojos se aguaron. Miró indeciso para Pipo y Elina que le observaban. Es el momento efímero de dar la noticia de una muerte. Dar la noticia de la muerte —cualquier muerte— es también morir un poco. Se devasta un Prado cuando uno tiene que poner a otro al tanto de la muerte.
Curiosamente, la última vez que conviví con el Adri fue en La Habana. Se fue a pasar unos días por la ciudad y allí coincidimos. Me enseñó un bar que habían abierto por San Lázaro e Infanta y me invitó a comer y beber algo.

La Ostionera de Infanta y San Lázaro
Ousmane, viajó a Guinea para estar con sus hijos, durante la pandemia. Me enteré por Mahmoud que aquí lo había perdido todo. Le habían vendido un piso —mal asesorado— con una hipoteca —mal firmada— y se quedó sin nada.
En Conakry, le dio un ataque diabético, y no consiguió insulina. Su mujer llamó a la embajada de España pero no era ciudadano, sino solo residente. Estaban por esos días saturados los teléfonos de la Cruz Roja…y no había jodidamente insulina por Conakry… y me habla Mahmoud y recuerdo su rostro pálido contra una pared acosado por la policía, sin entender nada. Solo comía, sonreía y fregaba platos con su cara de malo de película americana. No sé si entendió algo más allá de eso en un mundo sin Orden Judicial, con hipotecas espurias y sin insulina en Conakry.
Lo del Adri fue otra cosa. Mientras escribo estas letras, está tendido en una funeraria por Almería. Me voy a Instagram y a FB buscando los recuerdos de La Habana. Había hecho una carrera meteórica… Se le ve bien, feliz… Adri cantando, Adri en la Tele, Adri bailando… y la noticia me llega por Whatsapp: ayer en la tarde no pudo más con la vida y se lanzó de un sexto piso. Solo la poli quedó de aquella fotografía. La Poli, Elina y la inconformidad ante la muerte. Esa muerte que mata más a quien se queda que a quien se ha ido.