LOS MÉDICOS MUERTOS, LAS MENTIRAS DEL CASTRISMO

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Por Anette Espinosa

La Habana.- El castrismo se cimentó a base de mentiras. Fidel Castro, la mente diabólica de aquel proceso que llevó a los barbudos de la sierra a la capital, se creó una leyenda a base de falacias. La primera de todas ocurrió cuando el asalto al Cuartel Moncada, y aquello de que llegó tarde a la acción porque se había perdido.

¿Cómo se iba a perder en una ciudad más pequeña que la de ahora, donde había estudiado y que conocía como la palma de su mano? Castro solo quería que hubiera víctimas, muertos. Eso de tener muertos de su lado, para convertirlos en héroes, lo apasionó toda la vida.

Con el triunfo sobre Batista las mentiras llegaron en aluviones, unas tras otra. Primero dijo que no quería el poder, que la revolución iba a ser verde, como las palmas, que el comunismo era un mal para la humanidad y que no tenía que echar raíces en Cuba. Por ahí están los discursos, que los historiadores -y él- se encargaron de tergiversar, para agregar a aquello de que la «conciencia del pueblo aún no podía entender el verdadero rumbo del proceso».

Castro nunca quiso saber de los rusos, pero cuando las nacionalizaciones de las propiedades a cubanos y americanos y las sanciones de Washington, se aferró a la URSS, que condicionó su camino y lo hizo volverse más mentiroso y volátil que nunca antes.

Mintió cuando los fusilamientos, en los procesos que le hizo a todo aquel que le acompañó en la guerra y que luego no siguió su camino. Tergiversó todo a su manera y como se hizo dueño absoluto de los medios, nadie lo podía contradecir. Se inventó lo de Hubert Matos. Desapareció a Camilo Cienfuegos y toda la evidencia alrededor de su muerte. De los cercanos no dejó títere con cabeza.

Le sacó un filo enorme a Girón, a la campaña alfabetizadora. Y cuando comenzó el proceso de reversión de una economía próspera y sostenible a una cada vez más dependiente, sus falsedades se hicieron habituales. Basta con recordar lo del Cordón de La Habana, la Zafra de los Diez Millones, lo del café gratis en las bodegas, las futuras exportaciones de ganado y huevo, lo de que no habría nunca más apagones.

El llamado gran líder se lució con sus mentiras cuando lo del general Arnaldo Ochoa y con cada uno de los posteriores defenestrados. Eso sí, se aseguró de guardarse el poder para él, su hermano y su familia.

Nunca se arrepintió de nada. A medida que envejecía se volvía cada vez más terco y prepotente. Y se llevó consigo a la tumba los secretos sobre la muerte del Ché Guevara, por ejemplo, y los motivos por los cuales este se fue a Bolivia, tal vez el lugar menos ideal para intentar una revolución.

Lo que llamaron revolución, se cimentó siempre a base del engaño y la manipulación. El cubano, ajeno al mundo habitualmente, manipulado hasta límites insospechados por la propaganda castrista, entró en la era de internet y comenzó a darse cuenta de muchas cosas, a entender otras. Comenzaron las revelaciones sobre la vida de los Castro y su familia, sobre las propiedades de hijos y nietos, la vida de lujos, las vacaciones en sitios paradisíacos, pero ni aún así dejaron de mentir.

El que se acostumbró a algo, no cambia tan fácilmente. Por eso ahora mienten Díaz-Canel, su canciller, Bruno Rodríguez Parrilla, y su ministro de Salud, José Ángel Portal, sobre la muerte de los médicos en poder de Al Shabaad.

Ellos saben que están muertos, pero son conscientes de que no hicieron nada por liberarlos y por eso alargan la decisión, en espera del momento oportuno para decirlo. Lo harán cuando crean que ya los medios opositores y la opinión pública hayan bajado la tensión de sus críticas. Es la misma estrategia de siempre, la de ocultar la verdad, esconderla, disfrazarla de mentira.

Aquello de que primero se atrapa a un mentiroso que a un cojo, le viene como anillo al dedo. Si es cierto que negociaron durante casi cinco años por la libertad de Assel y Landy, porque no llaman ahora a los intermediarios de esas negociaciones para que les confirmen si están vivos o muertos.

Yo quiero que los doctores estén vivos. No merecieron morir abandonados por los mismos que se gastaron cientos de millones en campañas para traer a Elián González o a los cinco espías. No merecieron morir por una causa que aporta el gobierno cada año cientos de millones de dólares, y nunca apareció uno y medio para pagar su rescate.

No merecieron morir en una labor que solo da gloria a los mentirosos que gobiernan. Alguien tendrá que pagar por sus muertes. Los cubanos dignos nos encargaremos de que así sea.