FILOSOFANDO ACERCA DE LA GESTALT

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Por Rafael Muñoz ()
Berlín.- Las palabras también sufren el efecto de la moda. Ahora, por ejemplo, encuentro con mucha frecuencia la palabra «Resiliencia», que me envía al diccionario a refrescar su significado. Al final no sé bien qué quieren decir con ella pero es innegable que usarla da cierto aire de conocimiento a quien la usa.
Por suerte, este tipo de fenómeno es de corta duración si miramos el declive de otras que hace un par de años nos salían hasta en la sopa tales como «empoderar» o «posverdad».
Los libros deben ser como las comidas, no como las medicinas. Deben nutrir a la vez que dejar un buen sabor en la boca. Citemos por ejemplo «Paradiso», ese batido de mandarria que nos legó Lezama Lima y que intenté leer con un diccionario al lado pero, tras sucesivos intentos, dejé de intentarlo. No me enteraba de ná.
Hace un tiempo un amigo me dio a leer un manuscrito de su próximo libro en el que un chulo de La Habana de los noventa citaba filósofos y autores cada dos por tres y llegué a preguntarme dónde viví yo pues nunca, pero nunca, oí a nadie citar a Lezama en las calles de Jesús María.
En otra ocasión comencé cierto libro de una autora nacida en Cuba que habita hoy en un pais de habla francesa y cuyo nombre me guardo de revelar debido a su bien ganada fama de tener muy malas pulgas. En dicho libro la autora introduce páginas enteras con la descripción minuciosa de las calles de París. Cita incluso el número de las casas sin venir a cuento. Todo para que quede claro que ella conoce París o como dice la canción: «pa que los Yuma no, no se crean que nosotros no». Terminé saltando las páginas de dos en dos hasta abandonar el libro por completo.
Con los años —pronto será más exacto decir vejez— me molestan cada vez más las citas culturosas para apoyar una afirmación o historia propia. Quizás porque viviendo en Alemania, los nombres teutones no tienen ya el efecto sabiondo que se le otorga en el Caribe.
Schiller y Goethe son hoy para mí nombres de calles como lo son Infanta o Belascoaín; Bismark y Feuerbach estaciones del metro, Wagner es la secretaria de la oficina mientras que Nietzsche es el apellido que pone en el timbre la familia de los bajos.
Hace unas semanas recordé a cierta profesora en la facultad de arquitectura que otorgaba a la gente del Bauhaus el increíble mérito de haber logrado una «Gestalt». Durante años asocié el término a lo máximo. Pero ocurrió que al sacar un flan del horno este se desmoronó y uno de mis hijos exclamó «Kein Gestalt» y al ver mi cara aclaró: «Que no tiene forma papá!».
—¡No jodas que Gestalt solo significa Forma!
Y ya, que ahora llega mi parada en la Mohrenstrasse.
No, no es el nombre de ningún filósofo. Mohrenstrasse, traduce literalmente como calle de los oscuros. Nombre que a cada rato cualquier grupo de pálidos activistas convierte en noticia tras el pedido del cambio de nombre que les resulta ofensivo. Y de no ser por ellos, tan pálidos, este que escribe no habría caído en cuenta de que debe ofenderse por tal nombre.