PUNTO DE PARTIDA

0
35

Por Alberto Figueroa ()

La Habana.- El pequeño espacio que limita la casa cierra el barrio. Cocosolo, sensación oscura, profundidad a semejanza de las zonas inhóspitas del fondo marino. La RAF Latvija describe una curva dejando a mi familia reunida, mientras realizan malabares con los rostros aparentando expresión apacible. Apenas salgo del campo visual mi madre se desmorona en llanto.

Río Cristal

Maletas, huacal… me despiden en el umbral de una entrada con toldo, sendero hacia un salón más bien pequeño abarrotado de rusos. Estoy sin documentos, deben entregármelos funcionarios que aparecen a última hora. Recibo pasaporte oficial, rublos… más despedidas, mucha suerte y en pocos minutos, colmado de mesas donde consumen los rusos, otro espacio enorme absorbe todo. Estoy como pez fuera del agua, Río Cristal resulta referencia lejana, desconocida. Experimento la sensación de estar metido en una película…rusa, por supuesto. Intento orientarme de algún modo, cuando Dios envía la imagen de dos jóvenes mientras se despiden; por su uniforme, uno trabaja en el aeropuerto; como tigre en caza aguardo el abrazo final para acercarme, cruzamos miradas… la pregunta sale en forma de coro escolar: “¿Eres cubano?”.

Nos expulsan del primer asiento que ocupamos, hasta ese instante desconozco la destreza idiomática rusa. La aeromoza se esmera denodadamente aplicando todo el énfasis contenido en el idioma de “Moscú no cree en lágrimas”. Mi compañero emerge como “adviser”, dando ánimo y consejos; sugiere relajación, así como tomar todo con serenidad, realmente le agradezco. Reina la armonía hasta que decide preguntarme cuántas veces he viajado. Para entonces las turbinas comienzan a resonar como monstruo de Hollywood, sin embargo, logro decirle claramente: “Primera vez en mi vida que subo a un avión”. El brinco me sorprende, abre los ojos desorbitados reprochándome no haberle advertido. Mi primer despegue resulta inolvidable, apenas disfruto la velocidad, se me fugan los minutos sin poder retener algún miedo para contar. A mi lado, un colega con los ojos cerrados, estirado como momia egipcia, se aferra al asiento, declarando obsoleto el cinturón de seguridad. Contengo la risa, intento descubrir…lentamente…el vuelo.

Moscú

En Moscú las filas para chequear son inmensas, lentas en extremo. Aduaneros, saturados de condecoraciones, controlan, empleando todo el tiempo del universo, proceso convertido en verdadero suplicio. Mi inexperiencia y nerviosismo resultan maquiavélicamente enriquecidos, gracias a la terapia personalizada del “adviser” brindando refugio, durante horas previas, convencido de mi desamparo al llegar a Moscú. Lo cierto es que no avizoro cubano alguno; con frecuencia, dos rusos asoman la cabeza, escudriñando entre los pasajeros que esperamos por el protocolo de entrada a territorio Soviético.
Segundos antes de alcanzar la ventanilla, esclavo del pánico, medito sobre cómo establecer contacto. Mi cerebro sólo encuentra una palabra: «непристойный», pero abandono la idea inmediatamente, no creo que logren entender… De repente uno de los “rusos” se decide a gritar en perfecto cubano: ¡Alberto Figueroa! Visualizo las puertas del paraíso. Aparece Laika, Yuri Gagarin…Tamayo dando vueltas y hasta la feria del capitolio en 1960; creo contenerme, pero no dudo sobre registros archivando instantes de un ¡Hurraaa! en pleno Sheremétievo. Vencido el aeropuerto, los “rusos”, se disculpan con mi “adviser”, pues la confirmación de su arribo y datos personales no fueron reportados.

Maputo.

Otro “ruso” me lleva al aeropuerto, paso el primer control donde explican, en un español enredado, sobre formularios a llenar. Encuentro los modelos amontonados encima de unas mesas redondas, inmensas, destinadas para este trámite. Los modelos las desbordan regándose por todo el piso. Redactados en disímiles idiomas, logro uno en español. Relleno el formulario. Paso a “La pecera”, sólo ocupada por un pequeño grupo de cubanos que evidencian haber comprado, en la misma tienda, la ropa destinada para viajar. Mientras avanzo hacia el grupo, se adelanta una bella mulata, inglés santiaguero en mano, para regalarme un “Juat nationáliti are yú?” Han quedado varados durante largas horas, estrategia reiterada por CUBATÉCNICA, entidad encargada de brindarles atención y con tendencia a desviar el presupuesto destinado para estos menesteres. Así, “La pecera” se convierte en hogar para desamparados hasta que el vuelo sea realidad. Durante el trayecto hacia Maputo, esta bella mulata santiaguera atraviesa los mares vertiendo lágrimas, desconsolada, en algún instante, regala la tierna imagen del sueño sobre el hombro de un constructor entrado en años, dispuesto a ceder vida al manipulado continente africano. Sobrevolar “los cañizos” minutos antes del aterrizaje, constituye una presentación digna del territorio. El IL62 M traza una estela de pobreza compacta, despojando de sentido cualquier explicación erudita sobre la miseria.

Luego del recibimiento formal, la casa. El agua helada logra que tirite como si tuviera el dedo metido en un tomacorriente. Me alcanzan un vaso generosamente servido, líquido ámbar que debe compensar la baja temperatura. Primero me subyuga el aroma, muto en serpiente amaestrada (flauta incluida), regreso sin probar su contenido, una segunda inhalación confirma nuestra futura e imperecedera relación. El tercer pase, más cercano aún, colma mis ojos de lágrimas, entonces avizoro Ratatouille, visualizo la escena… pasajes mágicos de la infancia acuden a mi mente, descubro colores y aromas, nuestra maestra expone las primeras líneas, eufórica, se desmorona ante el resultado… agradezco siempre no haberla vuelto a ver, sin dudas, hubiera renunciado al magisterio… logro el equilibrio en una bicicleta que supongo sostiene mi padre, quien orgulloso disfruta de su hijo a más de cien metros… entrego mi primer beso; del pincel brotan imágenes… el paladar descodifica un sistema de signos colmado de inconmensurable exquisitez. El baño se detiene, más bien pernocto bajo el torrente de agua helada, una suerte de irónica sonrisa aparece, involuntaria, en mi rostro, mientras desordeno en sensaciones mi primer trago de whisky.