LOS VIAJES DE DÍAZ-CANEL

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Por Jorge Sotero

La Habana.- Raúl Castro le sugirió a Díaz Canel hace unos meses que se fuera a las bases, a chocar con el pueblo, a poner la cara, para intentar aplazar un poco el momento del alzamiento definitivo. El viejo general de cuatro estrellas que nunca estuvo en una batalla importante, solo le hizo una recomendación, pero el Hombre de la Limonada se lo tomó tan a pecho que no sale de los municipios, acompañado del nada afable Roberto Morales Ojeda, su delfín en la política partidista.

Han ido por diferentes lugares. Estuvieron en Maisí, en Camagüey, en fábricas paradas, escuelas destruidas, en comunidades agrícolas donde cada vez viven menos personas, donde los viejos aguardan resignados el momento de la muerte, y los jóvenes, y otros no tanto, solo esperan un parole para largarse definitivamente de un país envenenado, enfermo, cual si una plaga gigantesca intentara terminar de una vez con todos los vestigios de vida.

Todos sabemos cómo se llama la plaga, y sabemos que es más peligrosa que el cólera, el dengue o el covid. Se llama castrismo y acaba con todo lo que toca. Por muy floreciente que se vea un lugar, una propiedad, un pueblo, en cuanto se afincan en él las huestes castristas, todo comienza un acelerado proceso de destrucción, que termina con la ruina total.

En los últimos días, Díaz-Canel fue a Mayabeque a buscar «soluciones conjuntas a problemáticas locales». Estuvo en el Boris Luis, el central de Madruga, donde le dijeron que molerían al 64 por ciento para hacer 160 toneladas de azúcar diario para cumplir el plan a mediados de abril, y allí se soltó: «no renuncien, al contrario, lo que hay es que guapear, para que no haya rotura y que puedan moler estable». Como si tuviera que ver aquello de «guapear» con las roturas en una industria que se cae a pedazos.

También estuvo en la Empresa Pecuaria Genética del Este, otrora una gigantesca institución ganadera y que ahora busca soluciones en los búfalos ante la falta de vacas y toros. Tienen 103 vaquerías y están empeñados, dicen, «en recuperar sus indicadores económicos, marcados por la falta de masa ganadera».

Ante una cámara de televisión, todos van a dar muela y hablan de darle otro uso a las tierras que deberían ser para la masa ganadera. Hablan de recuperación cuando en realidad van en picada. Cada vez hay menos ganado en Cuba y uno se pregunta para qué el impuesto presidente acude a esos lugares, qué resolverá con eso, qué soluciones propone, cuánta ayuda enviará, que estrategias tendrá a corto, mediano y largo plazos.
También fue a la fábrica de refrescos para que le dijeran que no hay materias primas, que los equipos no funcionan, que la tecnología es obsoleta, que solo producen cuando se encadenan a una mipyme.

Sin embargo, lo llamativo fue que el mandatario dijera que en Madruga, porque lo sabe, hay dos grandes problemas: «uno es el problema del agua y otro el de los viales. Para el primero, habló de inversiones aprobadas, aunque no dijo para cuándo. Y el segundo lo consideró más complicado, porque depende del líquido asfáltico, que es como decir petróleo, una palabra que no quiere mencionar.

En Madruga, como en todo el país, no hay dos problemas, hay dos mil: no hay comida, ni medicamentos. No hay maestros ni médicos. No hay viviendas ni materiales de la construcción, no hay cómo adquirir ropa y zapatos, los salarios no alcanzan, hay robos y asesinatos, como el ocurrido recientemente con un hombre que vino de Estados Unidos. Y entonces este tonto dice que solo hay dos problemas.

La jugada del Hombre de la Limonada es perfecta. Donde hay miles de problemas, él dice que solo dos. Los madrugueros -o madruguenses- salen de sus casas o regresan, pensando solo en que les van a resolver el problema del agua y en que alguna vez habrá petróleo para poder tener la masa asfáltica necesaria para las vías. Lo otro se le olvidará, entre ellos lo del estómago vacío. El suyo y el de sus hijos. ¿Será descarado el tal Díaz-Canel?