«LOS OLORES DEL CUERPO»

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Por Gretell Lobelle
La Habana.- Las madrugadas cada vez se hacen más largas. Este tiempo de insomnios constantes o dormir a deshora, lo cambia todo. Vivo en desapego. El tiempo ya no importa. Da igual si hoy es jueves a las 5. 00 am o lunes en la noche.
Quiero lo simple. Buscar la levedad en estos días es «la ilusión». Vivir en un estado sencillo, elemental, aferrarme al silencio de una casa, la soledad en el disfrute de la introspección y el descubrimiento de lo que normalmente pasas por alto.
Sorprenderme ha trasmutado en madrugada. Abrír la caja de Pandora y la compañía de los fantasmas. Hace calor. Quizá el mismo calor que hacía en «la gaveta». Busco levitar en un instante. Algo que llene mis pulmones de aire. Aire limpio, el que puedes respirar sin temor a un ataque de pánico. Es tan triste odiar el aire de la ciudad. Solo mi casa tiene los olores que me salvan.
A esta hora tiembla la tierra, imperceptible, como el mismo temblor de diez años atrás cuando lo vi a él en tu mesa. Ya sabes, o lo hubieses sabido. Te habrías reído, con esa risa franca y sonora, en saberme deseosa de arropar, de amar al amigo, » los amigos pueden cambiar el final de las cosas». Los amigos, los innombrables que tanto sostenías tus eternas apuestas.
Tengo en la cama varios libros. Estiró la mano y elijo. Leer y oír la radio me calman. He vuelto a ti por él. Me avergüenza no haberte sabido más. Al menos esa parte tuya, íntima, sensible, de certezas, de ausencias, compañías, nombrar en palabras los demonios que te salvaban o hundían.
Siempre fueron conversaciones sabias, pensantes. Ahora entiendo más al hombre. Aprecio la compañía, y adquiere otra dimensión aquellos encuentros. En tu mesa, entre rones y la presencia siempre de los artistas y su «artistaje». Tenías un aguante de titán y una humildad admirable. De todos, tú eras distinto. Contigo siempre hubo el espacio de respeto. Tú y el Juaco eran una pasada. El Juaco siempre me deja un mensajito amable, sincero y lo aprecio, quizá ni él sepa cuánto. Con ustedes nunca fui la mujer de nadie. Siempre he sido Gretel.
Ustedes eran otra cosa en medio de tanto ego tácito. ¿Y quién sabía más de trova que tú? Disfrutaba ver tanta genialidad y tú con risa franca y ese desenfado de quién no debe ni teme nada. Vacilabas cada acto de ese teatro que es la vida. Busqué siempre tu mesa porque contigo era estar entre iguales (los artistas son otra raza).
Me andas rondando a cada rato. Tengo en la cama «Los olores del cuerpo». Leo y siento que hay en cada texto mucho de ti, de esa soledad interior, la soledad a pesar de no faltarte el amigo. Pero sé, es una certeza, de la soledad de quién siempre da más de lo que se le es dado. No puede ser de otra manera, esa es nuestra elección de vida.
Ya ves nuestros amores extraños, y me enredo en » lo que no puede quitarme la distancia» .
«Nada se instala definitivamente
y tomo la decisión más parecida al ancla
salgo a buscarte
Invoco tus señas como tibio soldado y me saltas de adentro.
Ya venimos los dos deliberadamente solos
A inventar el vino las comidas las canciones
Ya puede aparecer el resto del ruido.
nadie nos arroja de la vibración.
es fuerte la cuerda que amarra nuestros ojos»