¿CON QUÉ CUENTA EL RÉGIMEN CASTRISTA PARA MANTENERSE MÁS TIEMPO EN EL PODER Y CON QUÉ NO?

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Por Joel Fonte
La Habana.- Plantear la caída del régimen castrista a corto, más que mediano plazo, no es acto de delirio, un desconocimiento del análisis histórico-social, ni una necedad política; es, eso sí, la constatación de que están presentes en Cuba -y fuera de ella- un conjunto de circunstancias devenidas en causas y condiciones que justifican ese hecho.
Desde los primeros años en el poder, Fidel Castro fue desmontando el andamiaje de un Estado democrático propio de la república presidencialista, para sustituirlo por el diseño de un dictadura comunista en la que ese Poder es ejercido por un autócrata que controla a la sociedad y la economía a través de resortes en manos de un único partido político, devenido gradualmente a su vez en herramienta dogmática que elimina cualquier disenso y existe solo para validar y ejecutar su autoridad.
Las instituciones democráticas de aquella república fueron eliminadas: se abolió la figura del ejecutivo, del congreso como poder legislativo, y también del poder judicial, todos ellos conceptualmente independientes unos de otros como contrapesos.
Se negó la libertad política a los ciudadanos, el pluripartidismo como vía para acceder al Poder e imponer demandas.
Otras instituciones propias de la democracia, y no menos importantes, también fueron cercenadas de la realidad nacional; se cerraron y confiscaron los medios de prensa privados: periódicos, canales de televisión, emisoras de radio, revistas, folletos…
Asimismo, el anterior diseño de fuerte apoyo constitucional de la fuerza militar y policial fue eliminado, y los nuevos aparatos militares y policiales fueron creados como herramientas al servicio del nuevo régimen, para enfrentar cualquier disenso o demanda legitima de la población a los impuestos gobernantes.
La sociedad civil, organizada en cientos de estructuras para los fines más diversos y que asimismo garantizaba un freno al autoritarismo del Poder, fue sistemáticamente atacada, fracturada, hasta desaparecer bajo los nuevos mecanismos de control articulados a su servicio por el régimen totalitario.
Pero, por sobre todo, el principal elemento, distintivo de una República liberal, fue reducido a cenizas: la libertad económica.
De una estructura económica esencialmente en manos privadas, con amplia presencia de inversión extranjera, donde se fortalecía gradualmente el empresariado cubano, no quedó más que escombros cerca del final de la década del ’60. El castrismo, imponiendo su modelo estatista corrupto e ineficiente, robó a los ciudadanos todo lo que tenía algún valor, y llamó eufemísticamente al robo «nacionalización».
El análisis, obviamente, es inabarcable en cuatro líneas…
Ese esquema de sociedad controlada por un dictador llegó hasta hoy, pasando por largas y distintas etapas en cada una de las cuales parecía que el régimen caería definitivamente, y no pasó…
No pasó porque, primero con la subvención del bloque socialista, del CAME, y particularmente de la URSS, la parasitaria dictadura castrista encontró medios para evitar la bancarrota total, y luego, cuando el comunismo se desmoronó en Europa, y tras unos años ’90 de tambaleo y caos, otra vez le apareció un salvador al castrismo náufrago de la mano de la Venezuela chavista, que siguió dándole sostén -aunque menguado económicamente- con Maduro en el poder en el país suramericano.
Regímenes antidemocráticos que le han apoyado económica y políticamente, como China, Irán, y Rusia, además de líderes de ocasión en la región latinoamericana y hasta en Europa, así como la apatía a condenarla, o hasta la complicidad activa de distinto tipo hacia el régimen cubano por bloques y potencias como la Unión Europea y los propios EE.UU, han ayudado a prolongar la permanencia en el poder de los Castro.
Entonces, ¿por qué validaríamos esa hipótesis de la proximidad de la caída del castrismo…? ¿Con qué no cuenta el régimen para sostenerse por mucho más tiempo…?.
Se trata de la masa, del pueblo.
No cuenta ya con la confianza de esa parte significativa de la población que, conscientemente o no, lo apoyaba.
El régimen de Raúl Castro ha perdido de modo irreversible esa base popular. Porque un elemento vital para el sostén de todo Poder ejercido con desprecio de los derechos de la mayoría es que la masa lo tolere, ya sea tanto por la fuerza como por la manipulación que se ejerza sobre ella. Asimismo, debe existir cierto grado de satisfacción de las necesidades materiales de esa población para que admita ser despojada de esos derechos políticos, sociales, de todo tipo…a cambio de tal bienestar material.
Y este no es ese el caso de la sociedad cubana hoy.
La vinculación con el exterior a través de nexos familiares, la masiva emigración de los últimos dos años, que ha lanzado al exilio a cerca de medio millón de cubanos, el acceso a la información que propicia la internet, la renovación de la sociedad -antaño mucho más adoctrinada, y ahora más informada por esas vías alternativas- han creado un contexto social más impermeable a las campañas de mentiras que se generan desde el Poder.
A su vez, el pueblo cubano, desde los años previos a ser victima de la Covid-19, había sufrido un deterioro aun mayor de sus ya repetidamente bajos niveles de vida material.
Pero desde entonces, y como resultado de la combinación de múltiples factores, particularmente de la acumulación de decisiones déspotas, autoritarias, de despojos a la ciudadanía e incompetencias que por décadas han hundido a la economía, y de la incapacidad de los administradores del poder para articular y ejecutar planes de desarrollo eficaces en un contexto de crisis, la debacle se ha agudizado año tras año, y hoy el régimen no es ya capaz -en un modelo económico dictatorial que insiste en no reconocer espacios reales de libertad económica a la iniciativa privada, al emprendimiento de los cubanos- de garantizar las producciones y los servicios más mínimos en una economía estatalizada, como los de producción y comercialización de alimentos -el pueblo cubano sufre un hambre atroz, criminal-; servicios de electricidad, de acueductos, los servicios de residuales, viales, transporte público, los servicios de educación y salud de calidad; dentro de estos últimos los de producción y comercialización de medicamentos.
En Cuba hace años que no es posible acudir a una farmacia a adquirir unos analgésicos para un dolor de cabeza… Es un régimen incapaz apoderado de un Estado inoperante, de instituciones que no funcionan.
Un régimen que multiplica la corrupción por cuanto ella es intrínseca a él. Ni siquiera los bancos tienen efectivo para que las personas extraigan su dinero… el resultado de sus ahorros, de su trabajo, en un país donde el trabajo es ya de por sí una forma de esclavitud moderna…
Y ese pueblo, expuesto a esa vida bárbara, salvaje, ya no es aquel de años atrás que sufría el inmovilismo provocado por la ceguera, por el desconocimiento de la realidad, y que creía en los discursos que exaltaban a los líderes y pedían más y más sacrificio…
El pueblo cubano de hoy conoce mayoritariamente que es esclavizado, que se le privan sus derechos, que los que le exigen resistir disfrutan de enormes privilegios y han conformado una clase política que desprecia sus necesidades.
El pueblo cubano ve hoy, mayoritariamente, en los gobernantes a sus enemigos.
Entonces, no es la ceguera la causa de la inacción: es el miedo paralizador, resultado de la inexistencia de instituciones y normas que legitimen la protesta y le permitan organizarse para exigir sus derechos…
Pero el miedo no es sinónimo de cobardía; esta es una actitud de debilidad moral, mientras aquel es un estado emocional, y por consiguiente susceptible de desaparecer dadas determinadas condiciones…
Y esas condiciones ya están cristalizando…
El 11 de julio del 2021 es solo el ejemplo más reciente, explícito y de mayor envergadura que lo confirma, pero no el único.
El descontento popular, el rechazo hacia el Poder, esa creciente ingobernabilidad por un lado y el desacato que manifiesta la ciudadanía por el otro, son indicadores de un régimen que se descompone, que colapsa.
Y en situaciones así, los hombres y mujeres de bien del país, que deseamos un cambio hacia la libertad y el progreso de la nación, no podemos permanecer apáticos.